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martes, 31 de enero de 2023

A la segunda fue la vencida..., pero con suspense

           Ahora, yo debería dedicar un par de artículos para contaros, lo que fueron nuestras experiencias en el madrileño distrito, de Usera, en la celebración del año nuevo chino, el fin de semana del 21 y 22 de enero. Pero, pospondré este relato, para adentrarme en nuestra segunda aventura nocturna, llevada a cabo los pasados sábado y domingo. Y, como dice el título, a la segunda fue la vencida..., pero con suspense. 

          Habíamos planificado, llegar sobre las cinco y media de la tarde a la capital, de España. El Museo del Prado es gratis, de 18 a 20 horas y como hace más de treinta años, que no lo visitamos, nos pareció un buen plan para empezar el finde. Pero, la cosa se torció de manera radical, porque cuando llegamos a las inmediaciones, una cola de más de 300 personas, nos desanimó y desistimos.

          La tarde era muy fría y ventosa y la noche prometía serlo, aún más. Por eso y para mantener a raya el frío tuvimos, que alternar algunas cervezas de mantenimiento, con unos cuantos paseos por centros comerciales o lugares cerrados, sin exponernos de forma dilatada por las calles.

          Todos los sábados sobre las doce de la noche y en Galerías Canalejas, en la calle de Alcalá, actúa un grupo de versiones de rock nacional e internacional, así que disfrutamos en este animado concierto.

          Sobre la una de la madrugada, llegamos a una muy concurrida Malasaña. Habíamos proyectado tomar algo en dos o tres míticos garitos, que se encuentran juntos: el Penta -celebre por aparecer en la canción, "La chica de ayer", de Nacha Pop-, el Madrid Me Mata -autentico y completo museo de la Movida Madrileña de los ochenta - y el Tupperware. En el primero no hemos estado nunca. En los otros dos, si, aunque ya ha llovido desde la última vez.

          El inicio no resultó ser bueno. En el Penta había una cola de más de veinte personas y en el Tupperware, aproximadamente, la mitad, a tres grados bajo cero. En el Madrid Me Mata la puerta estaba despejada, pero nos pidieron pagar una entrada de nueve euros, que incluía una copa o dos cervezas, que al menos ese día, no estábamos dispuestos a pagar, aunque si lo haremos en el futuro.

          No nos vinimos abajo y tras deambular por las calles de la zona con ya algunos chupiteles colgando del pelo, acabamos en la Vaca Austera, uno de nuestros clásicos de finales de los ochenta y principios de los noventa. Medio aforo -mayoritariamente hombres-, hard rock y heavy -como músicas predominantes-, tercios a tres con cincuenta euros -la bebida más consumida - y copas desde siete.

          No nos desanimamos al ver, que por casi veinte años de diferencia con los siguientes, éramos los más viejos del local. Pero al principio, sí nos sentimos extraños, porque hacía tres décadas, que no pisabamos un bar de copas de este barrio. Casi ninguno de los presentes en el lugar había nacido en aquellos tiempos.

          Sobre las tres de la madrugada, seguía habiendo cola en el Tupperware, pero ya no dejaban entrar, por estar cerca la hora de cierre. Es lo que más nos ha sorprendido, que en Madrid y con la excepción de las discotecas -cierran a las seis-, no haya un solo lugar donde tomarse algo, con la excepción de las tiendas de veinticuatro horas y las máquinas de vending. Desde luego, eso no ocurría en los ochenta y los noventa.

          En el Penta, ya no había aglomeración, pero nos quisieron cobrar nueve euros por la entrada, a falta de menos de media hora para la clausura del local, por lo que lo dejamos para otra vez. Nuestra tabla de salvación, la cervecería Manuela Malasaña, con simpatiquísimo propietario y tercios, a 2,80.

          Cuando salimos a las calles -cinco bajo cero -, el ambiente había decaído mucho. Los Uber y Cabify atascaban las estrechas calzadas, recogiendo a los últimos noctámbulos. Aún quedaba más de una hora, para que abrieran la estación de cercanías, de Sol.

          De camino y en la calle Fuencarral, encontramos dos estancos abiertos -quien lo iba a decir, hace años- y una pitonisa echando las cartas sobre una mesa de camping. A pesar de las horas, muchos gloveros transitaban al sprint para hacer realidad los deseos de los caprichosos desvelados. ¡Qué tiempos más crueles!. Nos cruzamos con tres o cuatro jóvenes, que ofrecían copas y entradas para discotecas, pero a nosotros nos ignoraron de plano. ¿Por qué será?. Menos mal, que por el día, si nos tratan de atraer para los garitos de flamenco.

          Si no fuera por los siete bajo cero, sería un lujo recorrer la desierta Madrid, casi al final de la madrugada. Para evitar males mayores, nos refugiamos en el Carrefour, de Lavapiés, que abre eternamente, salvo en Navidad y Año Nuevo, para llevar a cabo algunas compras. Su panadería estaba abarrotada por los trabajadores de los servicios de limpieza, los lugareños y hasta algunos turistas italianos, dándose a las empanadas, a las napolitanas y al café.

           A las nueve de la mañana tomamos el tren de regreso. Pero, cinco minutos antes de llegar, a Ávila, se averió y junto a decenas de pasajeros, quedamos tirados en la intemperie de las heladas vías, durante largo rato y sin explicación alguna, más allá, de obligarnos a poner la maldita mascarilla, al subir a un nuevo convoy. ¡Yo, ni caso!

          Llegamos a destino con más de una hora de retraso, agotados, pero felices.

lunes, 30 de enero de 2023

La bendita generación del botellón, los bares y de la música (parte III)

           Pero y para cerrar esta serie de tres posts, volvamos al inicio: el asunto de la diversión, hoy en día y no me refiero solo a los más jóvenes. Si aterrizará un extraterrestre en las ciudades -y nosotros en cierta medida, lo somos, debido a nuestra escasa vida nocturna actual- iba a entender -.

          - ¿Qué los adultos se concentren en las terrazas exteriores de los bares, a tres grados bajo cero y tapados con mantas y con hilillos de calor, que no calientan?. En la Navidad de 2020, en Segovia, en plena pandemia y con bajo cero al mediodía y sin sol, una pareja estaba comiendo una carne con salsa de mostaza en la calle, que del frío , se había hecho dura costra, por el escaso hueco de sus bocas, que no tapaba las bufandas.

          - ¿Qué la dictadura de un 20% de fumadores -muy marranos y bastante mal educados, en general, por cierto -, hayan expulsado al 80% de los que no fumamos del interior de los bares, simplemente, para poder seguir conversando con ellos? Es, que ya han convertido a su causa, hasta a caribeños o canarios

          - ¿Qué mucha gente esté sucumbiendo -los numerosos negocios del ramo lo atestiguan-, a alimentarse en restaurantes indios, mexicanos, senegaleses, turcos, chinos o del sudeste asiático, teniendo en cuenta la baja calidad de las materias primas y la escasa coincidencia de lo que ofrecen, con lo que en realidad se come en esos países? Nosotros hemos visitado todos esos lugares y ¡menuda diferencia! Un kebab de España, se parece a uno de Turquía, Siria, Líbano o Palestina, como un huevo a una castaña. Igual, para un thieboudienne, unos noodles Thais...

