Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.
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miércoles, 20 de marzo de 2019

Para mayo o junio, el noveno viaje largo

                      Todas las fotos de este post son del sudeste asiático, de nuestro viaje de 2.008

          Hoy, hace justo tres meses, que regresamos del octavo viaje largo. Este invierno, hemos estado a punto de realizar un viaje por el este de Estados Unidos y Canadá. Es un deseado periplo, que tenemos pendiente desde hace tiempo y los precios de los boletos aéreos han sido muy propicios, dado que, hemos encontrado billetes, a Nueva York, desde 185 euros ida y vuelta, con Air Canadá, hasta 230, con otras tres o cuatro aerolíneas. Finalmente y aunque ya teníamos hecha la ESTA estadounidense y la ETA de su vecino del norte, nos invadió la pereza. A ver, si el próximo invierno y si las condiciones son similares, nos animamos.

          De momento, nos apetece mucho más, volver a India y a nuestro querido sudeste asiático, en lo que podría ser el noveno viaje largo, con inicio a finales de mayo o a primeros de junio para una duración de tres o cuatro meses, con un itinerario parecido al que exponemos más adelante.

          Según nos convenga en su momento y dependiendo de los precios de los vuelos, volaremos, a Bangkok, Delhi, Shanghái, Beijing o Hong Kong, lo que determinará el orden de los países visitados, que serán los siguientes:

          -India: por un periodo de un mes y medio, pretendemos recorrer los estados del noreste del gigante asiático: Sikkim, Assam, Nagaland, Mizoram, Manipur, Tripura y Meghalaya. Hemos descartado, Arunachal Pradesh, por ser necesarios permisos especiales y tener, que realizar la visita en grupo organizado. Además, queda un poco a trasmano.

           -Vietnam: hace ya unos años, que este estado del sudeste asiático, no requiere visado para estancias inferiores, a quince días. Eso nos ha animado, a volver a lugares donde no estuvimos la vez anterior, como la bahía de Halong, Sapa y algunos otros puntos de interés del norte

           -Maldivas, que nos quedó pendiente del octavo viaje largo.

            - La gran estrella del viaje: Indonesia, de oeste, a este. Cómo, ya conocemos, Java, Bali y Lombok, empezaríamos en esta última isla para continuar por Sumbabwa, Komodo, Flores, Tumor Occidental y Oriental, Alor, Sulawesi, Molucas y Nueva Guinea.

          Este proyecto parece complicadisimo, porque no resulta fácil saber, los horarios y rutas de los ferries y los vuelos entre islas menores, de Indonesia, salen bastante caros. Estamos dudando, si usar el visado gratuito de un mes o ampliarlo a dos, pagando 35 dólares en el aeropuerto de nuestra llegada.

          -Papua Nueva Guinea, entrando por tierra, desde Jayapura, donde cumplementariamos el visado del país oceánico. Tampoco parece un plan sencillo, pero pretendemos asumir el reto, a pesar de la poca información existente.

          Sí se dieran las circunstancias adecuadas, no descartamos volver, a Australia (norte u oeste)

          Ya veremos, si tomamos como centro de operaciones, Bangkok o Kuala Lumpur. En Tailandia, después de muchos viajes, ya casi no nos quedan lugares interesantes por ver. Aunque, quien sabe...

viernes, 14 de noviembre de 2014

¿Séptimo viaje largo?... Posibilidades hay, pero lo vamos viendo

Cachemira (India)
          Como, siete eran y son los pecados capitales y nosotros los tenemos todos, no podía haber un sexto viaje largo, sin un séptimo y eso, que habíamos prometido no hacerlo. Y lo confieso y asumo: aún tenemos menos credibilidad, que el PP de estos tiempos -bueno y de todos-, porque juramos por activa y por pasiva, no volver a India, en muchos años. Y probablemente, estemos allí, de nuevo, en menos de tres meses, sólo medio año después, de haber dejado el país. ¡Por qué será, que cuando no estás en India, quieres estar en otra parte y cuando te alejas de India, sólo quieres volver!.

