Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.
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jueves, 15 de septiembre de 2016

14 "pequeños" destinos imprescindibles en África

Frontera entre Sahara y Maurittania
          Afortunadamente, terminó este insoportable verano, lleno de tardes soporíferas, aunque también de fiestas, conciertos, limonadas, barbacoas... Por diferentes circunstancias -que no vienen al caso- el periodo estival ha transcurrido sin un viaje, que llevarnos a la boca. El debate, a fecha de hoy, es si nos iremos 20 días a Grecia, en octubre; arrancaremos el séptimo viaje largo, en noviembre o pasaremos este año en blanco. Ya iremos viendo.
                                                                                                                                       Rosso (Mauritania)
          Mientras tanto y después de tres meses sin publicar, retomo el blog con el objetivo de haceros llegar catorce “pequeños” lugares de África, que no deberíais perderos en los periplos por este continente. No se trata de sitios famosos, pero si entrañables, encantadores o pintorescos. No se exponen ni en orden ascendente, ni descendente, sino simplemente geográfico, de este a sur y de noroeste hacia abajo. Y además, sin repetir un solo país.

          -Bahariya (Egipto): A unas cuatro horas en coche de El Cairo, este oasis no tendría nada de especial, sino fuera porque a unas decenas de kilómetros, se hallan los desiertos Blanco y Negro, muy sorprendentes, poco turísticos y maravillosos.

                                                               Fadiouth (Senegal)
          -Harar (Etiopía): Se trata de la cuarta ciudad sagrada del Islam y aunque es una gran urbe, su centro histórico se presenta bastante recogido y muy atractivo, con casi cien mezquitas de diferentes épocas, bellas casas tradicionales y calles gremiales, a casi 2.000 metros de altitud.
Vilankulos (Mozambique)
          -Lamu (Kenia): La más antigua y tradicional ciudad swahili del África oriental, ofrece encantadoras calles, que parecen haberse detenido en el tiempo, además de gentes muy amables y bonitos paisajes de mar. Quizás, no sea tan bello, como Zanzibar, pero sí, mucho menos turístico.

          -Namanga (Tanzania): Se trata de un pueblo de unos 10.000 habitantes, en la frontera con Kenia, que penetra parcialmente en este país. Es uno de los lugares donde contemplar la cultura masái en estado puro, sin la contaminación de las agencias de viajes y sus tours. Las celebraciones religiosas musulmanas están a la orden del día.
                                                                                                                                                 Djenné (Mali)
          -Chipata (Zambia): A pesar de no ser un núcleo muy pequeño, la ciudad conserva su indiscutible talante rural y agrícola, dentro del parque nacional de Luangwa del Sur. El mercado es puramente africano y sus gentes resultan entrañables, en un país, donde la hostilidad hacia los extranjeros blancos se hace incuestionable.

          -Michinji (Malawi, en la frontera con Zambia): Malawi es de las naciones más pobres del planeta, pero el turista siempre es bienvenido y -en la medida de lo posible- agasajado. Tiene todos los encantos de las pequeñas ciudades de frontera y ninguno de sus inconvenientes. Al menos, durante nuestra estancia, las actividades lúdico-festivas nos llenaron de gozo.
-Vilankulos (Mozambique): Una de las joyas de este país, algo dispersa -como es frecuente, en África-, pero encantadora, donde parece que uno ha retrocedido varios siglos atrás, cuando se observan las artes de la pesca y preciosos barcos, que parecen sacados de una película medieval. Me ha costado decidirrme entre este núcleo urbano y Cuchamano, en la frontera de Zimbabwe, uno de los lugares más entrañables del continente.

                                                                                                Michinji (Malawi)
          -Kariba (Zimbabwe): Disperso enclave de cultura y tradiciones muy rurales, donde contemplar animales salvajes está a la orden del día. Nosotros llegamos a fotografiar elefantes a dos metros de distancia, además de ver hipos, cebras y otras muchas especies. Afortunadamente, nuestras imprudencias no tuvieron castigo.
                                                                                                                                    Mamamga (Kenia)
          -Tozeur (Túnez): Que yo sepa, se trata del mayor palmeral del mundo, donde acabamos odiando y vomitando los dátiles, debido a los excesos, que como otras tantas veces, cometemos. Un lugar con mucho encanto, con pocos viajeros y con ningún pelma.

           -Mulay Idris (Marruecos): Después de siete viajes al país, resulta difícil elegir un sólo sitio. Nos quedamos con este, por ser poco conocido y maravilloso. Enclavado en una roca, se puede disfrutar de sus estrechas calles empedradas, las colinas adyacentes y las cercanas ruinas de Volubilis.            Lamu (Kenia)


          -Frontera de Sahara Occidental: Los cinco o seis kilómetros, que separan este país, de Mauritania, se constituyen en una de las experiencias más alucinantes para el viajero. Territorio salvaje, lleno de minas y coches quemados, donde sin un conductor experto, se pierde la vida, seguro. No hay más población, que los numerosos empleados y buscavidas chantajistas de los puestos fronterizos.
                                                                                    Harar (Etiopía)
          -Rosso (Mauritania): Otra localidad fantástica de frontera, sino fuera por sus lamentables y tenebrosas infraestructuras hoteleras. Existe un mercado -al menos, los domingos-, genuino, muy animado y maravilloso.