          - ¿Qué decenas de personas -a veces, centenas-, hagan colas lentisimas, en el siempre trepidante y acelerado Madrid, para adquirir una simple hamburguesa o un chocolate, por muy de San Ginés, que sea?

          - ¿Qué haya lugares, como las salas Riviera, Capital -antiguas Titanic, para los más veteranos -, Cuenca Sorpresa, Chapandaz, La Vía Láctea...,para tomarse una copa y disfrutar un rato haya, que aguantar colas aún mayores, que las anteriores, por parte de los más jóvenes?

          En 2010 y camino de un viaje por Cuenca -precisamente-, Valencia, Malta y Sicilia, llevamos a cabo un experimento parecido, al de esta vez, recorriendo todas las zonas, que nosotros frecuentábamos, durante la juventud. El panorama resultó ser casi tan desolador, como ahora. La más notable diferencia fue, que entonces, se hacían botellones en las céntricas calles o plazas, con la gente rodeando las bolsas de bebida. Y los chinos, hacían su agosto con carritos ambulantes, sirviendo latas de cerveza y mezclando cubatas -si es, que hoy, se llaman así, claro - de forma magistral. ¡Ahora, ni eso

          Visto lo visto, nos volvemos a nuestro platillo volante y nos dirigiremos a la nave nodriza, para abandonar este planeta para siempre. Pero antes y después de haber disfrutado en Usera del Año Nuevo Chino, haremos un último intento noctámbulo, el último finde de enero. ¡Ya os contaremos, si resulta otro fiasco! (qué pinta tiene).

domingo, 29 de enero de 2023

La bendita generación del botellón, los bares y de la música (parte II)

           3.- Y todo ello ha ocurrido, además de por la mencionada falta de costumbre de la mayoría de los menores de treinta, por su pírrico poder adquisitivo, en términos generales. Los precios se han disparado sobremanera. Por ejemplo: un bocadillo de calamares en la plaza Mayor de Madrid, cuesta treinta veces más, que en 1980 (25 pesetas entonces, por 4,50 euros hoy) . ¡Ya podían hacer subido tanto los sueldos!

          Y otro dato, más personal y todavía más gráfico y clarificador. Cuando yo estudiaba bachillerato, allá por mediados de los ochenta, con una propina normal de unas 2000-2500 pesetas semanales, me llegaba para fumar tabaco rubio toda la semana, comer chuches en los recreos y salir de botellón, bares y pubs los findes. Hoy para eso mismo, te vas fácilmente, a los 80-100 euros.

          ¿Qué ocurrirá con los bares de toda la vida, cuando poco a poco, vayan cayendo los pensionistas?

          4.- Evidentemente y salta a la vista,la relación con la música de los jóvenes actuales no es la misma, que la nuestra. Para nosotros, fue elemento vehicular fundamental en nuestra madurez mental y desarrollo personal, mientras que en el presente es, simplemente, un estímulo más. Y no. No me voy a resistir, ni a morderme la lengua. La mayoría de la música, que se escucha hoy en día es una basura, en cuanto a ritmos y más, en cuanto a letras, dominada por la vulgaridad y el machismo.

          5.- El papel de la pandilla mixta fue fundamental en aquella época de apertura y con la igualdad de sexos asumida, cosa, que hoy no ocurre. Podíamos discutir de política, de religión o del aborto, pero ni ellas, ni nosotros nos planteamos una sola vez, el tema del machismo, del odio entre sexos, como se fomenta hoy. Nada mejor, que los bares, para llevar a la pandilla a la vida plena 

          En esta época, la gente joven se divierte de una forma mucha más individual, a veces a distancia. Confunden la comunicación interpersonal, con el WhatsApp y segun vemos en las fiestas patronales, los grupos de relación están más segmentados por sexos.

          Una anécdota del pasado sábado,cen la Gran Vía, pone los pelos de punta. Una persona, disfrazada de Mazinger Z, rodea a un par de chicas. Pasan un par de chicos, de unos 14 años y uno le dice al otro:

          ¡Mira, las ha tocado!

          ¡Lo que tenía que hacer es, violarlas! respondió el otro-.

          6.- La sociedad actual está totalmente polarizada, siendo el odio mucho más fuerte y visceral, que entonces. La tolerancia resulta nula y el umbral de soporte de la frustración por parte de la juventud, es muy escaso. Gracias al descontrol de profesores y padres, se ha generalizado el mal uso de la tecnología, que contribuye a generar más malos rollos, que buenas sintonías. Así, resulta difícil salir a divertirse.

          En nuestra generación no se hablaba de igualdad, de machismo, de violencia de género, de acoso sexual... aunque si se abrían con naturalidad debates sobre otros muchos temas. Por supuesto, estos comportamientos existían en la sociedad, pero no, con excepciones, claro, entre los jóvenes, que íbamos a institutos y universidades. Escaseaban los suicidios juveniles y ningún estudio evidenciaba como hoy, que el 11% de las jóvenes reconozcan haber sido violadas y un 67% no conteste siquiera a esa pregunta, lo resulta aún más inquietante.

          Voy a dejarlo claro: no fuimos una generación mejor, que los jóvenes actuales, ni me invade la nostalgia. Simplemente, remamos con los poderosos vientos a favor, mientras que hoy, todos están en contra.

          Por supuesto, los chicos acompañábamos a las chicas a su casa, pero eso, seguirá siendo necesario dentro de 200 años, lamentablemente. Entonces, casi el mayor peligro era, que de forma indiscreta o fortuita, tu madre te pillara comentando algo inadecuado por teléfono, con una amig@ y te cayera una buena bronca. Pero para evitarlo, el remedio era fácil: tirar del cable del teléfono y esconderte a hablar tras la puerta de la habitación más cercana.

viernes, 27 de enero de 2023

La bendita generación del botellón, los bares y de la música (parte I)

          Al margen de gustos o de aficciones personales, la forma general de divertirse -o al menos, de la gente, con la que nosotros nos relacionábamos- era a mediados y finales de los ochenta bien sencilla: por la tarde, botellón en una zona verde del centro, a veces,  hasta con limonada de elaboración propia -hoy en día, mal visto y prohibidisimo- o cañas, vinos o mistelas con ginebra en los bares de siempre. Y por la noche, unas copas y un porrón de buena música nacional e internacional en locales, que llegaron con el tiempo, a ser auténticos templos del ocio nocturno. Aquello, que a nosotros nos parecía tan normal, no ha vuelto -y vaticino-, no volverá nunca más a repetirse.

          El no tener hijos y nuestro escaso contacto con el mundo de la noche desde hace mucho tiempo, nos hace desconocedores reales de las causas, por lo que no nos vendría nada mal la ayuda de un sociólogo o de algún experto en fenómenos sociales para indagar sobre el tema.

          No obstante y desde mis pocos indicios, voy a tratar de analizar el asunto y dejo para otros las conclusiones:

          1.- El acceso a las bebidas alcohólicas fue muy distinto en nuestra generación, que en las siguientes. Nosotros, por así decirlo, nos amamantamos en los bares de una forma muy natural, sin restricciones. Yo, por ejemplo, mi primer cubata, me lo tomé en un hotel de cuatro estrellas con once años y a nadie le resultó extraño, ni el camarero puso pega alguna. ¡ Y aquí sigo, sin haber caído en el alcoholismo!