          El tercer viaje, a India, será muy distinto, que los dos anteriores, en los que abarcamos, casi la totalidad del país. Nos centraremos, fundamentalmente, en el norte -y algo del centro- y raramente, bajaríamos más abajo, de Hyderabad o Hampi. El no haber vuelto a visitar este sitio, en el segundo viaje, nos tiene con bastantes remordimientos.
                                                                                                                                           Sikkin (India)
          En un principio, visitaremos estados nuevos del norte, como Jammu y Cachemira, Assam, Sikkim y otros del mordeste y profundizaremos en otros, ya conocidos, pero en los que aún nos quedan muchas cosas por descubrir, como es el caso, de Himachal Pradesh.

          Naturalmente y al tratarse de un viaje largo, tendremos que buscar, añadir para añadir a este proyecto, otros países. Y a ese propósito, aún le queda mucho trabajo de campo. Descartamos Pakistán, que nos sigue pareciendo peligroso. Y ya así, las candidaturas son las de siempre. Por un lado, Kirguistán y Uzbekistán o Japón y Corea. Aunque, la visita al país nipón sería exprés, centrándonos, en Tokio, Kioto y los alrededores de ambos. La razón, que no queremos gastarnos, lo que cuesta el Japan Rail Pass.
Himachal Pradesh (India)
          También hay posibilidades, de retornar a Vietnam e incluso y si todo se confabula, hacer un Oceanía, también exprés, que sería la avanzadilla soñada, para un octavo viaje largo global, de más duración y que abarcara cuatro continentes (todos, menos, probablemente, África). Y ese, digo yo, ya metidos en los cincuenta, sería el último.

          Seguiremos informando.

domingo, 24 de febrero de 2013

Y al principio no nos gustaba

                                                          Todas las fotos de esta entrada, son de  Roma
        Corrían los primeros días de agosto, de 1.989. Realizábamos nuestro primer interrail -que no viaje al extranjero-. a través de Francia, Holanda, Alemania y norte de Italia. Nuestro objetivo final era, recorrer la costa Dálmata, pero al llegar a Trieste, acabamos desistiendo de este plan. El tren, que iba hasta Split, tardaba  más de 16 horas, era demasiado viejo e incómodo -tengo la certeza, de que con veinticuatro años más, hoy aguantamos mejor estas condiciones- y estaba abarrotado, con la gente arremolinada o tirada por los pasillos, dando gritos, como bestias.


Reconsideramos distintas opciones y finalmente, acabamos tomando un confortable expreso nocturno. hacia la Ciudad Eterna. Fue así, de esta forma tan abrupta e inesperada, como tuvimos nuestro primer contacto con Roma. Hoy en día y fuera de España, es la segunda ciudad, que más hemos visitado -en diez ocasiones-, después de la maravillosa Venecia (unas 15 veces).


Lo curioso es, que en esa primera cita. Roma apenas nos gustó. Salimos absolutamente, decepcionados y en esa ridícula disputa, de ¿cuál es más bonita? , nosotros abogamos claramente, por sobreponer, por amplio margen, a Florencia sobre la capital de Italia.

Roma nos pareció, sin más, una urbe llena de «escombros» arqueológicos -con la excepción del Coliseo-, de polución, escasamente limpia y con sus famosas plazas o el singular Trastevere, vacíos. Y para colmo, la Fontana di Trevi sin agua, en obras y medio tapada. 

Tan sólo nos sentimos aliviados, por el frescor del agua de las numerosas fuentes, por colarnos en los autobuses públicos y por los inigualables museos del Vaticano. Ni siquiera, la pizza nos pareció la mitad de lo que habíamos esperado. ¡Demasiada masa para un chorrin de tomate, un puñado de orégano y una mozarella, casi invisible!. ¡Y la cerveza inaccesible, para unos estudiantes con beca, de tercero de periodismo!.


Evidnetemente, de aquella imagen de Roma, hoy nos queda bien poco. Tal vez, el cansancio -era nuestro primer viaje al extranjero de un mes-, el asfixiante calor, algunas obras paradas. el estar casi todo cerrado y la ausencia por vacaciones de los lugareños, se convirtieron en un diabólico cóctel, que nos transformó la realidad. Por eso, siempre recomiendo no visitar Roma en agosto.


