Ha sido una Semana Santa distinta, extraña, estresante en general -aunque finalmente placentera-, en la que el poco guión, que teníamos para desarrollarla ha saltado por los aires. La cuestión es, que no hemos vuelto ni contentos ni cabreados, sino básicamente, reflexivos y con más preguntas, que respuestas, con más enigmas, que soluciones.
Me resulta difícil escribir este artículo, sin que a estas alturas, ya lo hayáis dejado de leer, por excesivamente metafísico y hasta pedante.
Pero, es que en este día posterior al fin del viaje se mezclan demasiadas emociones sobre temas tan diferentes, que me está costando llevar a cabo una mezcla digna, comprensible, edificante y clara: lo que nos ha pasado, lo que ocurre en general, lo que está por venir -generalmente, malo-, lo que ya no tiene remedio, las nuevas oportunidades -que también las hay -...
En fin. Voy a ver, si soy capaz de ir desbrozando y poniendo orden a sucesos, sentimientos y emociones.
Podríamos partir de una pregunta muy directa y contundente: ¿Merece la pena hacer un viaje semana santero de cuatro o cinco días con las circunstancias, condiciones y exigencias actuales?. La respuesta es abrupta, aunque cristalina: no y de casi ninguna de las formas posibles y trataré de explicarlo a mí manera, desordenadamente, pero que no traiciona mi lógica mental. ¡Dadme tiempo y espacio!.
En el mundo actual existen muchos problemas -evidentemente-, pero dos de ellos, nos afectan de una manera muy cotidiana a casi todos y además -por mucho que nos cabreen-, no tienen ningún remedio a corto o medio plazo: la imposibilidad de conseguir una solución de vivienda digna sin arruinarse -afortunadamente, este no es nuestro caso- y la cada vez más imposible manera de disfrutar de un ocio vacacional, sin altos costes psicológicos y económicos, debido a la masificación turística y a los cada vez más elevados costes, que encima, muchos acaban considerando normales, por dejadez o por presumir, de que pueden permitírselo.
España está muriendo de éxito con más de cien millones de viajeros/ turistas/visitantes anuales, a los que se atiende cada vez peor y de los que solo se busca su dinero. Pero no únicamente tienen la culpa los sanguinarios, impíos y nada empáticos gestores del sector turístico, que cada vez dan menos por más y con exiguas y malhumoradas explicaciones, sino todos nosotros, que cada vez, les dejamos más margen de acción y peleamos muy poco.
La gente ya considera normal, que ahora ya solo pueda salir cuatro días, cuando antes disfrutaba de diez; pagar 100 o 150€ por una pequeña habitación con un minúsculo baño compartido o gastarse cuarenta euros por chupar cáscaras en un restaurante a través de un poco elaborado arroz con bogavante (homarus gammarus).
No parece para nada normal, que una pareja sin hijos -por poner un minimo- haya aceptado con toda naturalidad, que cada día de disfrute de Semana Santa, puentes o verano les salga por 200€, solo entre alojamiento, comer fuera y las disparatadas entradas a los lugares a visitar.
Leíamos el otro día, que solo el 23% de los españoles se ha podido tomar unos días de viajecito esta Pascua. Y lo primero, que piensas es: ¡qué injusticia!, ¡pobrecito el resto!, ¡en que país más pobres vivimos!...
Pero la realidad y la pregunta es: ¿cómo iban a ser las cosas, si estando, como están, ese porcentaje subiera al, por ejemplo, 50%?. La respuesta es sencilla: doble precio, mitad de calidad y lo que hay en ambos aspectos, ya es ahora insufrible.
Pero nosotros seguimos haciendo la guerra por nuestra cuenta y no nos va mal, aunque con mucho estrés y volantazos constantes.
Y los demás, a tragarse el cuento: "todo es culpa de la guerra de Irán" (como lo fue de la ya olvidada de Ucrania).
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