          Hoy en día, también se accede a las bebidas espirituosas a corta edad, pero de una forma mucho más abrupta y agresiva, porque no existe una cultura del alcohol, como vehículo armónico del grupo y además se tiene conciencia, de que se está haciendo algo ilegal. En la actualidad resulta muy frecuente ver a adolescentes borrachos, mientras, que nosotros, normalmente, no pasábamos de contentillos.

          Por lo tanto, los más jóvenes, no tienen la necesidad -y hasta los 18, la posibilidad- de acudir a los bares, como antes. Y esto entronca con el segundo punto.

          2.- En el presente no existen ni la décima parte de zonas de establecimientos hosteleros, que hace 35 o 40 años. Os hablo, de las que nosotros nos movíamos, en Madrid y Valladolid. 

          - Bajos de Argüelles. Decenas de bares ofreciendo su ocio de tarde y noche. Grandes recuerdos de Edurne y la Trainera, donde nos dábamos al butano. Hoy, apenas languidecen un par de garitos. También han desaparecido los famosos Paradores de Moncloa. 

          - Malasaña. Copas -mi favorita, entonces, Ginger ale con tequila - y buena música independiente. Es la que menos se ha deteriorado y descafeinado, guardando aún algunas de sus esencias y locales emblemáticos.

          - Zona de Bilbao y Alonso Martínez. Más pija. Desconozco, si en la actualidad hay algo. La última noche, que anduvimos por allí, hace dos lustros, nada de nada 

          - Lavapiés. Cañas y tapas para calentar motores por la tarde en un ambiente castizo. Hoy está llena de restaurantes indios y senegaleses 

          - Latina y Embajadores. Del mismo estilo, aunque nosotros la frecuentábamos más los domingos por la mañana, después del rastro. En el presente está muy desvirtuada.

          - Nosotros no éramos de Titanic y de discotecas similares.

          - Ya en Valladolid, la zona de vinos del entorno de la plaza de la Universidad. Algunos bares siguen existiendo, aunque ya no está de moda ir a hacer el recorrido, ni por jóvenes, ni por más mayores.

          - El Cuadro. Área con mucho movimiento, con más de veinte bares y pubs, que lleva más de veinticinco años desmontada.

          - Zona del Coca. Diversión nocturna de más supuesto nivel. Todavía existe, sin muchos cambios.

          - Plaza de Cantarranas. Digamos, el lugar más "golfo" de la ciudad, donde se pinchaba muy buena música nacional e internacional. Desaparecida, como tal desde hace mucho tiempo.

          A quien le apetezca, puede añadir en los comentarios, cuáles son en la actualidad los núcleos de diversión, porque yo no los encuentro, más allá de lo dicho.

          Pero, además, ha habido otra transformación paulatina en los bares de toda la vida, tanto en el centro, como en los barrios. En ambos lugares y a finales de los ochenta, era normal, cualquier día de diario, a las dos o las tres de la mañana, que estuvieran abiertos. En el presente, raro es el que cierra más tarde de las once o las doce, incluidos los sábados.

jueves, 26 de enero de 2023

El gran fiasco nocturno

       Una vez agotadas las placenteras vacaciones navideñas, por Puglia, tocaba volver a los viajes recurrentes por la Comunidad de Madrid, habiendo ya renovado nuestro bono cuatrimestral gratuito (por cierto, ya nos han devuelto la fianza de los anteriores de media distancia y de cercanías). 

          Desde el ya lejano puente de diciembre, habíamos tenido la idea de un reencuentro con la noche madrileña de nuestra época juvenil y de estudiantes de periodismo, allá por finales de los años ochenta.

     Diseñamos un viaje exprés a la capital, de tan solo veinticuatro horas de duración. Nosotros somos muy buenos preparando y llevando a cabo viajes, porque actuamos de memoria, pero este plan nocturno nos generaba cierta inquietud, porque si quitamos reuniones en casas de familiares y amigos hasta la madrugada, no pisamos un garito de copas desde hace casi treinta años. La aventura tenía posibilidades de convertirse en un fiasco y así fue.

      Llegamos a media tarde, cuando casi anochecía. No queríamos quemarnos desde muy temprano, porque ya tenemos una edad respetable, aunque estemos bastante sanos. Así, que paseamos hasta las diez, consumiendo solo algunas cervezas de mantenimiento. Hasta ahí, todo normal, contemplando, como la Gran Vía estaba tan llena de gente, como siempre y que la decoración navideña se hallaba a medio desmontar 

          Nuestro objetivo después, era pasar parte de la noche en un par de locales, que aún aguantan desde aquel entonces: Chapandaz -nos apetecía un montón volver a recordar el sabor de su leche de pantera- y el Yasta. Estuvimos a punto de acudir a la fiesta navideña de este último bar, el pasado 30 de diciembre, pero es que a la tarde del día siguiente volábamos a Nápoles y no era plan.

           Antes de entrar en faena, pasamos por los bajos de Argüelles, que también frecuentamos mucho en aquellos tiempos. Caminar por allí, estando activos tan solo un par de garitos y sin casi clientes, da pena, teniendo en cuenta, lo que aquello fue. Sin embargo, el bar de bocadillos colindante, donde matar entonces aquel hambre de madrugada, aún sigue existiendo. 

          De camino, en el tren y mirando en Google Maps, algo nos empezó a descuadrar. Chapandaz sigue existiendo, pero nos daba una dirección distinta. Comprendimos, que han cambiado de local y así es. De todas formas, no está demasiado lejos de su antigua ubicación.

          Llegamos a la puerta y la primera en la frente. Una cola de más de cincuenta personas -muy jóvenes en su mayoría- esperando para entrar. Solo, a medida, que iban saliendo los de dentro, se permitía el acceso. Por supuesto, no nos quedamos.

          Decidimos sobre la marcha, cambiar el Yasta por La Vía Láctea, legendario sitio situado en el corazón de Malasaña. En este caso, no eran cincuenta, pero si más de veinte - de edades rondando o pasando la treintena-, los que aguardaban para poder entrar. Acaso, ¿la forma de diversión nocturna hoy en día es pasarse largos ratos en una cola, en pleno mes de enero?

          Nos deprimimos. Tratamos de buscar un bar normal, porque a las tres de la madrugada hace tres décadas los había a cientos, para resguardarnos del frío y tomar unas cañas o unas copas. Aunque éramos conscientes, de que hoy en día no lo íbamos a encontrar. Así fue.

        Ya solo nos quedaba un cercano MacDonalds, que abre las veinticuatro horas, para buscar un poquito de calor . Nuestro gozo en un pozo: abierto está, pero tiene cerrada la zona de mesas, por lo que solo puedes pedir para llevar.

          Desesperados, recalamos en los bajos de la plaza de los Cubos, cercanos a la plaza de España y donde se encuentra la discoteca ,Cuenca Sorpresa. El frío aquí es más soportable. En el exterior se sobrellevan mejor los tres grados de temperatura. Hay mucha gente, que ha salido a fumar. Y entonces, ocurre lo siguiente :

          Segurata fornido: "¿Vais a entrar a la discoteca?. Os lo digo, porque cerramos a las seis..."