Habitualmente, nosotros usamos una forma bastante objetiva -sobre todo, en Europa-, de medir el encanto de las ciudades: lo que nos van ilusionando en las visitas posteriores, a la primera. Praga nos pareció bellísima, pero la cuarta vez, se nos tornó vulgar. Cracovia, París, Londres, Amsterdam, Dubrovnik o Estocolmo, solo aguantaron hasta la segunda. Estambul nos pareció incomparable, en !.994 y 1.997 y nos decepcionó altamente, en 2.008 y recientemente, en 2.012.


Después de diez visitas, aún hoy, Roma nos sigue pareciendo estaxiante y por eso -con el permiso de Venecia-, la calificaría como la ciudad con más encanto de Europa. Por lo tangible. Pero aún más, por lo intangible. Y después de estar en Vietnam, Kenia, India o Bolivia, por poner unos pocos ejemplos, nunca volveremos a decir, que el tráfico en la ciudad, es alocado y caótico.


Cuatro o cinco días es el mínimo, para descubrir esta increíble ciudad, durante la primera visita. Nuestras últimas, han sido por circunstancias diversas, mayoritariamente, de una sola jornada, en la que siempre y metódicamente, llevamos a cabo el mismo recorrido, caminando.

A saber. Partimos de la estación de trenes, de Termini y vemos las magníficas iglesias, que hay de camino al Coliseo. Contemplamos el Foro, sus alrededores y el Campidoglio. Desde la plaza de Venezia, enfilamos hacia el Trastevere, donde paseamos, tomamos unas cervezas y, a veces, almorzamos. De ahí, al Vaticano y al castello de San Pietro.


Por la tarde, es hora de explorar las inmediaciones de la vía del Corso, que une la plaza  de Venezia con la del Popolo: a la derecha, la Fontana di Trevi y la plaza de España. A la izquierda, el Panteon y la plaza Navona. Si aún sobra tiempo, nos acercamos hasta la villa Borghese.

A pesar de repetirlo varias veces, nos sigue resultando igual de excitante.

Casi siemrpe, es un buen momento para escaparse, a la Ciudad Eterna. Pero, el mes que viene, con el circo religioso, que se nos viene encima, la experiencia puede resultar aún más apasionante. 

viernes, 1 de febrero de 2013

Un mal día

                                                           Todas las fotos de este post son, de Ho Chi Minh
             No hacia ni media hora, que habíamos puesto los pies, en Ho Chi Minh. No habíamos aún, buscado alojamiento. Sentados en un banzo, preparábamos unos rápidos bocadillos de salchichas, que llevarnos a la boca, cuando una de ellas cayó al suelo. Sin tener tiempo para decidir, que hacer con ella, se nos acerca un sonriente joven, que de forma educada y afable, nos pide permiso para recogerla y llevársela a la boca.

Aún no conocíamos el país y de forma simplista, lo asociamos con las cosas del tercer mundo.  Pero, varios días después y al recordarlo, el suceso nos resultó extraño. Primero, porque los supermercados en Vietnam son numerosos, se hallan bien abastecidos y resultan baratos (lo que significa, que hay bastante demanda). Y fundamentalmente, porque creo que fue la única persona en quince días, que nos trató de forma adecuada, a lo largo del país.

Vietnam provoca sensaciones muy enfrentadas. Son muchos los momentos a lo largo del viaje –sobre todo, en las grandes ciudades-, en los que desearías largarte del país, al instante. Sin embargo y una vez lo has abandonada, te entran unas irrefrenables ganas de volver, que permanecen toda la vida.

Ho Chi Minh –antigua Saigon- no es una ciudad de grandes atractivos turísticos, aunque tiene su encanto. Sobre todo, en la zona de Pham Ngu Lao. Tiene algunas concomitancias con el Kaoshan, de Bangkok, aunque no es similar. En ella, se encuentran la mayoría de las agencias y hoteles para guiris, pero también, unas pocas cuadras de extraordinarias y estrechas callejuelas, llenas de agradables casas bajas, con un ambiente genuino y poderoso encanto.

