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lunes, 5 de enero de 2026

Datong

 


          La tarde en espera de tomar el tren, desde Beijing hasta Datong se hace bastante larga. El convoy, que parte puntual a la medianoche,es bastante peor, que el que nos trajo aquí desde Shanghái. La parte de la izquierda del vagón tiene tres asientos y la de la derecha dos. No son confortables, pero al menos, no destrozan el cuerpo. El tren va lleno, pero en la siguiente ciudad de nombre impronunciable se baja la mayoría de la gente. Me duermo hasta el destino.

          Son las seis y media de la mañana y la temperatura en las oscuras y nevadas calles es de trece grados bajo cero. Hay muchos hoteles, que no parecen caros, pero deberemos esperar un par de horas, para que no nos cobren esta noche, sino la de mañana.

      De momento , no investigamos más, porque se nos están empezando a congelar los pies y las manos.

 


        Nos colocamos en la estrecha zona de accesos a los andenes, que hay antes de los controles de equipajes, junto a un radiador gigante, sobre el que nos recostamos. Desayunamos sobras.

          A las ocho y media y siendo de día, preguntamos en un par de hoteles, que son tremendamente baratos. Nos quedamos en el 7 days Inn, que junto a Jinjiang Inn, Ibis y Home Inn, son las cadenas más competitivas de China.

          Dos simpáticas jóvenes nos hacen un rápido check in y accedemos a una cama doble, generosa ventana, baño completo, wifi castrado -como todos- y una potente calefacción central, que nos mantiene asfixiados, a casi treinta grados. ¡Vaya contraste con el exterior!.

 


        Nos quitamos, con esfuerzo, todas nuestras capas de ropa y sin querer y sin abrir la cama, nos quedamos dormidos. Cuando nos despertamos son las once menos cuarto. Por cierto: por esta alcoba hemos pagado 118 yuanes (menos de 15€).

          Preguntamos a las chicas de recepción, donde y qué autobús debemos coger para llegar al casco histórico de Datong y nos indican, que  casi enfrente para el número 4 (dos yuanes). No tarda ni cinco minutos en aparecer y sin cambiar de calle, nos deja en nuestro destino en trece minutos. 

 


        Hace sol, pero la temperatura sigue siendo muy baja y  los frecuentes restos de la nevada de hace cuatro días, nos siguen complicando mucho la vida.

          Accedemos por la puerta oeste, a través de una entrada triple de muros. Esa muralla está reconstruida y por tanto, está entera. Tiene 7, 2 kilómetros de perímetro.

          Las calles interiores son más bien avenidas y llenas de tráfico. No vemos casi turistas, ni un solo guiri y muy poquitos chinos. Los principales atractivos se encuentran en el eje este-oeste y son varios templos, torres, una iglesia cristiana, el muro de los nueve dragones, un monasterio, un edificio bellísimo de tejados azules... Por supuesto, además de tiendas y restaurantes. Aunque parecen demasiado pollo para tan poco arroz.

          El eje norte- sur es menos interesante -aunque también lo hacemos- y está plagado de barrizales resbaladizos, procedentes de la mítica nevada . La visita se completa con la fantástica calle peatonal llena de torres chinas.

 


        Nos ha encantado Datong, como ciudad monumental elegante. Mucho más de lo que habíamos imaginado. La visita nos ha llevado más de cuatro horas, antes de volver en el bus cuatro. Por cierto: si no pagas el billete exacto, no te devuelven nada y lo pierdes. Debes echar el dinero en una caja.

          De vuelta y sin haber clientes en las ventanillas, compramos los billetes, a Pingyao para las tres de la tarde de mañana . Llegaremos ya de noche.

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