          -Fadiouth (Senegal): Conectada por un largo puente de madera con la población de Joal, esta isla artificial llena de conchas, resalta la cotidianidad y convivencia de cristianos y musulmanes -con sus respectivos cementerios- en plena Petite Coté. ¡Un momentazo!.

          -Djenné (Mali): Sus construcciones tradicionales en adobe, hacen de este lugar un destino incomparable, sobre todo, si se visita los lunes, día del animado y bullicioso mercado, donde conocer gente y comer mil cosas distintas, resulta bastante factible. ¡Recomiendo las sabrosas albóndigas de pescado!.
Entradas  a monumentos egipcios

lunes, 28 de marzo de 2016

Lo que hemos hecho por la cerveza (parte III, de IV)

Zanzibar (Tanzania)
          Seguimos en África oriental, para continuar por occidente de este mismo continente y terminar, en Líbano, en esta tercera entrega de lo que hemos hecho por la cerveza en nuestros viajes.

          13º, Corrían los primeros días de marzo, de 2.011, cuando arribamos, a Dar es Saalam ( Tanzania). Eran las once y media de la noche y el viaje había sido duro -por carreteras horrorosas y en un vehículo insufrible-, puesto que habíamos partido a las cuatro de la madrugada, desde Kiela (frontera con Malawi). No disponemos de plano, ni guía y desconocemos, donde nos ha dejado el autobús.
                                                                                                  Estas dos siguientes son, de San Luís, en Senegal
          A pesar de que el lúgubre escenario impresiona, tratamos de controlar los nervios para pensar con claridad. Lo normal, hubiera sido tratar de buscar alojamiento, pero decidimos sentarnos en la terraza de un bar cercano, a tomar varias cervezas, sin prisa. Afortunadamente, conocemos al vigilante de un hotel de lujo, que por una pírrica cantidad de dinero, nos lleva en su coche por los hoteles de las inmediaciones, hasta que nos conformamos con uno. ¡Noche salvada!. Al día siguiente constatamos, que estamos a más de cinco kilómetros del centro.

          14º.- Unas jornadas después, desembarcamos en Zanzibar, una isla preciosa. Tenemos problemas para encontrar un alojamiento adecuado en la capital, a pesar de que hay decenas de ellos. Pero, aún es peor, encontrar bares o tiendas de cervezas. Desesperados y tras preguntar a mucha gente, entramos en una agencia de viajes, a ver si su propietario nos puede ayudar. Él no, pero nos pone al teléfono con un desconocido, que habla perfecto inglés y que nos describe el camino hacia la escondida y única tienda de la ciudad.
Tambacounda, en Senegal
          15º.- A finales de febrero, de 2.012, llegamos a San Luís, en Senegal. Hemos atravesado Marruecos, Sahara Occidental y Mauritania y llevamos más de dos semanas sin poder tomar una maldita cerveza. En la guía vienen dos pequeños ultramarinos, donde las venden, pero han desaparecido. No encontramos otras opciones. Juro y vocifero con enorme enfado, que o aparece la cerveza y las bebidas alcohólicas o me vuelvo a casa, sin visitar Senegal, Mali, Burkina Faso y Costa de Marfil. La tienda de una gasolinera nos salva la vida una hora después, cuando ya hemos perdido la esperanza.
2, de Bamako, en Mali
          16º.- En el mismo país, en Tambacounda, existen numerosos bares. El caso es, que el más cercano nos pilla a más de diez minutos de nuestro periférico hotel. De forma absolutamente inconsciente, arriesgamos nuestras pertenencias -y tal vez, nuestras vidas- por tomar cerveza fresca, a la luz de la luna, regresando por un camino amenazante y casi oscuro.

          17ª.- La siguiente historia se las trae. Llegamos a Bamako, en Mali, a última hora de la tarde, después de un viaje accidentado, que nos ha tenido tirados en la carretera toda una noche. Hay tanques en la calle y hombres armados. Milagrosamente, encontramos alojamiento, junto a la estación de autobuses.

          A la mañana siguiente todo está cerrado y nos indican, que permanecerá igual, durante los próximos cinco días, por “oup d'etat”. Maldecimos nuestra suerte, pensando de que se trata de una festividad musulmana.

          Andamos unos cuatro kilómetros en busca de un supermercado, que viene en la guía. No hay civiles por la calle y si militares, que circulan en tanque o pegan tiros al aire. Y nosotros pensando: “como son estos africanos, que lo celebran todo a lo grande”.Por supuesto, el súper cerrado y a volver por el mismo camino, con idénticos peligros y sin la preciada cerveza. ¡Día de abstinencia!, para darnos cuenta, de que estamos en medio de un golpe de estado.