Lo bueno de transitar por este entramado de arterias es, observar la cotidianidad. Los vietnamitas, ni se sienten intimidados, ni espiados, porque los turistas contemplen sus actividades diarias. Comen sentados en el suelo de la calle –ellas, con sus típicos pijamas- o sobre pequeñas banquetas y muestran sus viviendas sin cortinas y sin pudores. En la planta de arriba, las habitaciones. Y en la de abajo, el gran salón, donde hacen la vida familiar y ven la televisión, después de haberse descalzado, al ingresar en él.

El centro de Saigon es relativamente moderno y accesible. Lo primero, que llama la atención para el recién llegado, es que sus anchas avenidas parecen circuitos de motociclismo. Cuando cruzas y el semáforo está verde para el peatón, las motos se amontonan en varias filas, como si fuera una parrilla de salida y esperaran, que el juez, diera la salida.. Las aceras son relativamente respetadas. Y en condiciones normales, la vida es tranquila para el viajero, que puede elegir entre pasear, tomarse un pho –rica sopa local- o contratar una excursión a los túneles de Cu Chi o al delta del Mekong, en el país del sudeste asiático, en el que más fácil resulta moverse.

A medida, que te vas alejando de la zona de los guiris, la vida se vuelve mucho más salvaje y hostil, pudiendo llegar a ser, insoportable. Sobre todo y como fue nuestro caso, si tienes un mal día.

La jornada había empezado bien. Habíamos pasado la mañana, haciendo unas visitas y para comer, por menos de 1,5 euros, nos habíamos decidido por un buffet libre de arroz y pasta, excelente.

 Después de comer tres platos distintos de la primera, dos de la segunda, una ensalada y un postre, nos decidimos a ir, para bajar nuestras pesadas tripas, a unos alejados templos, ubicados en una zona ya más beligerante, donde debes saber sobrevivir, entre las motos y la descuidada o inexistente calzada. No es anormal, que alguien te atropelle y que ni siquiera se enoje, si como respuesta, le estampas una lata de cerveza en la cara. Cuanto antes te adaptes a la wild life vietnamita, antes haces el camino.

Sin aún haber logrado nuestro objetivo, empieza a llover, de forma, que nunca antes habíamos visto. Y la vida sobre el asfalto, se vuelve aún más temeraria. Personas, que desde las terrazas, de un quinto o un sexto piso, vacían el agua de sus mismas, tirando enormes cubos de ella, al vacío, sin importarles su destino; familias enteras, de cuatro o cinco personas, sobre una misma moto, tapados con un impermeable, como si se encontraran en el gusano loco; caídas, frenazos, derrapes…

Nosotros aguantamos el chaparrón, debajo del toldo de una zapatería, junto a una vendedora de arroz con verduras, hecho paquetitos y envueltos en una hoja de plátano. El plato no debe de estar muy allá, dado que apenas coloca ninguno y ella misma, para merendar, se compra otra cosa. El agua nos llega ya, por los tobillos y tras haber pasado tres horas y haber anochecido, no tiene intención de dejarlo.

Sobre las siete de la tarde, amaina algo y nos decidimos, a volver. La más razonable hubiera sido tomar un barato taxi, pero no. ¡A nosotros nos va la aventura! y comenzamos a caminar por calles sin luz, abruptas, encharcadas y hasta con árboles, que han sido doblegados por el monzón y obstruyen la carretera. Por los sitios cubiertos, no podemos caminar, porque están llenos de motos aparcadas (el ciclomotor en Vietnam es más importante, que las personas). Por las aceras, tampoco. Debemos ir por la calzada.

Al llegar a un cruce nos llenamos de estupor. Un joven y su motocicleta permanecen tirados por el suelo. Por lo que conseguimos constatar, se ha producido un accidente y el chaval, ya no volverá a circular por esta ciudad (ni por ninguna otra).

