Empezamos a follar y a viajar desde muy jóvenes, rabiosamente y alocadamente jóvenes. Para lo primero no había manual, ni tutoriales. Para lo segundo, estaba la Biblia -Lonely Planet- o en un escalón algo más bajo, la Guía del Trotamundos.
En aquella época los viajes tenían un ritual, casi estricto: se trataba de comprar la guía y empaparse de todos sus contenidos, hasta ser capaz de sacar una oposición sobre ella, sin fallar una sola pregunta.
Desafortunadamente, hoy la Biblia se ha convertido en el apocalipsis, sobre todo, viendo las últimas ediciones de la Lonely Planet, incluida la de China.
A ver y a pesar , de lo que pudiera parecer, no voy a hablar de si eran mejores los viajes de antes o de ahora, de la pésima calidad de las guías actuales o de dar clases magistrales de viajero con más de 150 países a la espalda.
Vamos a referirnos, a otro asunto más importante: a sentimientos. Os vamos a contar, como nos sentimos nosotros desde hace tiempo, cuando viajamos en periodos largos o medios (excluimos escapadas de menos de una semana o diez días).
Preparativos, ya no hay casi ninguno y creedme, no los echo de menos, más allá de comprar los billetes de avión, normalmente, con muy escasos días de antelación. Eso, de reservar con meses de anticipación para tener un mejor precio, hace tiempo, que pasó a la historia.
Da igual, conozcamos el destino o no, los periplos siempre comienzan con descontrol, aturdimiento y riñas. Sabemos, desde hace tiempo, que es el rango, en el que más errores -a veces, de mucho bulto-cometemos, pero a la vez, es el periodo, en el que más cosas arriesgadas nos atrevemos a hacer.
Tras pasada la adaptación llega, la relativa calma, en busca de lo que yo llamo, índice de satisfacción del viaje, sobre lo que escribiré en un post posterior. Básicamente, se refiere a ese momento, en el que dices: "Está aventura y este gran esfuerzo, ya me han compensado y puedo vivir, dormir y viajar tranquilo".
A partir de ahí, nos llenamos plenamente de paz interior, aunque vamos bajando el ritmo y renunciando a determinados destinos, que al principio eran innegociables e imprescindibles.
Y al final, llega la época de la precaución y el miedo de que lo que no has logrado en noventa minutos, no lo pierdas en el descuento, a modo de simil futbolístico. Para nosotros, se trata de la etapa más angustiosa del viaje. Está dominada por lo absolutamente irracional y por el surgimiento de fantasmas con cadenas muy pesadas.
El coche, que toreabas el primer día en la avenida más concurrida y peligrosa, hoy te va a atropellar seguro, saliendo a baja velocidad de un garaje de una calle peatonal. La comida poco hecha de un puesto callejero, donde comías los primeros días, ya no la puedes ni ver y te da pánico hasta la hamburguesa del MacDonalds.
Y te consuelas, pensando: "Mañana a estas horas, ya no estaré aquí, sino en el aeropuerto, ya en lugar seguro camino de casa".
Y una vez de regreso, nos llega el momento de la euforia irrefrenable, que se va descomponiendo, paulatina y afortunadamente con el paso de los días. Y, piensas: "¿Como he sido capaz de hacer esto?. Si es, que a mí, no me puede ni el cáncer". E incluso, otros pensamientos, que ni siquiera son confesables.





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