          Mi pareja: "No, no, gracias"

          Segurata: " Ah, si ya os tengo yo calados. Vosotros venís a buscar a algún hijo. Si queréis, yo os lo puedo localizar"

          Mi pareja, con buenos reflejos: " No. Es que no estamos seguros, de si está en este local o en otro. Mejor, esperamos, a que nos llame"

          Segurata:" No os preocupéis. Me decís el nombre y yo os lo busco por el QR"

          ¡Huimos!.

miércoles, 25 de enero de 2023

Brindisi, Ostuni y retorno, a Bari

           Nos quedaba una última jornada, antes de poner punto final a esta aventura navideña, gobernada por el buen tiempo y que tantas buenas sensaciones nos ha dejado. Con mucha pereza, abandonamos el apartamento de más de 120 metros cuadrados, en Lecce, donde nos había dado la vida de si, incluso para poner lavadoras y cenar variado y caliente. Sin lugar a dudas y como presentamos antes de empezar este periplo, esta ciudad ha sido de largo lo mejor del viaje. Y eso, que ningún destino nos ha decepcionado.

          En apenas veinticinco minutos de trayecto nos plantamos en Brindisi, donde ya habíamos estado en el verano de 1994, tras desembarcar de un enorme ferry, procedente de Patras y Corfu. No esperábamos nada de la visita, pero como pilla de paso, hacia la bella Ostuni, decidimos echarle un par de horas.

          Brindisi responde a la perfección a los cánones de ciudades de tipo medio o pequeño del sur de Italia. Desgarbada, caótica a más no poder ser, sin zona peatonal -circula el tráfico en varias direcciones, incluso en la plaza del Duomo- y con unas aceras en el centro, que más bien, parecen una estrecha barra para llevar a cabo exhibiciones de funambulismo. La ciudad tiene una discreta catedral, algunas modestas iglesias y un castillo algo amorfo, que no está abierto al público, porque en su interior y como en Taranto, se llevan  a cabo labores militares.

          En un tiempo similar al del trayecto anterior, nos pusimos en Ostuni. Esperábamos, que Google Maps no tuviera razón, pero la tiene y el centro histórico se halla a unos tres kilómetros de la estación ferroviaria. Hay autobús urbano de adecuada frecuencia, que conecta ambos puntos, pero nosotros decidimos ir andando por la empinada carretera. Esta es irregular, teniendo arcén amplio en casi todo el recorrido. Aunque cuenta con algún tramo complicado y cierta densidad de tráfico.

          Ostuni es una auténtica maravilla. Nos ha gustado incluso más, que Gallipoli y Otranto. Su mayor atractivo es la plaza de Orozno, con su iglesia, el ayuntamiento, la esbelta y estilizada columna dedicada a su titular y varias animadas terrazas con música ochentera a todo trapo. La calle del Duomo conduce a la plaza del mismo nombre, donde encajonada, se encuentra la catedral. Ya solo resta callejear por las serpenteantes, ascendentes y arqueadas callejuelas del centro y por el amplio paseo, que rodea la blanquecina y bien mantenida muralla. Nos perdimos su feria vintage dominguera, porque empezaba a las cinco de la tarde.

          En Ostuni y para nuestra morrocotuda sorpresa, nos topamos con la única oficina de turismo abierta, que hemos encontrado en toda la región de Puglia.

          Casi anocheciendo -lo peor, que hemos llevado en este viaje es lo temprano, que se pone el sol en esta zona y en esta época del año-, nos subimos al tren, que nos devolvió a Bari. Habíamos reservado alojamiento con la misma agencia de la otra vez, pero en este caso, nos entregaron una habitación con baño, mucho mejor, equivalente a la de un hotel de tres estrellas. En el centro y a pesar de ser día 8 de enero, aún seguían encendidas las luces de Navidad.

          Bari debería servir, como ejemplo, a otras muchas ciudades mundiales: el autobús hasta el aeropuerto es urbano y cuesta tan solo un euro.

          El viaje navideño de once días ha sido todo un éxito, habiendo cumplido con todos los objetivos previstos, salvo Santa María de Leuca, que no pudimos visitar por razones logísticas. En cuanto a hoteles, hemos ido de menos, a más. El transporte ha sido lo más tedioso de este periplo, teniendo, que hacer casi siempre cambios de tren o autobús para distancias muy reducidas y poniendo a prueba nuestra paciencia.

martes, 24 de enero de 2023

Los alojamientos del viaje (parte III)

           4.- Los más listos, que los listos. Lecce, primer alojamiento en la ciudad, sin necesidad de tarjeta de crédito al hacer la reserva y pudiendo cancelar a cualquier hora. Idílico, ¿verdad?. Pues, finalmente, no. El procedimiento es similar al de la agencia de Bari, pero aún llegan más lejos, porque incumplen sus propias condiciones y nada más reservar, te bombardean con mensajes -whatsapps y correos electrónicos- y llamadas, para conseguir tu número de VISA. Estos, a parte de robarle su comisión a Booking, pretenden asegurarse el pago, antes de que siquiera llegues. Les acusamos de estafa en un audio, pero ni siquiera se inmutaron.

          Les salió mal, porque al día siguiente reservamos desde la propia puerta del hotel, por lo que Booking ganó su comisión y ellos tuvieron, que respetar un precio, que no nos daban un situ. La chica de la recepción se quedó con cara de muy mala "lecce".

          5.- El roedor. Pagamos 48 euros por la habitación más cara del viaje, reservada media hora antes de entrar, a través de Booking. Ventajas: check in automatizado y rápido y habitación extensa. Duros inconvenientes: bastante frío y un roedor, que transitó a sus anchas por la alcoba, durante toda la noche. Al fin entendimos, los comentarios de una chica, en Booking, que misteriosamente decía, que oía pasos.

          6.- El superapartamento. Por 41 euros y al lado de la estación de trenes de Lecce, 120 metros de casa para nosotros solos. Dueña amable y discreta. La tarde nos dió para poner la lavadora, estar calentitos, cocinar pasta con salsa rabiata y ver, como el Madrid y el Valladolid perdían sus respectivos partidos.

          7.- Vuelta a Bari y a la agencia de la otra vez. La chica, que atiende, algo lenta en sus gestiones, nos entrega una habitación por el mismo precio, cinco veces mejor, por lo menos +y con el baño dentro, que no habíamos contratado -, que la que nos habían concedido, la primera vez. Está en otro edificio más cuidado y la alcoba equivale a un tres estrellas alto. Y eso, que la joven del primer día, era mucho más amable, rápida, hablaba español y atendió todos nuestros requerimientos.

"Last of the us", de HBO, en la plaza de Callao, en Madrid


 

sábado, 21 de enero de 2023

Los alojamientos del viaje (parte II)

           1.- El que no se entera de nada. Habitación en Benevento, pagada por adelantado, sin poder cancelar, a través de Booking. Nos toca subir a un cuarto sin ascensor por una empinada escalera. Por supuesto, no hay nadie al otro lado del timbre. Nos cuesta varios WhatsApps e e-mails, que quien debe atendernos nos haga caso, alegando, que el está en su casa y de la habitación se encuentran en una cesta exterior de publicidad, sin protección alguna. Esa noche pasamos bastante frío, porque los 25 euros pagados no daban para calefacción.