Al final y tras superar numerosos obstáculos y escenarios, volvemos al centro, que también esta anegado, debido a que la mayoría e las alcantarillas, se hallan atascadas. Nos detenemos junto a una de ellas y contemplamos asombrados, lo que están extrayendo de ella: una rueda de una moto, otra de bicicleta, un trozo de un aparato de televisión, ropa varia, amasijos de papel y de elementos irreconocibles…

Nunca, se me olvidará aquella tarde. Era nuestro segundo día en el país y prometimos, largarnos de él, a la jornada siguiente. Afortunadamente, no lo hicimos.

viernes, 10 de agosto de 2012

En Malasia para siempre, por culpa del banco

Llevamos casi cuatro horas, metidos en este ciber de Kuala Lumpur y durante medio minuto, se ha caído la conexión, debido a la tremenda tormenta vespertina, que inunda el exterior, hasta superar el agua, la altura de los bordillos y que repicotea en el techo del edificio, como si en vez de gotas, estuvieran cayendo naranjas.
                                                                                                Cuevas Batu (Malasia)
            Y no es que estemos aquí durante todo este tiempo, por ser adictos a la red o para guarecernos del agua. El problema  nos lo están generando, las malditas tarjetas de crédito, que nos dan error, tanto con Air Asia como con Lion Air, para reservar un vuelo de Singapur a Bali y otro, de Jakarta a Kuala Lumpur. Lo hemos intentado al menos, quince veces con cada compañía y siempre nos da error, que por las pistas que tenemos, no es de la s aerolíneas –porque ya hemos reservado con ellas, con esa misma tarjeta-, ni de visa, porque utilizando otra de esa clase –que no podemos usar tampoco, porque le han metido un nuevo dígito de seguridad, que no tenemos-, si da acceso. La culpa claramente, es del banco, de la maldita Caja de Madrid.
  
            He cogido tal destreza con la web de Air Asia, que creo que nadie en el mundo, sería capaz de hacer una reserva, más rápido que yo. Y también me sé de memora, el número de todas las tarjetas. Pero el  desarreglo es, que tengo la cabeza más embotada, que si estuviera estudiando la teoría de la relatividad. Estoy a punto de gritar: ¡Baaaaastaaa!.
                     Melaka (Malasia)
            Y nosotros, que con el sol en lo alto, nos habíamos ido esta mañana, tan contentos a las cercanas y bonitas cuevas Batu, pensando que a la tarde, íbamos a cerrar nuestro periplo por Indonesia. Pero ahora nos da la sensación, de que nunca saldremos de Malasia. Viviremos aquí de por vida, seremos malayos de pro –aunque no callos-, esperando el fin de nuestros días y animaremos a su equipo olímpico, que mañana disputa una final de taekwondo. “ra, ra, ra, Malasia ganará”. Y si queremos ir a Indonesia algún día, tendremos que hacerlo por tierra, ¡¡cruzando Sumatra enterita!!. ¡¡Oh, Dios!!.
                                                                            Kuala Lumpur (Malasia)
            Hace dos días que partimos de Vietnam y ya lo echamos de menos. Es paradójico, porque cuando andábamos por allí, estábamos hasta las mismísimas narices. Es del único país, del que en un momento dado, nos planteamos irnos antes de tiempo. Afortunadamente, no lo hicimos. Ahora todo son buenos recuerdos y unas fotos espectaculares, de sus mercados y sus gentes. Inigualables. Pero cuando estás allí, el permanente acoso de las motos, la mala educación y las ganas de sacar partido económico de los vietnamitas, te hacen ver las cosas, de forma diferente. No he visto pueblo en todo el planeta, más grosero y descortés, ni por otra parte, país tan extraordinario.
            Kuala Lumpur (Malasia)
            El cambio al llegar a Malasia ha sido brutal, aunque no sé, si para mejor o para peor. A falta de visitar Singapur, este país es lo más parecido a occidente que hemos visto, desde que volamos a Bangkok. Las cosas y acontecimientos, siguen un curso lógico y ordenado, la gente no agobia y hasta el tráfico –aunque no siempre-, es más respetuoso y relajado

            Pero hemos perdido mucha calidad de vida. El alojamiento cuesta más del doble y es seis veces peor que en Vietnam. Y para que hablar de la comida de aquí, tan vulgar, comparada con las exquisiteces vietnamitas, que hemos degustado durante más de dos semanas. Y encima en Malasia, como país musulmán que se precie, la cerveza tiene un elevado impuesto especial, que la convierte de facto, casi en producto prohibido, para los presupuestos ajustados.

