Si. Una vez más, se obró el milagro, cuando ya nos habíamos rendido. Volviendo por la misma calle y con resignación, aparece de la nada un discreto, pero efectivo hotel, donde solo nos piden 198 yuanes. Ni lo dudamos.
La habitación resulta perfecta, con dos camas, baño propio con agua caliente, televisión, hervidor de agua para sopas e infusiones y wifi (ya hablaremos de este apartado en un post posterior, porque aquí la censura es brutal e indisimulada), además de todos los artículos de aseo necesarios. Y, sin cruzar la calle siquiera, un super muy bien abastecido.
Nuestro primer día en China no ha sido indiferente, a pesar de haber estado hace tiempo. Nada nuevo, pero sí, resurgimiento de recuerdos: el apestoso olor de la comida más tradicional y básica -te vas acostumbrando con el paso de los dias a esos calduverios-: los omnipresentes baños públicos gratuitos y limpios por todas partes; las hileras de plástico duro, que hacen de puerta móvil en los negocios -molestos, pero efectivos -; el constante griterío con megáfonos y sin ellos; el que te cobren por todo, aunque a veces sean cantidades ridículas hasta por lo más absurdo.
Comienza nuestro segundo día en Shanghái y nuevamente, hace sol, astro, que no vimos en todo nuestro primer viaje. Nuestros objetivos para hoy son más modestos: recorrer entera la calle peatonal, abarcar el larguísimo Bund y encontrar la estación de trenes para comprar los billetes a Beijing, para mañana por la noche, si no están los convoyes completos.
Lo primero es muy sencillo, aunque es peatonal a medias, porque las calles, que lo cruzan son una locura de tráfico, sobre todo de las malditas e irrespetuosas motos eléctricas, , que tanto estrés y peligro nos generan.
En el Bund no circula tráfico alguno y por eso es una gozada. Al otro lado del río se divisan numerosos edificios de altura, capitaneados por la famosa torre de comunicación (la Perla de Oriente). Son veinte kilómetros de paseo, hacia un lado y el otro. Para la izquierda, el camino es bonito, atractivo y corto. Para la derecha, es eterno, finaliza con un puente y con los antiguos pabellones de la Expo del Agua de 2010, hasta los que no llegamos, a pesar de intentarlo.
Y lo de los billetes, pues como siempre, en el alambre. Nervios al principio, porque queremos reservar con poco tiempo y porque aquí viaja mucha gente. Luego, pánico, al constatar el salvaje caos de tráfico en los alrededores de la estación principal.
Y, finalmente, regocijo brutal al ver, que en la terminal no hay casi nadie, que si nos atienden en inglés - te mandan a la ventanilla del anglofon@-, que tenemos todas las plazas, que queramos y que podemos pagar con tarjeta (solo en determinadas taquillas).
Así, que anocheciendo -son las cinco de la tarde- y eufóricos volveremos al hotel, a darnos a la cerveza y a lo que haga falta.





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