Pues no. El día no ha terminado y va a dar todavía mucho de sí, a la espera, de que a las once de la noche, cojamos el tren para Kaifeng. De momento y ya de noche, nos cuestan nuestros nervios, hasta salir del barrio musulmán, donde las motos nos acorralan, constantemente.
Hacemos las últimas compras, vemos y grabamos la iluminada Torre del Tambor y nos encaminamos a la línea 2 del metro. Según mi pareja y de forma directa son diez estaciones hasta la terminal de trenes de ayer. A mí me extraña, porque son solo cuatro kilómetros, pero no indago más.
Tardamos 45 minutos, lo que es una barbaridad. Salimos a la calle y no nos suena nada. No hay muralla, ni la plaza desde donde bajamos ayer andando. El recinto es desconocido y el edificio resulta dos o tres veces más grande que al que llegamos. De repente, nuestros ojos se fijan en una puntiaguda máquina de alta velocidad. Nuestras sospechas eran ciertas y nos hemos equivocado de estación.
En China, las terminales de trenes rápidos, están, normalmente, muy a las afueras. ¡Momentos de pánico!
Afortunadamente, aún tenemos margen de reacción. Cuesta entenderse con una empleada, para intuir, que podemos tomar la línea 4 y tras trece estaciones, llegar a nuestro destino. Ahora, tardamos media hora.
Ya venidos arriba y como hay tiempo, decidimos ir hasta el mercado nocturno, que estaba sin montar, ayer por la mañana. Es chulísimo y con una iluminación espectacular, como corresponde a un buen decorado chino. De fondo, una torre Eiffel y en una amplia extensión , numerosos puestos de comida -nos atiborramos a salchichas picantes al comino-, ropa, artesanía, chinadas y carruseles diversos. Lástima, de que a pesar de ser sábado por la tarde, no hay mucho ambiente.
Regresamos a la estación y llevamos a cabo los rutinarios procesos de siempre. Primero, control de equipajes; después de billetes -pero solo enseñando el pasaporte,ya que a ellos les salen los boletos en la pantalla- y finalmente, el equivalente a un check in aéreo.
El tren va casi vacío, sale de aquí y parte con puntualidad, como es habitual. Ya estamos acostumbrados a estos básicos asientos, porque en litera dura cuesta el doble. Hasta, que me duermo, sobre la una de la madrugada, no hacemos ninguna parada.
Descanso de un tirón y a las siete y media, mi pareja me despierta. Me cuenta que el tren se ha llenado en la estación anterior, llamada Zhengzhou. Tiene un templo chulo y quisimos hacer una parada en ella. Pero nos desanimamos, porque es una urbe enorme y en la Lonely Planet no viene plano, ni manera de llegar al santuario.
Está nublado y hace algo de frío. Lo primero, que hacemos es, comprar los billetes desde aquí, hasta Nanjing, para la madrugada de Nochebuena. Será nuestro último destino, antes de volver, a Shanghái y nuestro último tren nocturno.
Después, interactuamos con unas chicas y con cierta dificultad, conseguimos entender, que para ir al centro de la ciudad amurallada, debemos tomar el autobús número 3 -1 yuan- y bajarnos en diez minutos. Así lo hacemos y nos sale bien.
Ahora toca, buscar hotel. Unos son caros, en otros no nos cogen y hasta hay uno completo (mentira y gorda). Finalmente y por cien yuanes, nos quedamos en el fantástico Mei Chen Qing Ya, uno de los mejores del viaje. ¡Eso sí, el check in, eterno!.





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