            Nuestras intenciones futuras, pasan por subir hasta Georgetown y Lankawi y luego ir a la zona de Perhentian y Kota Bahru, en el lado este del país. Luego bajaremos a Melaka, para terminar en Singapur. Eso claro está y como he dicho antes, si no nos toca quedarnos aquí para siempre, a causa de las puñeteras tarjetas.
                                                                                Butterworth (Malasia)
            Bueno. Os dejamos, que parece que escampa. Así que vamos a dar una dilatada vuelta, por el fantástico mercado nocturno de Chinatown –donde hay  de todo, casi menos chinos-, una de las principales atracciones, de esta fascinante ciudad. Ayer estuvimos en las Petronas y flipamos bastante.

jueves, 9 de agosto de 2012

Cuando la ciudad es más selva, que la selva (parte II de II)


           Hanoi (Vietnam)
            2º.- Cuarto de hora antes de la hora prefijada, a las 7,15, ya estamos muertos de frío en el interior del autobús, que nos debe llevar a Nha Trang. Pero no salimos hasta las ocho y diez, porque al resto del pasaje, lo van trayendo poco a poco y porque el motor no arranca, durante más de diez minutos. Suena fatal y está en unas condiciones pésimas, hasta para quienes no entendemos de mecánica. Nunca debimos permitir –el pasaje está compuesto mayoritariamente por extranjeros-m que ese autobús saliera de la estación. Debimos exigir que nos pusieran otro. Pero no lo hicimos y así nos fue.

            Como el maletero está sucio y con agua, todos los equipajes tienen que ir apilados en asientos vacíos o desparramados por el manchado suelo. El autobús es más sucio y roñoso, que el que nos trajo de Mui Ne, record que parecía difícil de superar.

El paisaje es montañoso y a los lados hay precipicios, pero la carretera no está mal de firme. Tres horas  después de la partida una chica, con la que ya habíamos coincidido en el bus a Dalat y que tiene problemas urinarios, necesita evacuar. El autobús para a un lado de la carretera y ya aprovechamos casi todos. Al intentar marcharnos, no hay manera posible y como era previsible el maldito motor no arranca.
                                                                  Dalat (Vietnam)
El conductor trata de arreglar la avería sin éxito (no da la sensación de que entienda mucho de mecánica). Un pasajero australiano, que parece que algo más avezado en esa materia, también fracasa en su intento, de poner el vehículo en marcha. Así que toca empujar, cosa a la que mi chico y yo nos negamos, porque no hemos pagado, para que nos traigan en un vehículo de estas condiciones. Pero siete u ocho musculines, si se animan inmediatamente. Tras 200 metros de impulsos, el autobús sigue sin arrancar.
Camino de Nha Trang (Vietnam) 
Efectuamos una parada de cinco minutos, en la que el conductor habla por el teléfono móvil. Le han debido decir, que sigamos empujando, porque los musculines –que ahora se han despojado de la parte de arriba de sus ropas-, vuelven a arrastrar al vehículo, al menos otros 300 metros más. Y todos los demás, detrás andando. No pueden más y lo dejan. Su jadeante respiración, denota que están agotados y que mañana tendrán unas cuantas agujetas.

Como casi siempre en estos casos, nosotros somos los que más nos enfadamos, aunque cierto es, que el joven conductor no tiene la culpa. Nos ha contado, que gana un millón de dongs al mes (unos 40 euros) y si trabaja mucho y duro, medio millón más. El calor tropical de la jungla, nos está matando por momentos y como de costumbre, no llevamos agua y comida.  
                                                                                                         Hoi An (Vietnam)
            Una vietnamita, que está casada con un francés, nos va traduciendo al inglés todo lo que ocurre. Es tan políglota como crédula. Al comentarnos, que van a traer un nuevo autobús de reemplazo, que llegará en una hora, mostramos nuestra desconfianza, dado que Dalat está a tres y Nha Trang a más de dos, así que no creo, que tengamos un nuevo vehículo en ese tiempo. Menos ma,l que la vietnamita-francesa lleva agua de sobra y se decide a compartirla con nosotros, cuando le lloramos un poco.
 Nha Trang (Vietnam)
Paseamos a un lado y al otro de la carretera, a ver si encontramos algún sitio civilizado, donde avituallarnos. Pero solo hay una pequeña aldea con cuatro casas, vacas y cerdos. Bueno y con un maleducado conductor de mototaxi, con el que casi nos terminamos pegando. ¡Si es que hasta ni en el centro de la jungla,  te puedes librar de ellos!.