          18º.- La ciudad más conservadora, de Líbano, es por supuesto, Trípoli, en el norte del país. Allí pusimos nuestros pies, en abril, de 2.012. Comprar cerveza no es difícil, pero tratar de beber una lata en la vía pública, puede causar muchas molestias, como mínimo. Por este hecho, un alocado individuo radical, trató de arrebatárnosla y de agredirnos, físicamente. Tuvimos, que salir por patas y perdernos por las callejuelas del zoco.
Tripoli, en Líbano 

          En la vecina Siria -en 2.007-, nunca nos pusieron inconvenientes por tomar cerveza en la calle.

sábado, 2 de junio de 2012

Las playas del tercer mundo


            El cómodo, aunque rutinario puesto de trabajo de un ciudadano occidental y más, motivado por las sesgadas fotos de los catálogos de las agencias, hacen que determinadas playas del tercer mundo, pudieran parecer idílicas. Algunas de hecho, lo son. Pero alejarse hasta ellas, puede acarrear algunos inconvenientes, consistentes fundamentalmente, en los servicios, que se reciben a cambio del costosísimo paquete turístico.
                                            Playa de Unawatuna (Sri Lanka)
            Hoy en día, un viaje a Fuerteventura –de maravillosas playas y a solo dos horas y media de ación-, puede salirte por 10 € el vuelo, 20 el hotel –con tres piscinas- y después, dispones de una amplia gama de ocio y gastronomía. En este último caso, puedes comer desde 1 ó 2 €, en un supermercado, a 100 €, a la carta, pasando por múltiples ofertas intermedias.

En el tercer mundo –en África más-, puedes acabar pagando, por una experiencia playera, el doble o el triple, que en Europa, con infinitas menores prestaciones. Eso sí, para el posible deleite personal, es frecuente que la disfrutes tú sólo, porque no haya más viajeros. Aunque, la primera línea de playa esté llena de resorts, restaurantes o incluso night clubs o que tuvieron mejores tiempos –lo dudo- o esperan mayores expectativas, demasiado optimistas.

Demasiadas playas idílicas en el mundo –con el mismo mar y olas parecidas-, para que pretendan vivir todos los negocios del ramo, de los escasos y adinerados turistas, que deciden alejarse de Europa, para sólo darse un chapuzón o realizar actividades acuáticas o de pesca. Eso sí. Al menos, en muchos de estos lugares, se podrá disfrutar de marisco o pescado fresquísimo, a precios de risa. ¡Al final, siempre hay algo, que compensa!.  Playa del Tofo (Mozambique)

            Con el fin de contribuir a la causa, dejo una relación de playas, supuestamente, idílicas, en la que hemos estado.

1ª.- Unawatuna (Sri Lanka). Nos bañamos solos, mientras amenazaba lluvia y
rodeados de resorts y restaurantes vacíos. Dicen, que es una de las diez mejores playas del mundo, pero sobre este tema, no tengo opinión.              Playa del Tofo (Mozambique)

2ª.- Malika. Espectacular y brava playa, a 20 kilómetros al norte de Dakar, al lado de un pueblo, sin infraestructura turística.

3ª.- Playa del Tunco, en El Salvador. Aún más brava, que la anterior, con el agua de un color azul muy oscuro y muy revuelta, como es habitual en el Pacifico.

4ª.- Playas de Ipanema y Copacabana. Tan urbanas como irresistibles. Y, al menos, cubre la entrar.                                                                                        Playa de Ko Samui (Tailandia)

5ª.- Playa de Mui Ne, en Vietnam. Agradable, tranquila y con mucha oferta gastronómica.

6ª.- Shouneville, en Camboya. Buen pescado y marisco fresco, para un lugar costero, decepcionante y plagado de pelmas.

7ª.- Nilaveli, en Sri Lanka, que es nuestro país playero favorito. Agradable, interminable y vacía.

                                                                        Playa de Malika (Senegal)
8ª,. Playas de Goa, el estado más libertino de India. Son magníficas e infinitas.

9ª.- Playa del Tofo, en Mozambique. Tan salvaje, como escasamente profunda y llena de sustancias picantes –para el cuerpo, claro-. No esta mal, aunque sí, algo sobrevalorada

10ª La decepcionante playa de Ko Samui, en Tailandia. Al menos, durante la época de lluvias. Cada veraneante, toca a cuatro hoteles y ocho restaurantes.

