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domingo, 4 de enero de 2026

El día de la gran nevada, en Pekin

 


          Es viernes, 11 de diciembre y ha amanecido con el cielo muy negro y con el inicio de una ola de frío, que durará varios días. Son las diez de la mañana, cuando nos incorporamos a las calles. Descartado volver a la Ciudad Prohibida - no nos gustó demasiado la otra vez-, hoy llevaremos a cabo el gran tour de Pekín, caminando. 

          Son las diez y media, cuando comienza a nevar y salvo a intervalos cortos, ya no lo dejará en todo el día. Tomamos la tercera paralela a la derecha de Tianamen y aun así, nos topamos con un control policial a la ida y a la vuelta. ¡Esto supone dar un gran rodeo!.

 


        Llegamos a la Ciudad Prohibida y la rodeamos parcialmente. Hacemos lo mismo con Jinsan, esa colina con un par de templos y con las vistas más  bonitas del centro de la ciudad, aunque, evidentemente, hoy no es el día para contemplar nada.

          Ahora toca recorrer bellas calles comerciales tradicionales. A las lados se asientan los memorables hutongs, unos han sido reformados y otros no. Es muy hermoso ver los serpenteantes tejados chinos llenos de nieve, pero el caminar se va haciendo cada vez más difícil, porque la nieve se va convirtiendo en hielo. 


          Llegamos hasta las emblemáticas torres del Tambor y la Campana, con mucha historia detrás. No debimos haberlo hecho, porque son cuarenta minutos de ida y otros tantos de vuelta, pero somos muy cabezotas y no paramos hasta llegar al Templo de los Lamas, que es impresionante y ya está completamente blanco y nosotros sin paraguas.
  Por las calles de los alrededores dominan las tiendas chinas más genuinas.

          Hemos tardado tres horas y media en venir hasta aquí. Los treinta minutos a mayores, los hemos perdido en el Banco de China, cambiando dinero, sin nadie en la cola, pero con más de veinte trámites. Las aceras ya están casi intransitables. El termómetro marca tres bajo cero. Llevamos hasta cuatro capas de ropa, gorro y bufanda, pero nuestras manos y pies están congelados.

 


        La vuelta es tediosa y larguísima y es seguro, que llegaremos de noche. Por el camino vemos hasta seis accidentes de motos. Hay, que ser inconsciente para cogerla con estas condiciones climatológicas. Nos zampamos dos helados enormes cada uno, en una heladería, que ya habíamos visto y usado en Vietnam e Indonesia. Evidentemente, no se deshacen y no debes rechupetear el cono a cada rato.

          Empezamos a ver las primeras máquinas, que van detrás de operarios, que manualmente van picando el hielo de las calles más concurridas, pero el desborde es monumental. Milagrosamente, no nos caemos al suelo, aunque amagos no nos faltan. Vamos cogiditos del brazo o de la mano, como cuando éramos novios. Surgen voluntarios, que acumulan la nieve en la base de los árboles.


          Llegamos a la ancha calle peatonal, donde hace diecisiete años, ponían el mercado de insectos y bichos exóticos. Parece ser, que ha desaparecido, bien por temporada invernal o bien permanentemente, porque nuestra pésima Lonely Planet de 2025, no habla de él. Tampoco existe ya un patio de comidas subterráneo, donde entonces se servían platos más apetitosos y elaborados.

          Son más de las seis y media de la tarde, cuando llegamos al hotel, totalmente exhaustos. Por las calles comerciales no circula casi nadie y ya vamos por cinco bajo cero.

          Pensábamos irnos a Datong mañana por la noche, pero estamos tan a gusto en el hotel y tenemos tanta pereza, que lo retrasamos hasta el domingo. Mañana iremos al complejo del Templo del Cielo.

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