Al contrario que nosotros, la mayoría de la gente, ha reaccionado con paciencia y con buen humor. Se nota que no es la quinta vez, cosa que si nos ocurre a nosotros, que se quedan tirados en las carreteras del sudeste asiático, en sólo 40 días. Entablamos amistad con el australiano. Es agradable y hablador. Otros pasajeros, con los que a lo largo del día, entablaríamos conversación, son –
                                                Dalat (Vietnam)
-Seis israelíes –cinco chicas y un chico-, que nos invitan a galletas y lacasitos, que nos saben a gloria

            -Un matrimonio vietnamita, con un niño. Ella tiene bastante carácter y sabe enfadarse, cuando resulta necesario. Ha llamado a la compañía de autobuses muy indignada y al menos, ha conseguido, que el conductor pague a un mototaxi, para que nos traiga un par de cajas de botellas de agua, de las de litro y medio. Nos ha dado pan para que comamos. Esa será nuestra única comida a lo largo del día, hasta la llegada a Nha Trang, además de unos plátanos que reparte otro pasajero y un paquete de chucherías asiáticas, que habíamos comprado en el mercado de Dalat, la tarde anterior.
Dalat (Vietnam)
-Los fiesteros. Dos británicos (uno de ellos es el que reparte los plátanos), que no viajan juntos, pero en este rato han trabado amistad. Uno toca la guitarra y canta muy bien, versiones de clásicos del pop británico, aunque su voz se va aflautando, a medida que inician su segundo litro de vino. Gente muy sana, con la que más tarde, compartiríamos unas cervezas, unas risas y mucha conversación.

Son las 15,30 horas y por fin llega el autobús de reemplazo. Es mucho más nuevo. Pasamos a la altura de un restaurante de carretera y nos preguntan si queremos comer, pero todos tenemos más ganas de llegar a destino que otra cosa, así que continuamos, hasta que a los 20 minutos, se rompe de nuevo el autobús. La verdad es, que nos ha debido mirar todo un congreso de tuertos, que se debe estar celebrando por aquí cerca estos días.
                                                                                                                                      Nha Trang (Vietnam)
Al lado hay un café muy básico donde venden especialidades locales de jugos, que resultan un poco asquerosos. El inglés de la guitarra, ha decidido mezclarlo con ginebra, para mejorar el sabor. Poco antes de volver a subir al autobús, descubrimos un chiringuito algo más alejado, donde venden cerveza y los británicos y nosotros, nos aprovisionamos.

Pero antes, hemos tenido que pasar 1 hora y 25 minutos, nuevamente parados. A casi las seis de la tarde, cerca de doce horas después de subir al primer autobús, concluimos los aproximadamente 200 kilómetros, que hay entre Dalat y Nha Trang.

Besos a todos desde Hue. Estamos cansados de este país, pero no sé por qué exactamente, la intuición nos dice, que cuando nos vayamos de aquí, lo vamos a echar mucho de menos.