Comparado con todas estas, seguir veraneando en Benidorm, ¿resulta rentable?. Económicamente sí y emocionalmente, también, para la mayoría de la gente. Para los más exigentes y que no se conformen con esto, hay excelentes playas patrias, a pocas horas de vuelo, en Formentera, Fuerteventura, Ibiza, la costa Brava… Y Llanes, La Coruña, Santander, la concha… Aunque en estas últimas, está el agua un poco fría. 

viernes, 1 de junio de 2012

Malika es la mejor playa del viaje


                                                                       Malika
            Los alrededores de Dakar no merecen demasiado la pena, salvo que se esté en disposición, de perder el tiempo, como fue nuestro caso. A la espera de decisiones, que tuvimos que acabar tomando, a pesar de contar con las peores cartas de la baraja. Al fin, a Líbano y Chipre, en un caro vuelo de Emirates.

            Si en algo acertamos, fue en trasladar nuestro alojamiento a Malika, a unos 25 kilómetros al norte de Dakar, porque pasamos de pagar 11.200 francos por noche, a 5.000, en un sitio básico –con agua de pozo en barreños-, aunque nuevo –en construcción- y regentado de forma muy adecuada y amable, por los jóvenes del pueblo. Lástima que les falten clientes, para repasar o disfrutar, en la que es –muy brava y salvaje, de arena deliciosa-, la mejor playa del viaje, sin desmerecer a la Yoff, que también visitamos.
            
          En este último pueblo –coqueto, aunque de alojamientos caros-, viven de la pesca, mientras en Malika, no sabemos de donde les viene el sustento, aunque no, de ser pelmas. Aquí, perdiendo el tiempo, degustamos generoso thieboudienne y las cervezas más baratas del viaje, en un tranquilo bareto.   
                                                                               Malika                                                                                                                                                                                                               
Tras acercarnos a la punta de los Almadies, con sus fuertes olas, recalamos en N’Gor, un sitio extraño –de fea playa-, donde en escasa armonía, conviven las calles con asfalto y bolardos, con las de tierra, los humildes pescadores, con los guiris con cámara en ristre y la basura y los edificios abandonados o a medio hacer, con las supuestas mansiones de los blanquitos, a 1.500 €, el alquiler mensual. También, los cochazos –con el negrito frota que frota- y las mulas con rústicos carros, a tan sólo 10 km del centro de Dakar. Hay cerca, el hipermercado más grande de la capital. Lo que en occidente, supone el lugar de compra de la clase humilde, en gran parte de África, abastece a adinerados blancos, que paguen por productos muy básicos –desde un bote de ketchup, a una lata de bonito o un bote de alubias, con salchichas-, cuatro o cinco veces, lo que en Europa.
            Nuestra última excursión, fue al Lago Rosa, famoso, por ser el emotivo punto final, del originario Paris-Dakar. Es acogedor y de color de vino rosado, aunque la visita resulta algo anodina. Resorts y hoteles, que vivieron tiempos más gloriosos, unos pocos guiris, circulando en buses o coches potentes y algún despistado ofreciéndote piraguas. Estas no se ve , en centenares de metros a la redonda, aunque si les dices que sí, probablemente, te la fabriquen.               Malika

            La última tarde en Malika, nos sirve, para organizar la logística y pasear por su playa maravillosa.
                                                                                                      Malika

jueves, 31 de mayo de 2012

Atrapados en Bananaria


             Dakar nos recibió durante el día de Pascua. Aquí, en Senegal son tan listos, que celebran tanto fiestas islámicas, como cristianos y ¡viva la Pepa!. En la soledad de las calles –ni siquiera, vendedoras de cacahuetes-, contemplamos un flamante y enorme coche nuevo. Su conductor, se aloja en un hotel de 43.000 francos la noche, mientras nosotros, pagamos sólo 11.000. Nada habría que comentar, sino fuera, porque en la puerta del vehículo, se lee “Agencia española de cooperación con el Desarrollo”.
                                                                                Dakar
            Nuestro retorno a Dakar, a pesar de ser territorio conocido, está lleno de sorpresas. Así ocurre, en Bananaria, termino con el que hemos designado, a Senegal, Gambia, y en menor medida, Mali y Mauritania. En un mes de ausencia y por arte de magia, la visa de Gambia ha pasado, de los 25.000 a los 45.000 francos. La de Mauritania de 31 a 48 €. Y el precio de la cerveza en el supermercado, se ha disparado en un 20%. Será para pagar a los numerosos vigilantes de los pasillos y a las ineficaces y maleducadas cajeras.

            Tras los nuevos acontecimientos, decidimos no volver por tierra y retomamos la idea –aunque cara- de volar, a Líbano. Pero, hoy la suerte no está con nosotros. Los importes que manejábamos, se han disparado. Volar a Madrid, tampoco es barato. Ni siquiera a Las Palmas, donde hay un breve –dos horas- vuelo directo, a 367 €.
Dakar
            No sabemos como escapar de Senegal, sin dejar la cartera temblando. De momento y si no hay cambios, tocara pasar unos cuantos días más aquí. Los optimizaremos, visitando los alrededores de Dakar, a ver si de paso –tal vez en Malika-, encontramos un alojamiento, de precio más razonable.

