Nuestro primer viaje a China, en 2009, fue tan fascinante, como duro en sus preparativos. Trato muy difícil con webs, portales y compañías aéreas nacionales y sobre todo, la consecución del visado -35€, dos entradas -, más los gastos de cuatro viajes en tren, a Madrid y dos noches de hotel para entregar la documentación y recoger la puñetera pegatina.
La segunda ocasión, hace ocho años resultó estresante. Más de tres horas de cola en el tránsito de Shanghái, para lograr un permiso de 72 horas. Veníamos de Taiwán con una compañía china y debíamos salir para tomar el vuelo de Iberia a la capital de España.
En el vuelo de Air France nos han entregado un sencillo cuestionario, que desde noviembre pasado, también se puede cumplimentar por internet, previamente, al viaje. No hay demasiada cola y la máquina de control de pasaportes nos ha atendido en español: cuatro dedos de la mano izquierda, después los de la derecha y juntos los dos pulgares. Sello pequeño y ¡para adentro!.
Enseguida, nos están asediando los vendedores de tarjetas SIM locales, wifi de bolsillo y demás. Tiran a caras y decidimos, que esperaremos a llegar al centro para comprar una, a pesar de que en el último viaje a India, solo las vimos en los aeropuertos y no en todos.
Hoy toca dormir en esta terminal 1 de Pudong, porque son las ocho de la tarde y no tenemos ningún hotel reservado, porque no hemos querido arriesgarnos. Cuando amanezca, cogeremos la linea 2 del metro -solo siete yuanes-, que en menos de una hora nos dejará en pleno centro de la ciudad. Este tramo no existía, en 2009. Investigamos, si este eficiente transporte público se puede pagar con tarjeta de crédito y nos indican, que sí, colocándola en los propios tornos, a la salida y a la llegada.
La consecuencia directa de esto es, que no cambiaremos un solo euro aquí, porque solo está el carero SPD, que ofrece una tasa horrible y además, cobra comisión.
El aeropuerto de Pudong es un magnífico lugar para pasar la noche, porque todo son facilidades y comodidades. Nadie te pregunta por nada -como casi siempre en China- y para dormir existen numerosos sofás sin respaldo y si están llenos -cosa habitual- te tiras al suelo sin molestias.
Pero no todo son buenas noticias, porque no hemos conseguido conectarnos al wifi aeroportuario. Debes meter el pasaporte en una máquina, que te entrega un código, pero a nosotros no nos ha funcionado. Así, que no podemos reservar hotel para mañana. Iremos a la aventura, como otras tantas veces.
Es la tercera noche sin alojamiento, tras la de Barajas y el vuelo largo, pero a pesar de eso, dormimos genial, después de haber cenado los restos de las comidas aéreas.





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