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miércoles, 28 de enero de 2026

Oporto


           No ha caído una sola gota de agua en las cinco horas, que llevamos en Aveiro: aunque el suelo sigue encharcado. Pero estamos alarmados, porque en nuestra aplicación del tiempo aparecen -ni más ni menos- cuatro alertas rojas, cosa, que no habíamos visto jamás. Una es de olas descomunales -hasta doce metros-, otra por fuentes vientos -de más de cien kilómetros - y dos por lluvia y nevadas. ¿Nieve, si estamos  a nueve grados?. Finalmente, no, pero si dos fortísimos y breves trombas de grueso granizo. Por lo demás, lluvias intermitentes, que con paraguas, no nos impiden llevar a cabo nuestros planes.

          Queremos tomar el tren de Cercanías de las 10:23, a Oporto, pero no va a ser posible, porque se ha averiado. Todo el mundo se lo toma con calma, incluidos un par de venezolanos, que están poniendo a parir a los inmigrantes musulmanes y reclamando un dictador de derechas para el país. No caen en la cuenta, de que ellos también son foráneos.

 


        Siempre, que viajamos por España, Italia y Portugal, tenemos problemas con los trenes. También  nos pasaba en Grecia, antiguamente, pero allí la mayoría de las líneas fueron clausuradas. ¡Muerto el perro...!.

          Finalmente y cabreados, partimos con una hora de retraso, que es casi el mismo tiempo, que tardamos en llegar al destino, después de parar en mil sitios.


          En el trayecto, vamos reservando el hotel, que tiene muy buena pinta y unos comentarios excelentes. Se trata del hostel Cashinas no Carolina y pagaremos 26€ por la habitación doble.

          Nos bajamos en la estación de Sao Bento, actualmente en obras por la ampliación del metro. Cerca, se halla la discreta y enorme catedral ubicada en una plaza  con vistas extraordinarias , a pesar de la neblina.

          Recordábamos a Oporto, como la capital mundial de las cuestas y las escaleras y no tenemos mala memoria. Debemos descender unos cuantos centenares de ellas, en no muy buen estado, hasta llegar al Duero y al puente de Don Luis I. El paseo peatonal, a lo largo del río es magnífico y tiene  muy bonitos -algo decadentes- inmuebles. Enfrente, las bodegas del vino de Oporto.


        Ahora, volvemos por las calles del centro y sus correspondientes y esforzadas cuestas, topándonos con iglesias, edificios civiles, plazas extraordinarias y la fantástica y original Torre de los Clérigos, para finalizar en la Capilla de las Almas, ese bello inmueble encajonado y construido con azulejos blancos y azules.

          Compramos hamburguesas baratas en un Prima Prix -no sabíamos, que los hay en Portugal - y gelatinas de mango, que nos sirven de comida. 

          Finalizamos la jornada, a punto de anochecer y siendo más de las cinco de la tarde, en el cercano y carísimo Mercado de Bolhāo, muy coqueto, por cierto. Pero, seis gambas, seis ostras y dos erizos, cuestan la friolera de 25€. Anteriormente, habíamos visitado el de Ferreira Borge, que es un poquito raro y desangelado.

   


      El hotel no nos decepciona. Todo lo contrario. A pesar de tener el baño compartido, la alcoba es grande, luminosa, la cama es buena y la calefacción y el wifi potentes. La dueña resulta amable, aunque algo pesada.

          Durante el resto de la tarde y de la noche cae la mundial, a veces también, en forma de granizo.        

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