            Seguiremos informando, como los sensacionalistas y famélicos periódicos de aquí, que se rasgan las vestiduras, por la posible islamización de Mali o porque, de repente y como siempre, en el traspaso de poderes presidenciales, hayan desaparecido 600 vehículos oficiales. Con razón, había tantos negritos, lavando coches con cubos, esta mañana, en la plaza principal, de Dakar.

            En un viaje largo, lo que hoy es un problema insalvable y acuciante, mañana es la prehistoria. 
                                                                                                     Dakar

De vuelta: De kayes, a Kaolack


                                                                             Kaolack
            Abandonamos Mali, sin más contratiempos, que dos pinchazos en el último trayecto, hasta la frontera, en la misma rueda, que ya estaba para el desguace, antes de emprender el camino. Dudamos, de si el remedio a estos males, estuvo en los chicles, que llevaban en la guantera.

            Bueno, en realidad no dejamos Mali del todo, porque no nos quedo otra, que hacer noche en la frontera, que componen dos pueblos –Kidira, en Senegal y Diboli, en Mali-, separados por un puente, que atraviesa un exiguo río, cuyo caudal apenas da, para lavar la ropa. Aunque se trata de países distintos, te puedes mover sin apenas trámites, entre ambos lugares (la zona Schengen, de África occidental). Y así nos pasamos 12 horas, yendo de Mali a Senegal y de Senegal a Mali.

            En uno de los pueblos está el cíber, en el otro el único bar con cerveza, al igual que lugares a visitar, teniendo que volver al primero, a nuestro básico alojamiento. Finalmente, conseguimos romper el círculo, embarcándonos en un extraño cacharro colectivo, en el que salvo averías, sufrimos casi todas las posibles incidencias y penalidades: peleas, abastecimiento de gasolina de manera clandestina, salidas de la ruta, para cargar cualquier cosa, paradas para asuntos inverosímiles…
Tambacounda
            Por fin, agradecimos llegar con la lengua fuera, a Tambacounda, donde nos esperaba menos calor que la otra vez, nuestro antiguo alojamiento y una cerveza fría (lo único que en Senegal, es más barato, que en Mali).

Al día siguiente, abandonamos definitivamente, esta ciudad, con más dificultades de las previstas. Conseguimos encontrar un bus nocturno, después de evitar las tretas y presiones de la maldita mafia de los cacharros.

            Llegamos a Kaolak, a las cuatro de la mañana. Ayer, después de haber visitado el cíber y ver los precios de los vuelos, hemos decidido volver por tierra. No sabemos si a casa o a Líbano y Chipre. El camino será largo y  muy posiblemente, aburrido.

            Kaolack es nuestra última parada en Senegal, antes de retornar a Dakar, a hacer la visa de Mauritania. La localidad –donde por primera vez, sentimos fresco y no hay que mojar la cama, después de tres semanas-, cuenta con el segundo mercado cubierto más grande de África, después de Marrakech, una catedral fea y varias mezquitas, alguna en construcción. A pesar de ser más grande, es aún más polvorienta y rural, que Tamba.
                                                                           kayes
            Anoche, antes de tomar el bus a este destino, conversamos, largamente, con un hombre de Mali, que nos dijo, que habíamos tenido mucha suerte, al poder haber abandonado el país. También nos comentó, que no entiende como en una nación como la nuestra, con 6 millones de parados, no arremetemos contra los equipos de fútbol –léase Madrid y Barça-, que pagan esas millonadas a sus jugadores. 

miércoles, 30 de mayo de 2012

Un, dos tres, responda otra vez


             ¿Para qué sirve un bote de nocilla? Un, dos, tres, responda otra vez. Esta pregunta tiene una contestación muy fácil y obvia, pero en Senegal –y en menor medida, en Mali-, no es así de sencillo. Las respuestas son múltiples y variadas. Cualquier niño –aún de cota edad-, lo sabe
                                          Diboli (Mali)
            Una vez vacío, después de haber desayunado media barra de pan con una ligera capa de crema de chocolate, sus usos pueden ser:

            -De embudo. Es fácil llenarlo con licor casero desde una garrafa de 10 litros y así trasvasarlo a botellas de un litro, para comercializarlo en los bares.

            -De fiambrera. En él los niños pedigüeños recogen todos los restos de thieboudienne -casi siempre arroz sólo- que los comensales dejan en sus platos, o los trozos de pan o galletas, que muchos tenderos les ofrecen para que les dejen de dar la brasa.

            -De azucarero. Todos los vendedores callejeros de café touba tienen un bote de nocilla, con un simple agujero en la tapadera, por donde sirven el azúcar, antes de llenar el vaso de humeante y rico café. Incluso sus colegas del Nescafé, a pesar de tener mejores instalaciones, también disponen de este azucarero
           
            -De contenedor de monedas. No sólo las señoras, rodeadas de niños de todas las edades, que piden sentadas en el suelo, mientras amamantan al más pequeño, usan estos botes para las monedas que algún musulmán de pro, en cumplimiento de sus preceptos, le echen, sino que los comerciantes, a falta de caja registradora, también lo tienen como cajón para sus monedas.

