Además de Trump, Netanyahu, la caída irremediable del viejo y más cómodo orden mundial, el fascismo, el insoportable precio de la vivienda, la inflación, el turismo de masas...y toda esa sucesión de cosas, que últimamente hacen realmente insoportables y peligrosas nuestras vidas, dos son los elementos, que casi imperceptiblemente, están atacando y socavando nuestra libertad y nuestra democracia: la policía y los muy desagradables vigilantes de seguridad, que campan a sus anchas por los derechos fundamentales e individuales de las personas.
De la policía se ha hablado bastante en diversos artículos de este blog. Esa querencia natural, que tienen los agentes de acojonarse contra los peligros reales y de ir a chulear y molestar a los débiles. No los verás nunca, cuando se está cometiendo un delito flagrante y contra la seguridad, pero hallarás cuatro furgonas y decenas de tipos arrogantes y maleducados, en una pacífica manifestación de mayores, quejándose por la precariedad de sus pensiones o con un par de parejas sentadas tranquilamente haciendo botellón en un parque. ¡Entonces, si se vienen arriba!.
Para ser madero o segurata en este país -no se en otros-, se premia al necio, al macarra, al chuloputas de barrio, al matón de la clase, al ignorante, al extremista. ¡De donde habrán sacado a los psicólogos, que controlan las capacidades -y sobre todo, las evidentes taras y psicopatías- de estos cancerígenos gremios, que horadan y enferman nuestra sociedad en tiempos difíciles.
Todos -o casi- conocemos a alguien, que nos escandaliza y del que pensamos: ¡como este tip@, ha podido llegar a ser policía, con sus antecedentes mentales!.
Dicho sea de paso , que nosotros nunca hemos sido denunciados o multados por la policía en nuestras largas vidas. Pero encontronazos y humillaciones si hemos padecido unos cuantos y más, porque no solemos callarnos, ni ser sumisos y preguntamos, siempre que nos molestan, donde está su extraña agudeza visual para ver los indicios de un delito.
La verdad es, que habiendo sido víctimas de muchos atropellos por ellos, no nos lo tomamos demasiado en plan personal. Se trata de personas, que cuanto más desamparado te vean -y en eso sí son expertos-, más te machacan y más te vejan.
Pero al menos, los polis tienen estudios y han debido pasar algunas pruebas de capacitación, para nosotros, realmente dudosas e insuficientes.
Es verdad, que nosotros tampoco somos unos ciudadanos convencionales y nos mostramos casi siempre bastante echados para adelante -aunque respetuosos, defendemos firmemente nuestros derechos-, lo que suele conllevar más inquietud e incomodidades en general y en la vida.
Pues eso, que nosotros no somos humanos al uso: viajamos casi constantemente y pasamos demasiado tiempo en la calle, lo que te expone aún más a sus detestables focos. Además, solemos beber cerveza en la vía pública o teñirnos el pelo de colores raros. En la pandemia evitábamos ponernos la mascarilla -la norma más estúpida, que hemos debido soportar- y -aunque los asumimos-, no estamos demasiado de acuerdo con los convencionalismos sociales y esa necesidad casi enfermiza de aprobación, que necesitan la mayor parte de las personas. Evidentemente, todo esto facilidades y paz no te dan.
Lo de la policía es un mundo, pero normalmente, puedes razonar con ellos. Lo del poli bueno y el poli malo en parejita no es para nada un mito, porque a nosotros nos han tocado unos cuantos. Además y salvo excepciones -que también las hemos tenido -, suelen parar y dejarte tranquilo, cuando comprueban -ademas de la actividad de tu DNI-, que no tienen demasiado donde rascar.
Lo de los vigilantes de seguridad es otra cosa, que abordamos en la segunda parte de este artículo, ademas con dos concretos y clarificadores ejemplos, que nos han acaecido este mismo fin de semana en Madrid.
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