Decidimos tomarnos una pequeña siesta matutina, antes de ir a explorar Kaifeng, donde estaremos tres días, para en la madrugada de Nochebuena marcharnos, a Nanjing. Hemos dormido bien en el tren, pero el transcurso del viaje ya nos va agotando, mentalmente. Decidimos, como en Xi'am, que hoy visitaremos los lugares más cercanos y dejaremos para mañana los más alejados.
El centro de Kaifeng se articula en torno a las cuatro calles que parten de la Torre del Tambor y de un largo pasaje subterráneo, que cubre por el subsuelo un par de ellas. Supuestamente, dos están catalogadas, como peatonales, aunque sobre las aceras circulan más motos, que personas caminando. ¡Un desastre!.
Una es la de nuestro hotel, de escaso interés. A su derecha, se encuentra la de mayor concentración de lugares de comidas diversas y de distinta categoría. Al frente nace otra donde se ubica un centro comercial y algunas callejuelas con puestos. Y a la izquierda, la peatonal principal llena de tiendas de ropa y calzado y todochinos. En su final y a la derecha se halla el bonito Templo del primer ministro.
Otros molestos compañeros de acera aquí, iguales que en Xi'am, son una especie de tuck tucks cutres, distintos a los de Pingyao, que al menos, si no más, duplican la capacidad de pasajeros y resultan aún más desquiciantes.
El ambiente en las calles es hoy extraordinario y la gente, come o bebe a sus anchas por este centro histórico, que es mucho menos elegante y más descuidado, que Xi'am. Pero a nosotros siempre nos ha gustado lo decadente. Hicimos bien en eliminar Chengdu y venir aquí. No solo por ahorrarnos más de 1500 kilómetros, sino porque Kaifeng resulta una joya por descubrir (ni un solo turista no chino).
El autobús número 3 es esencial para la movilidad en Kaifeng. Lleva, tanto a la estación de tren desde el centro como a los atractivos lugares más alejados. Así, que es, el que cogemos en la mañana del lunes, tocándonos la misma conductora, que ayer. La última parada te deja delante del acceso a la Pagoda de Hierro. Pero, como sale cara, decidimos rodearla por un agradable camino. La contemplamos, durante más de media hora, desde distintas perspectivas, además del lago, que vamos bordeando y diversos canales.
Volvemos y enfilamos, brevemente, por la calle principal y nos metemos por otra en peor estado, a la derecha. Tras un kilómetro, llegamos a la Pagoda del Dragón, un complejo de templos, torres, otras edificaciones, otro lago y más canales.
A pesar, de que el autobús es muy barato, retornamos, andando. El cielo está nubladísimo y hace bastante más frío, que ayer. Encontramos un supermercado bastante grande, aunque de formato antiguo, donde comprar una cerveza de litro a medio euro.
De las constantes duchas calientes, me ha debido engordar un tapón en el oído izquierdo y me duele ligeramente. He empezado a tomar antibióticos, aunque no parece una infección.
Comemos salchichas y pollo empanado -además de los dos o tres helados de cada jornada- mientras deambulamos por las calles del casco histórico y el subterráneo. Esperamos hasta, que se hace de noche para ver la Torre del Tambor iluminada. Por debajo de ella pasa el tráfico, no como en Xi'am.
Hoy lunes, hay menos ambiente, que ayer. Todavía nos queda un día en esta ciudad y no sabemos, que haremos. De momento, agotar el check out.





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