            -De alcachofa de ducha. Hasta los viajeros tenemos –en alguna ocasión-, que utilizar estos botes para ducharnos. En varios alojamientos donde disponen de agua del pozo, es necesario tener a mano uno de ellos para poder echarte poco a poco, el líquido elemento y no todo de repente, del gran cubo donde se cumulan varios litros.
Djeneé (Mali)
            -Para ensayar. Es más fácil, que cuando eres una niña pequeña, ensayes como llevar mercancía en la cabeza con un bote de nocillam que directamente, con un barreño grande o bidón. Poco a poco, se van introduciendo en el mundo que les espera, en tan solo unos pocos años: recipiente en la cabeza, bolsas en una mano, niño agarrado de la otra y recién nacido, bien sujeto a la espalda.

            ¿A alguien se le ocurre algo más útil, que este socorrido bote? 

martes, 29 de mayo de 2012

En África occidental, la bolsa siempre va al alza


            Fabricar bolsas –especialmente negras-, debe ser un rentable negocio, en Mali y Senegal. No porque dejen mucho beneficio, sino por el gran número que se utilizan. Realmente, es lo único con lo que viajeros y lugareños, pueden soñar, que les salga gratis, con cualquier compra, por exigua, que esta sea.

            Las transparentes hacen de botella o vaso –para comercializar agua potable, que se bebe, como si lo hicieras de una bota-, plato –envuelven espaguetis, albóndigas de pescado o patatas fritas- o envase para cacahuetes u otros productos de consumo perecedero y urgente.
                                             Árbol repleto de bolsas, en Rosso
Las negras –finas y de tacto áspero- cumplen las funciones anteriores, cuando no hay otras, aunque por lo general, te las dan para el transporte de cualquier cosa, con la condición de que sea ligera y que cuelgue de la mano, porque las mercancías de más fuste, siempre van colocadas sobre la cabeza, en equilibrio o sujetas por los brazos, en forma de asas de jarra.

            Las bolsas negras, en su versión maxi, también cumplen misiones de toldo o cortavientos, en los numerosos puestos callejeros, que se arremolinan en cualquier calle de ciudades y pueblos .Algunos mercaderes más privilegiados, pueden prescindir de estas bolsas, pues tienen la suerte, de contar con sombrillas o marquesinas de maderas y pajillas.

            Hasta nosotros, animados por el ambiente local, llevamos todo en bolsas bien compartimentadas (cargador del móvil, cargador de las pilas, cuadernos, medicinas, pasaportes, el dinero en efectivo…) Y, en cada bar que encontramos, en Mali, nos proveemos de vino embolsado -250 cl- o licores -5 cl-, que se absorbe con gusto –y como ocurre con el agua-, clavando los incisivos y practicando una pequeña incisión en una de las esquinas.

            En las montoneras de basura o vertederos improvisados, lo que más destaca son las bolsas, que vuelan a su antojo, cuando el aire sopla. Hasta en los escasos Carrefour de África, te regalan la bolsa con tu compra –una o las que necesites-. Entonces, ¿qué milongas medioambientales, nos vendieron en España?

            Occidente sigue en crisis, mientras en África, la bolsa es un valor al alza: colgadas de los árboles, de los cables de la luz, entre las patas de las cabras, a modo de vendajes para cubrir heridas de personas lesionadas…    Ziguinchor (Senegal)

viernes, 25 de mayo de 2012

El cacharro infernal


           Aunque, con dificultades y cambio de planes, hoy partimos para la frontera de Mali, después de casi haber tirado la toalla. Viajamos en una furgoneta Mercedes, flamante y codiciada, allá cuando paseaba por Munich o Hamburgo, en los cuarenta o los cincuenta. Hoy, ha perdido toda su tapicería, tanto en los laterales como en el techo, los asientos se hallan destrozados y el parabrisas entero, pero dividido en miles de porciones.
                                                                          Tambacounda
            Lo pillamos según sale y completamos el abarrotado pasaje. Uno de nosotros viaja, con más de medio culo fuera del asiento y el otro, con unos cinco churumbeles, situados detrás, trepándole por la espalda.

            Son 183 kilómetros hasta Kidira y la carretera es buena, salvo en los últimos 40 kilómetros. Los primeros 50, los hacemos en una hora, pero de repente, algo no va bien. Por donde normalmente sale aire acondicionado o calor, empieza a aparecer humo negrísimo. Parada, inspección ocular –como haciéndose los sorprendidos-, echar agua al motor y esperar a que se enfríe. Tras un escaso intervalo de avance, volvemos a detenernos, junto al mojón del kilómetro 103 (los que faltan para nuestro destino).