          2.- Los listos. Habitación en Bari, reservada en Booking, sin necesidad de tarjeta de crédito. Han encontrado una triple vía de ingresos. Los propietarios de pisos, el mastodonte metabuscador y los usuarios 

          Funcionan, como agencia, muy bien organizados y con sede física, en la plaza Luigi de Saboya. A los primeros, les cobran una justa comisión por gestionar sus viviendas. A la plataforma Booking, la usan para captar clientes, a los que se otra forma, nunca podrian llegar. Luego y cuando el cliente se presenta, le convencen, de que si accedes a cancelar la reserva telemática y les pagas directamente a ellos, les devuelven una parte del precio.

          Previamente y de manera muy confusa, han avisado a los moradores por correo, que la ropa de cama y las toallas cuestan ocho euros a mayores, pero no aclaran, si es obligatorio contratarlas. Pero, ahora in situ, buenos samaritanos ellos, de esos ocho, te perdonan cinco por cancelar la reserva original. Cómo es complicado de explicar, resumo: Booking bpierde su quince por ciento de comisión, el cliente tres euros y ellos se lo embolsan todo 

      3.- La dejada. Apartamento entero en Taranto, reservado con Booking, sin pago por adelantado y con la posibilidad de cancelar hasta las cinco de la tarde del mismo día. ¡En un principio, no suena nada mal!

         Cómo de costumbre y a la hora concertada, llamamos y no había nadie. Conseguimos contactar con la dueña oír WhatsApps, después de que su pareja, pasará olímpicamente de nosotros. Llegó tarde y no se excusó.

          Entramos en el mundo de las contradicciones. Apartamento extenso y biwn equipado, pero con carencia de mantenimiento -el colchón se hundía, las teles no funcionaban, el chivato de la luz saltaba enseguida y el desagüe de la lavadora era en el bidé -, la calefacción funciona a medias y la falta de higiene, en la cocina encontramos: un horno asqueroso y lleno de grasa, además de un bocadillo rancio de carne y patatas de hace varios días y un asado pegajoso, que orgulloso había cumplido por lo menos, su primera semana.

          Sin embargo, la dueña nos obsequió con un bono de desayuno en un bar cercano, compuesto por un supercorneto relleno de rebosante crema y un espumoso capuchino, que fueron los mejores y más grandes del viaje.

viernes, 20 de enero de 2023

Los alojamientos del viaje (parte I)

           Si en este viaje ha habido unos protagonistas claros - con el permiso de los bellos lugares visitados -, han sido los alojamientos. Y eso, que nos ha ido bastante mejor, que en Cerdeña, hace poco más de un año donde sufrimos mucho la incertidumbre del día a día y donde nos gastamos mucho más dinero, que por aquí.

      Ya he repetido hasta la saciedad, que en materia de hospedaje, las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos. Antes, podías viajar sin reserva previa y en todos los sitios te atendía alguien. Hoy, con fecha confirmada y - muchas veces - pagada de antemano y sin derecho de reembolso, tienes que rezar para que en el lugar elegido haya alguien para atenderte - o un sistema de autochek - in automatizado - y no tengas, que molestarte mandando correos electrónicos y whatsapps, para que te expliquen , cuando tienen a bien, ofrecerte el ingreso a tu ansiada habitación, después de un duro día de viaje.  Suerte tienes, si además, no tienes que llamar por teléfono y pagarla en tu factura telefónica.Y eso, que previamente, te han molestado varias veces y por diversos canales comunicacionales, solicitándote la hora de llegada, cosa impensable hace tan solo una década.

          Yo, no me acostumbro y me cabreo, casi diariamente y eso que se y asumo, que esto ha venido para quedarse. De todas formas no todo es malo. Si algunos hoteles no hubieran reducido personal y no hubieran surgido los alojamientos turísticos proporcionados por particulares -mucho más baratos y bastantes veces, mejores- nosotros hoy en día, probablemente no podríamos estar viajando tan alegremente por España y por Europa.

          En los próximos dos post os vamos a contar nuestras experiencias alojeras, entre las que se mezclan unos sinvergüenzas amables y serviciales, un check in a lo cutre del sur de Italia, otro automático con ratón en la habitación incluido, un apartamento grasiento y gélido con el mejor desayuno del viaje y uno más de cien metros cuadrados para los dos solos en el centro de Lecce. Pero y en esta misma ciudad -donde no repetimos alojamiento en tres noches-, pernoctamos en otro, donde eran aún más descarados con los intentos de estafarte, que los inmisericordes de la primera alcoba reseñada, en la que moramos, en Bari.

jueves, 19 de enero de 2023

Lecce, Gallipoli y Otranto

           Lecce era una de las visitas más deseadas desde hace mucho tiempo. Y suele ocurrir muchas veces, ante tan altas expectativas, que después llega la decepción. Afortunadamente, no ha sido el caso.

        La vida en esta ciudad gira en torno a sus tres emblemáticas plazas. En la zona nueva, la funcional Mazzini y en la vieja, las espectaculares Orozno y la del Duomo. La primera de estas dos últimas, más grande, mezcla iglesias, ruinas, una alta columna conmemorativa y la agradable decoración navideña. La segunda es más armoniosa y está compuesta, fundamentalmente, por edificios religiosos y en esta época, por un enorme belén.

          No os imagináis a Lecce, como una ciudad medieval, al estilo de Taranto. Aunque sus calles son preciosas, están bien trazadas y son anchas, desembocando en plazas o espectaculares puertas. Iglesias hay para aburrir, aunque todas son iguales, representando a un barroco , que no es el estilo, que a nosotros más nos emociona.

          El centro histórico de Gallipolli esta bien insertado en una ventosa península Aquí las calles si son estrechas y serpenteantes ,-además de mucho menos transitadas-, pero no antiguas, ni de piedra, sino con casas pintadas. Resalta su castillo, sus iglesias, -catedral tapada y en obras, como  en Taranto -, y algún hipogeo -tuneles subterráneos utilizados en el pasado -, en la actualidad convertidos en almazaras de aceite de oliva 

          Gallipolli es el paraíso de las pulperías e incluso, te cocinan el cefalópodo a la galiciana, como ellos dicen. El delicioso olor es más reclamo para el estómago, que cualquier pesado apostado en la puerta del local, tratándote de colocar su propio cocedero.

          Otranto cuenta con una cuarta parte de habitantes, en relación a Gallipoli, aunque es algo más turístico, cuando las hordas del fin de semana mañanero invaden su coqueto, aunque pequeño casco histórico. El paseo marítimo y la playa son mucho mejores, que los de la localidad anterior y en pleno enero, hay gente sentada sobre la arena o los bancos, comiendo un bocadillo o tomando, tranquilamente, cerveza. Da pereza, acercarse hasta Otranto, desde Lecce, porque para 50 kilómetros, hay que llevar a cabo un muy ajustado cambio de tren. Pero a pesar de ello, ha merecido la pena.

miércoles, 18 de enero de 2023

Italia del sur se parece poco a Europa

           Llevamos una semana de viaje y a pesar de que en el tacón de la bota italiana -Puglia- se habla más español, que en ningún otro sitio, -tal vez, por la larga dominación patria en este área en el pasado y de que muchos monumentos se refieran a nombres de la corona de Aragón o a reyes ibéricos -, nos estamos empezando a cansar de la vida cotidiana de esta zona sureña, aunque no de lo que vemos.

