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miércoles, 8 de abril de 2026

Objetivo Castro Urdiales

           El viaje de Semana Santa ha sido glorioso y nos ha resucitado de la abulia de los dos últimos meses. Pero por momentos se transformó en diabólico, viendo de cerca el infierno, tras pasar por el purgatorio. Parece un chiste malo o un simple juego de palabras, pero nuestra realidad se ha ajustado bastante a lo descrito en este trepidante periodo de pasión.

          Nunca pensamos, que fueramos a recorrer más de 2250 kilómetros, doce provincias o seis comunidades autónomas. O que tres de las cuatro noches no tendríamos hotel. Pero nosotros nunca nos rendimos ante la adversidad, las sorpresas negativas o la especulación y avidez de los sirvenguenzas del sector turístico (propietarios de alojamientos y hosteleros). Todo el mundo debería hacer lo mismo.

          La idea inicial pasaba por viajar el miércoles a Santander. Pasar jueves, viernes y la mitad del sábado en Castro Urdiales -haciendo rutas- y la tarde en Bilbao, viajando de noche a Gijón donde finalizaríamos el periplo el domingo.

          La cosa no empezó demasiado mal y tomamos el bus previsto a la capital cántabra, donde llegamos de noche y paseamos  desde las estaciones a la playa del Sardinero (jugaban el Racing y el Sporting).

          A las dos de la mañana tomamos un bus a Bilbao y dormimos en él. Lo hay directo a Castro, pero no lo cubre el bono único por ser un tramo, dentro de la misma región. En la Intermodal bilbaína seguimos roncando nuestras miserias.

          Sobre las nueve de la mañana nos subimos a un vehículo de IRB, rumbo a Castro Urdiales. Lo cubre el bono, porque aunque son solo 34 kilómetros es trayecto interregional.

          La noche anterior había llovido y lo haría a intervalos, durante todo el jueves y parte del viernes, haciendo algo de frío y desagradable aire. El abrigo, el gorro y la bufanda, lamentablemente, no sobraban.

          Nos bajamos en la última parada, junto a la fea plaza de toros y no nos costó demasiado esfuerzo llegar hasta la maravillosa playa de Ostende, de gran oleaje -a pesar de la baja mar- y aguas verdosas, que ni el intenso nublado podía teñir de otro color.

          Tomamos un embarrado sendero hasta la Punta de la Pepina, contemplando diversos acantilados, los restos de un cargadero minero y desde la lejanía, los diferentes monumentos del pueblo.

          Regresamos por el mismo camino y recorrimos el arenal entero hasta el casco histórico, donde destacan la iglesia, el castillo -gratuito-, el faro, la ermita y algunas agradables calles peatonales dignas de ser paseadas y de zambullirse en los pinchos y potes de sus bares.

          Nos llevamos una muy agradable sorpresa al saber -no teníamos ni idea-, de que al día siguiente se iba a celebrar una tradicional Pasión Viviente, durante varias horas, evento muy trascendental y concurrido. Se estaban ultimando todos los preparativos a buen ritmo.

          En el interior del castillo habían montado todas las estaciones de la crucifixión de Jesús con play móvil, de forma muy original e imaginativa.

          La tarde la pasamos paseando por la playa de Brazamar -al otro lado -, llegando hasta una punta muy alejada, en el parque de Cotolino.

          El alojamiento en Castro rondaba los 100€, por habitaciones con baño compartido, que no íbamos a pagar.

          Dividimos la noche en tres: en la Intermodal de Bilbao, en un bus sin cargo a Santander y en la terminal cántabra. Dormimos en todos los sitios.

          A las siete de la mañana, nuevo bus a Castro.

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