                                                                       Camino de Kidira
            Ahora –mientras el calor nos derrite-, además de llevar a cabo el mismo proceso, sacan el gato y hurgan por debajo del vehículo. Más de media hora de calvario y reanudamos la marcha, con recesos, cada diez minutos, para apagar la sed del motor.

Con bastantes dificultades, llegamos a Goudiry, un pequeño pueblo de cuatro puestos de madera retorcida y unas decenas de casas. Discutimos entre nosotros, por razones que no viene al caso –durante la dilatada parada para el almuerzo-, mientras un vendedor de carne asada, con la poca que le queda, nos persigue a cada movimiento, sin perder su esperanza. Esta localidad no dispone de luz, a pesar de ubicarse en ella, un generador de la maldita electra.

Para hacer los 65 kilómetros que nos quedan, tardamos más de tres horas, para un total de siete (una media de 26,14 a la hora)..

            Las constantes paradas para oxigenar el motor, hacen que adelantemos y seamos sobrepasados por el mismo camión, hasta cinco veces. Cada poco, sube y baja gente, hasta la interminable bajada de las de los criajos escaladores, que además, llevan una mudanza entera, sobre el techo. Y todo, para apearse en mitad de la nada. Aunque, con los que son, pueden hacer un asentamiento. Por la carretera es muy frecuente, ver otros vehículos averiados, con la rueda pinchada y hasta camiones volcados.

            Tras contemplar, como unos pájaros se comen una vaca muerta, llegamos a Kidira.

            Pensábamos hacer noche aquí, pero la hostilidad y fealdad del lugar, además de que sólo haya un hotel caro y con mala pinta, nos hace pensar en llegar a Diboli. Nuestra última experiencia senegalesa la tenemos al comprobar, que de donde te ponen el sello, a donde te dan el OK para salir, hay más de kilómetros y medio, en sentido contrario.
Kidira
            Ya atardeciendo, cruzamos un penoso río y en tierra de nadie, un alojamiento, que vivió tiempos mejores, nos depara una mala noche, pagando más de 20 €, sin luz y sin agua. Estamos a escasos metros del puesto fronterizo de Mali. Como ni sitios para cenar hay, volvemos a cruzar el puente ya de noche y otra vez nos toca salir corriendo, ante la amenaza de un asalto. Para retornar y escarmentados, pagamos a un conductor, que por allí pasa.

            En este caso, la culpa ha sido nuestra, por como otras tantas veces, creernos por encima del bien y del mal. África’s night no es para toubabs (blancos europeos). ¡Un día de estos, no vamos a llevar un disgusto!.

África es el continente, que más me hace pensar

                                                                                        Mopti
Efectivamente –como se titulaba en el post anterior-, Tambacounda es lo más parecido al infierno, con sus veredas polvorientas –ysu tierra rojiza, penetra hasta en la ropa interior- y su calor asfixiante, que recalienta, tanto lo que está al sol, como lo que se encuentra, a la sombra. Por lo demás, es un lugar tranquilo, para ser un cruce de carreteras, hacia Mali, Guinea, Gambia, el interior de Senegal y la costa.

            Destaca su decrépita –pero bonita- estación de trenes, que ya no presta servicio y su colorido y abarrotado mercado, en dos niveles de altura. Por una parte, está cubierto y por otra, no. Por la mañana, cuando paseas, te envisten las descuidadas vendedoras, con sus sacos y bidones, a cuestas. Ya a mediodía, la mercancía es escasa y la basura se amontona en el suelo, para regocijo de las cabras, que inician su festín.
                                                                                                  San Louis
Las avenidas son anchísimas, pero la mayoría de los edificios –salvo algunos bancos-, no sobrepasan una planta de altura. Ambas cosas a la vez, provocan en el viandante, una sensación extraña

Preguntando a un tendero, si hay cerveza, contesta abruptamente, que no se vende alcohol en la ciudad. Hemos debido topar con el musulmán más radical del lugar, dado que en un radio cercano, hay cuatro bares y un enorme depósito de bebidas espirituosas. Este último, con gran actividad, está regentado por blancos.

La mayor molestia de la ciudad, la constituyen los niños pedigüeños, que campan a sus anchas por todas partes (especialmente en las estaciones de transporte). Algunos ya están bastante creciditos. Dependiendo de nuestro estado de ánimo, tratamos de disuadirlos, ignorándolos, reprendiéndolos, mandándolos a la escuela o les pedimos dinero, nosotros a ellos. Normalmente y en este último caso, huyen o muestran su negativa.