          Y es, que Italia del sur en general y Puglia en particular, se parece más a África, que al norte de este mismo país o al resto de Europa. En los transportes públicos, el niño va con el jueguecito o el vídeo de Youtube a todo volumen, mientras su madre habla a gritos por el móvil. En las calles, el caos gobierna en las zonas peatonales y en las de circulación. ¿ Y donde es peor? En las dos. En las primeras -algo impensable en el norte desde hace veinte años- las bicicletas, motos y patinetes son los reyes del mambo y no hay quien les tosa. En las segundas, cuando los hay, porque la mayoría de las veces están medio borrados, nadie respeta los pasos de cebra. Ni te ceden el paso -circulando a gran velocidad - y además, te bloquean, aparcando sobre ellos.

          Nadie puede negar, que aquí la gente es amable, pero tampoco, que se muestra agresiva en su día a día, como mecanismo puro de supervivencia. Si quitas sitios muy puntuales -como el centro de Lecce y con tu sudor lo pagas, porque abonas cada noche 2,50 euros de impuesto municipal por persona -, la basura te rodea por todas partes y la Italia profunda, austera, cutre y difusa, te puede sorprender a la vuelta de cualquier esquina.

          La última desfachatez y falta de respeto ha sido, que las instituciones correspondientes locales o regionales - a saber-, se han cargado todas las oficinas de turismo de los principales centros de visita, dejando sus edificios abandonados, sin inmutarse.

          En Puglia, es imposible llevar a cabo 50 kilómetros de tránsito en vehículos colectivos, sin tener que hacer uno o varios cambios.

          Ya os hablaré -largo y tendido- de la picaresca en los alojamientos sureños, que desprecia de igual manera a la poderosa Booking, que a sus propios clientes.

          Pero ahora vamos a un  caso práctico, que nos ha ocurrido esta tarde, una vez había anochecido, en Gallipoli. No hay nadie por la vía pública y trato de hacer una foto de una callejuela del casco histórico. De repente, aparecen unos empleados de un restaurante sacudiendo y doblando y desdoblado un enorme mantel, como si estuviéramos en un pueblo del interior español de hace cincuenta años.

          Le hago un comentario a mi pareja y uno de ellos, que habla nuestra lengua, se ofende y grita airado varias veces, sobre que problema hay. Callamos y seguimos avanzando, porque ni siquiera lo habría entendido y se habría puesto más violento. Pero los problemas si los hay y son tres:

          1. Nadie se estaba dirigiendo a él

          2. Mostró muy mala educación, porque nosotros estábamos antes.

          3. No sé en Italia, pero en España, está prohibido sacudir en la calle.

martes, 17 de enero de 2023

Benevento, Bari, Alberobello y Taranto

           Dos temores nos invadieron antes de comenzar este trepidante viaje. La dificultad para encontrar alojamiento y su alto precio una vez dejadas atrás las grandes ciudades de Campania y Puglia y los constantes cambios de transporte público para distancias minúsculas (a veces, un par de ellos, para 50 kilómetros). Después de cinco días de viaje -casi la mitad -, lo que hemos constatado es que de momento, lo primero está muy controlado, pero lo segundo, ha excedido incluso nuestras previsiones, para mal.

          Después de Nápoles, regresamos a Benevento, donde ya habíamos estado en 2010, aunque no nos acordábamos de nada más, de que todo lo monumental estaba en una misma calle. Lo confirmamos un situ y disfrutamos de su decoración navideña y de sus gentes enfervorecidas -como casi siempre, en el sur -, jurandonos no volver a olvidarnos de este lugar.

          Nuestro reencuentro con Bari fue magnífico y disfrutamos de su notable casco histórico, de noche y de día. Lastima -eso en el norte no ocurre, desde hace casi dos décadas -, que patinetes, bicicletas y motos, conducidos por gilipollas consentidos y maleducados, agrien la visita a cualquiera. El núcleo principal gira en torno al corto itinerario que discurre entre la basílica de San Nicolás, la catedral y el castillo.

          Alberobello nos llevó poco más de una hora. Un .mirador, un par de iglesias discretas y un entramado de bellísimas casas con dos conos y una chimenea por tejado, pero todas iguales. Nos agobiaron las hordas turísticas de enero, así que no podemos imaginar, como serán las de agosto. Algún día no muy lejano, escribiré un post sobre esta gente. Pero, sus características básicas radican en que son personas mayores de sesenta y de ciertos posibles económicos, que recorren sitios pequeños para no cansarse y que están dispuestas a dejarse un buen dinero en restaurantes y tiendas 

          Taranto, nos devolvió a la tranquilidad debido, a un buen apartamento -aunque algo extraño- para alojarnos y a su bonito, aunque muy decadente casco histórico. Andan en ello, para rehabilitar lo -incluida la propia catedral- pero la cosa va lenta y perezosa, a la espera de un mirlo blanco, que se haga cargo de todo esto. Esta ciudad contó en su época con una activa urbe subterránea de vida paralela, que en buena parte, hoy se puede visitar. Su castillo es hoy en día una base militar que se puede visitar de forma gratuita pero guiada.

domingo, 15 de enero de 2023

Día de Año Nuevo en Nápoles

           Y vimos, nuestro gozo en un pozo. Porque pensamos: " como nos llevan a Nápoles, nos dejarán en el centro y nos ahorraremos el robo de los cinco euros para cuatro kilómetros del transporte del aeropuerto". Pero no. Nos desalojaron ante las puertas de llegadas, sin más opciones. Cuando pusimos nuestros pies en la estación de trenes de Puerta Garibaldi estaba amaneciendo el día de Año Nuevo.

          Los severos rescoldos de la Nochevieja, tanto en el casco histórico, como en el paseo marítimo de la ciudad eran evidentes hasta para el más despistado o el más ciego. Toneladas de basura, entre las que resultaba difícil moverse, pero también, muchos productos, que serían perfectamente aprovechables, como botellas de champán casi enteras, pizzas a medias todavía templadas, botes de aceitunas machacadas recién abiertas, panetones rebosantes de chocolate frutas, snacks... Los bares, ya cerrados, aunque desprendiendo aún olores bodegueros, mantenían encendidas sus luces exteriores navideñas.

          Si algunas cosas recordábamos de nuestras dos visitas anteriores, a Nápoles, eran la mencionada y omnipresente basura; los vibrantes y coloridos puestos callejeros de los inmigrantes -comida y complementos, fundamentalmente -, hoy casi inexistentes, aunque si han montado a medio gas uno de los mercadillos y los altares por todas partes, también desaparecidos en combate. Tal vez, porque los santos no debían ver de ninguna de las maneras, todos los desmanes y excesos cometidos en la última noche del año.

          Pero, no todo ha sido Sodoma y Gomorra en esta madrugada infernal. Porque con el sol y el calorcito mañanero, el paseo de la bahía se llena de gente bien despierta y de runners, que contemplan, como los barrenderos llevan a cabo su trabajo, con más tedio, que efectividad.