Cuando la ciudad es más selva, que la selva (parte I de II)

                                                                                                                                  Dalat (Vietnam)
Después de llevar nueve días en Vietnam, nunca más volveré a decir, que España es un país diferente. Esta nación y sus pobladores, si que son realmente distintos, a casi todo lo conocido.
                                                            
Por un lado porque aquí, muchas de las cosas se basan en la lógica inversa. Así por ejemplo, es bastante común –como nos ocurrió el otro día al abandonar Ho Chi Minh-, que vaya habiendo cada vez más atasco, según te vas alejando de la ciudad; que por las aceras circulen vehículos de todo tipo y a los peatones nos toque ir por las aceras; que le estampes a un vietnamita, una lata de cerveza en la cara, porque te ha atropellado levemente y no ponga un mal gesto, pero simplemente, si le rozas la motocicleta sin querer, se ponga como un energúmeno. Porque eso de que los asiáticos no se enfadan, vamos a dejarlo a parte. Pero sí, en este país, la moto vale más que la propia vida.                 Hue (Vietnam)

Y por otro, porque en muy pocos lugares, como sucede aquí, te están pasando cosas imprevisibles –unas mejores, otras peores-, cada cinco minutos. Es hartamente baldío, hacer una planificación diaria, porque la realidad, te la tirará por los suelos. Más que un país, es una montaña rusa, donde no sabes muy bien si toca subida o bajada o si la pendiente, es más o menos empinada, que la anterior. Como muestra, os relatamos dos, de los tantos acontecimientos vividos, desde nuestra llegada a Vietnam.

1º.- Acabamos de comer opíparamente en Ho Chi Minh. Nos quedan de ver dos pagodas, que están algo alejadas y decidimos emplear la tarde en esa labor. Después del largísimo paseo que nos damos, no son nada del otro mundo y cuando estamos en el punto más alejado de nuestra zona de alojamiento, el cielo se cubre de negro y sin más preámbulos, comienza a diluviar.
                                                                                                     Hue (Vietnam)
            Nos tenemos que refugiar bajo el toldo de una zapatería, que se convertirá en nuestro hogar, durante las dos horas y media siguientes. Al lado, una señora vende bocadillos que no se come ni ella, porque compra arroz con cosas verdes –también la zapatera-, a una niña que pasa vendiéndolo. 

Ayer, que apenas habíamos abandonado los alrededores de la avenida Le Loi –la principal-, esta ciudad nos había parecido moderna, pero cuando te sales de ese entramado de calles, es tan desamparada, dejada y deprimente, como las que hemos visto en Camboya, aunque con menos basura y polvo por las aceras.

Una tormenta se va enlazando con otra. Hay que salir de aquí, pero no para de llover. En la calle, la lluvia ya no cuela y la capa de agua  sobrepasa los 10 centímetros. ¡¡”Joder. 10 días y a todas horas con el coñazo del tuk tuk Sr y ahora que lo necesitamos no hay ninguno”!!. Solo hay bicitaxis de un pasajero, mototaxis (ni pensarlo) y algunos –muy pocos- taxis, que van todos ocupados. Observamos que en el ático de enfrente, como la terraza se les ha inundado, la vacían a cubos, tirándolos desde lo alto hacia la acera.
 Hue (Vietnam)
La lluvia afloja un poco y nos decidimos a emprender el camino de retorno. Lo peor no es lo que aún sigue cayendo, sino los enormes charcos fangosos, en los que irremisiblemente te acabas metiendo, dado que por aquí, el alumbrado público es escaso y a veces inexistente. Los canalones parecen las Cataratas de Iguazú y las motos, aparcadas bajo los lugares cubiertos y en las aceras, te echan directamente al asfalto, donde te encuentras con más motos, pero ahora en amenazante circulación  Además hay que esquivar postes, cables y árboles cuyas raíces, sobresalen en cinco metros a la redonda.

Un grueso árbol ha caído sobre un coche. Como tapa la carretera, las motos nos pitan con insistencia, para que no les entorpezcamos el paso y desalojemos la acera. Más adelante, vemos una moto aplastada debajo de la rueda de un coche. Sin noticias de su propietario. ¿Estará todavía en este mundo?.
          Na Trang (Vietnam)
Y ya casi llegando a la calle Le Loi, encontramos a unos operarios, que han abierto una alcantarilla, que no tragaba y que ha ocasionado una inundación en un par de manzanas. No me extraña. De ella han sacado ruedas de moto, trozos de la tapicería de coches, ramas y toda clase de basura. Cuando terminan con la limpieza, va más suelta que las alcantarillas de Managua (que son enormes agujeros negros sin rejilla).