Son las cinco y veinte -hora portuguesa-, cuando desembarcamos en la estación de autobuses de Aveiro. Como se encuentra cerrada, nos vamos a la de trenes, que se ubica al lado. Aquí hace algo menos de frío, aunque no nos sobra ni una de nuestras numerosas prendas. Y es que, entre Méndez Álvaro ayer, Aveiro y Oporto hoy y el aeropuerto el domingo, vamos a sufrir más ambiente gélido aquí, que en veintiséis días en China, siendo allí las temperaturas, infinitamente inferiores. Y es, que no siempre cuentan los grados, sino si hay sol, humedad o viento y sobre todo, como están los lugares acondicionados para combatir la fresca. Y en la mayoría de los sitios públicos de España y Portugal, las condiciones son pésimas.
Por el momento, no llueve, pero seguro, que lo hará pronto y no tenemos una sola esperanza de lo contrario. Ayer, en el centro de Madrid y dispersos, había decenas de personas vendiendo paraguas o unbrellas. Cada dia hay en España más gente buscándose la vida, como en el tercer mundo. Quedan aún más de dos horas para amanecer y permanecemos sentados en un incómodo banco corrido en una pequeña estancia desangelada, que cada vez, se va llenando más. Aprovechamos para desayunar un bocadillo de bonito, pero después y aunque lo intentamos, no conseguimos conciliar el sueño.
Son las ocho menos cuarto de la mañana, con un cielo negro negrísimo, cuando salimos a la calle. Estamos a poco más de un kilómetro del centro, por un camino sencillo, por el que no transita nadie. Llegamos al canal principal, flanqueado por bonitas edificaciones algo decadentes y ocupado a tramos por unas bellas embarcaciones, llamadas Moliceiros, que en otros tiempos sirvieron para la recolección de moliços -unas plantas acuáticas- y hoy ofrecen servicios turísticos.
A pesar de que la catedral y sus iglesias no destacan mucho, Aveiro resulta una ciudad agradable, provinciana y de atractivas calles y extensas plazas, como la del Marqués de Pombal, donde todavía no han removido la decoración navideña. El Mercado del Pescado, de tipo gourmet y carísimo -incluidos algunos puestos de fruta-, se trae un aire al de la Ribera de Lisboa, aunque con la debida modestia.
Existen otros canales secundarios. Hoy el agua y en todos ellos, tiene un color un tanto turbio y desagradable. A las diez de la mañana comienza a aparecer algo de gente y abre el incipiente sector turístico, que está orientado a llevarte a las marismas y a las playas cercanas (en torno a quince kilómetros de distancia).
A ellas se puede llegar de tres maneras distintas, de menor a mayor precio: autobús público, tuck tucks privados modernos -como los de Madrid - o cruceros a través del canal principal. Como el día está tan feo y ninguna fórmula es barata, decidimos posponer la experiencia para otra vez. Pretendemos tomar el tren de las 10:23 y pasar el resto del día en Oporto, a la que no vamos desde hace dieciséis años, pernoctando en un hotel, que todavía no hemos reservado.
El caro dulce más típico de Aveiro son los ovos moles: yemas de huevo con azúcar, recubiertas generalmente por una oblea fina con formas de especies marinas. ¡Muy vistosos!.





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