          En nuestro regreso a la estación, para tomar el tren a Caserta se hace el milagro y no es precisamente, obra del afamado San Genaro. Aparece un supermercado, de nombre Dodecá, que ha abierto a las 7 de la mañana y así continúa hasta las diez de la noche. Algo impensable, en la Italia de hace tan solo unos pocos años.

          Como hoy en la capital de Campania los hoteles son caros, nos vamos a dormir, a Benevento, tras un cambio, en la mencionada Caserta. Los trenes regionales van llenos, aún siendo festivo.

          Nos estamos dando cuenta a estas horas, que estás han sido las navidades menos navidades de nuestras vidas, desde que pasamos las de 2010, en Botswana, Sudáfrica y Zimbabue.

viernes, 13 de enero de 2023

La solución Ryanair para nuestra imprevisible Nochevieja

           Por motivos logísticos y de aprovechamiento del viaje, no nos quedó otra, que contratar nuestro vuelo, a Nápoles, para el día de Nochevieja y encima, estaba programado a última hora de la tarde. La contrariedad no era no poder acudir a la típica cena de fin de año con los allegados, porque mi pareja ya no tiene familia y yo, como si no la tuviera, sino, cómo pasar la noche de fin de año en circunstancias algo hostiles.

          Sabíamos de antemano, que el aeropuerto de la capital de Campania, cierra desde las 22:30 hasta las 4 de la madrugada. Nosotros llegaríamos a las 22:55 y trataríamos de pasar las horas nocturnas sin abandonar la zona de tránsito. Salir fuera -si o si-, significaba enfrentarse al frío y buscar taxi y hotel a esas horas y ese día parecía una quimera .

          La vida tiene esas cosas. Fue, finalmente, la propia Ryanair, la que se ocupó  de darnos una solución a este problema, aunque con suspense, cabreo, paciencia infinita y algo de suerte , que nunca está de más.

          Tras ponernos en marcha y ya en Barajas, pasamos con normalidad - por primera vez en un año, no nos abrieron el equipaje - los controles de seguridad, aunque mi pareja no se libró de su rutinaria visita al control de explosivos. Partimos puntuales y sin incidencias. Me duermo y no me entero, ni del despegue.

          Ryanair, como siempre, nos ha sentado separados, esta vez, con quince filas de por medio, a pesar de que solo volamos 90 personas. Cuando me despierta la megafonía, allá por las once y cuarto de la noche, la tripulación está informando, de que no es posible aterrizar en Nápoles y nos desvíos, a Roma Fiumicino. Hablan de los omnipresentes fuegos artificiales, que pondrían en juego nuestra seguridad, aunque el SMS, que me envía la compañía, hace referencia a la niebla, como factor principal del cambio. Cuenta algún pasajero, que las llamaradas pirotécnicas se veían desde la ventanilla. ¿Con niebla?0me pregunto yo.

          A las 23:55 aterrizamos. Una gilipollas de mediana edad, comienza a cantar la cuenta atrás del nuevo año, mientras una madre desesperada grita, pidiendo una solución para ella y su bebé. La sangre no llega al río.

          Consigo desembarcar y acceder  a la pista, pero solo nos dejan bajar del aparato por turnos y mi pareja se queda arriba con el teléfono apagado, porque ella es un cielo, pero también, un desastre en general.

          Una señora con traje fosforito me dice de muy malas maneras, que debo subir a un autobús, hacia la terminal, porque allí no puedo estar. Como me niego rotundamente a irme solo, me dice, que vuelva a subir al avión, pero tampoco me permiten acceder. Al preguntar por ella, angustiado a un miembro de la tripulación, me indica con sorna y sin ni siquiera mirarme: " no te preocupes, que ella ya aparecerá".

          Por fin y tras un buen rato de incertidumbre, terminamos todos los pasajeros en el edificio de la terminal, esperando la solución, que nos han prometido por email. Nos avisan , de que como no cabemos todos en el autobús único, que existe a estas horas, van a priorizar a familias con niños, personas con discapacidad y las que tengan acompañante.

          Después de otra media hora, nos hacen  recorrer el largo camino exterior, que une las puertas de salidas con la terminal de buses del aeropuerto. El mismo, que tantas veces transitamos hace menos de tres meses, cuando perdimos las fotos y la cámara, en el viaje de septiembre, de vuelta de los Balcanes.

          Con diversos argumentos, conseguimos ocupar las dos últimas plazas en el bus a Nápoles, después de que hagan bajar a dos colombianos, que tienen menos argumentos, que nosotros, para permanecer a bordo. A las  5:10 estamos en nuestro destino, dormidos, cenados - por cuenta propia- y calentitos.

          De nuestros tres últimos vuelos, dos han terminado con serios incidentes. Esperemos romper esta inquietante racha

jueves, 12 de enero de 2023

Navidades en Madrid

           Nochevieja, hemos pasado unas cuantas en la capital. Pero, a pesar de haber vivido casi dos décadas en Madrid, nunca habíamos estado en Navidades y en esta ocasión, hemos aprovechado a tope estas fechas, con una climatología perfecta, sin lluvia, con un sol radiante y con una inclinación más orientada a la manga corta, que al abrigo.

          Las colas son tremendas, por lo que hasta ahora, nos había dado mucha pereza visitar el belén de la comunidad de Madrid, al que se accede por la calle de El Correo. Aprovechamos el mediodía de Nochebuena, cuando la gente estaba a otras cosas, para recorrer este magnifico y detallista escenario, que reproduce a pies juntillas todas las escenas navideñas de la biblia.

          Justo al lado, y con menos concurrencia -aunque, si infantil -, disfrutamos del Bosque de los Deseos. Se trata de una sencilla estancia, donde han colocado varios árboles de Navidad y se da la oportunidad a los ciudadanos -fundamentalmente, a los más pequeños -, de expresar sus anhelos para el futuro año.

          Hay mensajes, que están con lo imposible: " Quiero conocer ya, a Elsa, de Frozen" o "Ganaremos el mundial de fútbol". Directos y pragmáticos: "Deseo una hamburguesa con queso, aguacate y cebolla caramelizada" o " Ojalá lluevan chuches y chocolate con leche". De buenos propósitos colectivos y sin interés personal explícito, persiguiendo la paz mundial, los buenos augurios generales o el fin de la guerra, en Ucrania. Y están, los que más chirrían y que dicen mucho y bien claro de sus intolerantes y repelentes emisores - entroncados en la maldita polarización actual -, que ponen de vuelta y media, a Pedro Sánchez o a Isabel Díaz Ayuso.

          Esa misma tarde, nos dejamos caer por Cortilandia del Corte Inglés, donde disfrutamos de un espectáculo visual y musical muy bien hecho, sobre cómo despertar a la Navidad. Hay, que reconocer, que toca las fibras sensibles.

          Nos alojamos en el céntrico hostal Alonso, en la calle Espoz y Mina. Rezuma aromas antiguos, aunque las habitaciones son correctas y la dueña, muy amable y atenta.