                                                                                 Kaolack
Pero hoy, un niño de unos seis o siete años, ha descuadrado nuestros esquemas. Al pedirle dinero, ha puesto cara de comprensión y nos entrega, una moneda de 25 francos, de su escaso botín, que consiste en otras dos, de 50 y 100. Si algo me gusta de África subsahariana, es que me hace pensar, casi constantemente y además, siempre me termina, sorprendiendo

Entretenidos en estos pensamientos, nos topamos con una publicidad callejera, con un agresivo mensaje de la electra local: “la electricidad es un derecho. Pagarla, es un deber”. También esta aseveración, da mucho para reflexionar

            Nuestro primer intento de acceder a la frontera de Mali, ha fracasado. Es domingo y no sale un solo cacharro, después de esperar tres horas y media, divididas por un largo intervalo, en el que nos vamos a tomar cervezas.

El ambiente de esta estación es ameno. Mientras esperamos nuestro thieboudienne, bajo un insufrible tejado de chapa, una joven de quince años, se despelota  ante nosotros y sin ningún tapujo, mientras la propietaria, trata –y consigue, por un intervalo corto de tiempo- hacer funcionar el ventilador del techo, con un riel de las cortinas. Debe de ser, de las que no cumple su compromiso con la referida electra. En la calle, una chica destrenza a otra todos sus postizos del pelo, mientras escuchan decenas de veces, la misma canción en el móvil.

            Mañana haremos un nuevo intento, de lograr nuestro objetivo: Mali nos espera. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Carretera al infierno

             Hoy tocaba martirio. Será por ser viernes, que no nos podemos olvidar, que estamos en un país musulmán, aunque a su manera, dado que ni el cerdo, ni el alcohol, ni la escasa vestimenta, están vetados a nadie.

                                                                                        Ziguinchor
            Abandonamos nuestro alojamiento, aún sin haber amanecido, guiados por la luz de una linterna. Nada nuevo en África. El único transporte, que hay para ir a Tambacounda, es el maldito taxi “sept places”. Se trata de antiguos renaults 12, vendidos de quinta o sexta mano, desde el primer mundo y en los que se usan hasta la perrera, para colocar a los pasajeros, sentados sobre el cubre-ruedas.

Ni son baratos, ni paran para orinar, pero no hace falta, aunque te tires diez horas, para hacer 380 kms. El asfixiante calor exterior –lo que peor llevo de este viaje- y el interior, que nos proporcionamos todos los pasajeros, bien juntitos, secan cualquier vejiga. Eso sí. Sólo los blancos sudamos. Dos pasajeros sentados delante de nosotros, viajan tan campantes, con su gorro y su bufanda de lana.  

            Las paradas son interminables, por razones múltiples y nunca explicadas: para recoger papelitos y entregar dinero, para una supuesta reparación, que nunca llega -cerca de la frontera de Guinea-Bisau-, para comprar líquidos y sólidos, siempre que algún pasajero se queje o para echar gasolina varias veces .Sólo consideramos lícitas, las cinco veces, que nos paran en controles militares –siempre cortos y solo en territorio de Casamance-, en los que sólo dos y con desgana, piden la documentación.
Ziguinchor
            El paisaje es anodino y seco, sólo aliviado por las intermitentes aldeas, de casas cónicas y cercadas con cañizo. Las piernas se quiebran, las rodillas duelen hasta enloquecer y la mente se dispara, no siempre por el buen camino. El único entretenimiento que encontramos, es ir cronometrando, lo que tarda el vehículo, entre los distintos mojones kilométricos, a modo de competición.

Pero, lo peor es la carretera. Nunca vimos una igual y tampoco unos amortiguadores peores. Está en tan mal estado –llena de profundos socavones y extraños relieves-, que los coches, cuando pueden, prefieren ir por los arcenes de tierra, llenando el interior del vehículo de polvo, aunque viajemos, como siempre aquí, con las ventanillas herméticamente cerradas. Otra opción –si está en mejores condiciones-, es circular por el lado contrario del carril, como si nada. Menos mal, que no hay casi tráfico y que los chóferes son expertos en conducción extrema.

            Exhaustos, llegamos a Tambacounda. Los negritos muestran tranquilidad. Los dos blanquitos, euforia, que va desapareciendo, una vez que nos toca andar varios kilómetros sobre la arena, para encontrar alojamiento económico –los de la Lonely se han disparado de precio- y como siempre, con el sol cayendo de plano.
                                             Tambacounda
            La localidad gira en torno a una rotonda, de la que se despliegan calles anchísimas, con las casas de una planta. De dos, como máximo, en los edificios más lujosos –como no, los de los bancos-. Nos desanimamos y barajamos la posibilidad de cancelar el periplo por Mali.

            Unos minutos después aparece un alojamiento adecuado y barato y al retornar al centro, un espléndido bar, donde tomamos la cerveza más rica y fresca, de todo el viaje. Hasta este momento, la única satisfacción del día, había sido tomar una bolsa de agua fría, en una de las paradas y otra de patatas fritas de 10 gr., casi a punto de caducar, atentamente regalada por el encargado del supermercado de Ziguinchor, por ser clientes habituales (dos días).