          Tras ducharnos y descansar, sobre las diez de la noche, nos dimos una vuelta por el centro, que estaba más concurrido de lo esperado. Ajenos a las opíparas cenas familiares, muchas personas transitaban sin rumbo determinado, mientras otras, hacían larga cola para comer una hamburguesa o un kebab, en los numerosos negocios, que permanecían abiertos. En Madrid, el crisol del cosmopolitismo gana de largo a las tradiciones de la Navidad. Incluso y con bastante público, disfrutamos de un animado y trabajado espectáculo callejero en plena Puerta del Sol.

          La mañana de Navidad, nos fuimos andando hasta el Parque del Manzanares, donde los paseos resultan muy agradables, destacando en su interior la Atalaya, la cascada y el lago, todos ellos cerca de la Caja Mágica. Mucha gente había trazado el mismo plan, que nosotros.

          Después y a la hora del mediodía regresamos al centro y comprobamos, que casi todo estaba abierto, menos los grandes negocios. La mayoría de los restaurantes estaban rebosantes de clientela y no precisamente, ofreciendo comidas navideñas. Transitamos por la Cava Baja, la plaza del Humilladero y el resto del Madrid de los Austria, entre sudores y pura cotidianidad. No hay un día de Navidad, que nos haya parecido menos Navidad que este.

          Nos alojamos en el Arc House, ubicado en la calle de la Victoria. El lugar , daría para escribir un post y no , precisamente, muy agradable, pero lo resumo en un par de líneas. Habitaciones perfectas con baños impecables, abrasadora calefacción y mensajes desagradables, agresivos, machistas y poco graciosos -aunque sea su pretensión -, por todas partes.

          Pero, por encima de esta sarta de mediocridades, todavía hay algo, que nos indigna más y se trat además, de una guerra perdida: los hoteles te persiguen por todos los canales posibles, para que les digas la hora de llegada -no tengo ninguna obligación, pero, a tragar- y cada vez más, recortan la hora de entrada y la de salida.

          El día 26 de diciembre nos marchamos a Getafe, donde en el recinto ferial, no demasiado lejos del centro, han montado un parque temático con atracciones de feria, motivos de la época de adviento y diversos puestos de comida, que resultó estar rebosante de buen ambiente.

          A pesar de ser festivo, al retornar al centro de Madrid, el colapso era total, tanto en el tráfico rodado, como en el tránsito de personas. La Gran Vía y la calle de Alcalá, cada vez, se van pareciendo más a la Quinta Avenida, de Nueva York y no para bien.

          Pudimos comprobar con desánimo, que centenares de personas hacían colas de una hora, en bares de la plaza Mayor y alrededores, para conseguir un miserable bocadillo de calamares -que no son tales, sino cefalópodos más modestos -, a cuatro euros y para comerlo en plena calle. Menos mal que hacía 18 grados.

          Nos despistamos y se nos olvidó visitar la exposición sobre San Isidro, que se exponía en esa misma emblemática plaza. El plan ya no se podrá cumplir, porque termina el día 29 y nosotros no volveremos, a Madrid, hasta Nochevieja, camino de Nápoles.


miércoles, 11 de enero de 2023

Los hechos recurrentes de los viajes recurrentes

           Pues sí. Los viajes recurrentes de este último cuatrimestre del año están formados por situaciones, que inexorablemente, tienden a repetirse, una y otra vez.

          - Los imposibles precios de los alojamientos los fines de semana, especialmente, los sábados. Y no hablo solo de Madrid capital, sino de toda la comunidad autónoma. En el primero de los casos, es casi imposible encontrar una habitación doble -las literas de hostel son algo menos caras- por menos de 80-100 euros. En el segundo, no las hay casi nunca, por menos de cuarenta y muchas veces, están a cincuenta o sesenta kilómetros del núcleo central capitalino y no comunicadas por el servicio de cercanías.

          - Yo he vivido casi dos décadas, en Madrid, entre los ochenta y los noventa y no recuerdo ni de lejos, las multitudes, que se desplazan hoy en día, por la zona centro. No es cuestión de las Navidades -que también -, sino que lo llevamos contemplando cada fin de semana desde el pasado verano. ¿A dónde van?. Ni idea, pero lo más probable es, que a alguna cola.

          - Y es, que Madrid es, la capital mundial de las colas. Me río yo del Moscú o de la Varsovia de los años ochenta. En un relajado paseo, te puedes encontrar veinte o treinta de ellas. Da igual, para qué: para recibir un pequeño regalo de promoción del último estreno cinematográfico, para comer paella en un mercado, para comprar helados o tomar chocolate, para hacerse un escaneo de la mano en el museo de la Fundación Telefónica, para pedir un cóctel, para una tienda de ropa...

          - Los madrileños y asimilados son especialistas en andar de prisa -para ello, no dudan en llevarte por delante, sin miramientos - y cruzar en rojo, dando igual la anchura de la calle o la densidad del tráfico. Da lo mismo, que vayan a llevar a cabo una gestión urgente o que estén de puro paseo. Supongo, que los veinte años, en los que viví allí, yo actuaba de la misma manera, pero no soy consciente de ello.

          - Los vigilantes de las mascarillas en los trenes de cercanías. Si tienes algún problema serio de seguridad o de integridad física, nunca los encontrarás. Pero, ¡Ay amigo, como lleves bajada o no portes en tu  cara la maldita mascarilla!.

          - Las tiendas de turrones. De un tiempo a esta parte y no de modo estacional, se han puesto muy de moda en el centro de la capital. Nosotros tenemos controladas más de una decena y a todas las horas del día ofrecen degustaciones de variados tipos de este dulce. Gracias a ellas, nosotros endulzamos nuestras vidas cada fin de semana. Hay, que decir, que los trozos son bastante generosos y que no dan mucho la lata, para que compres.

          - La falta de cervezas, durante el sábado y el domingo, en los supermercados, que funcionan las veinticuatro horas del día. Ocurre en los Carrefour, ubicados en las plazas de Tirso de Molina y de Lavapiés y especialmente, afecta a las de cristal de litro 

          - Los revisores del último media distancia de los domingos, entre Príncipe Pío y Valladolid. O, más bien, que nunca los haya y no te convaliden el billete, por lo que si no lo haces antes en los tornos correspondientes, tu viaje no consta y podrías perder el bono frecuente y la fianza.

          - Las reservas fantasmas. Aunque parezca mentira, hay 75000 hijos de puta en España, que han adquirido el bono, solamente, para fastidiar a los demás. Reservan plazas para completar los trenes y después no viajan. Y así, semana, tras semana, con total impunidad hasta hace bien poco.

          - La RENFE o el aeropuerto de Barajas se pasan el día machacándonos con repetitivos mensajes por la megafonía. Pero, ya no solo es eso, sino que muchos de ellos están mal construidos, gramaticalmente. Es el caso de "un tren puede ocultar otro" - es, a otro - o "recuerda que tienes que estar a tu hora en la puerta de embarque para embarcar tu vuelo " -es, para embarcar en tu vuelo-.

          - Los sitios recurrentes y gratuitos para hacer tus necesidades en el centro de Madrid. El centro comercial de la estación de Principe Pío, la Casa Encendida, Caixa Forum, el FNAC, la Fundación Telefónica, las galerías Canalejas...

martes, 3 de enero de 2023