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jueves, 29 de enero de 2026

Santa Clara, Vila do Conde y sus extraordinarias playas


           La jornada de ayer ha sido dura, así, que no madrugamos y no salimos a las calles hasta más de las diez. Los charcos son incontables, extensos y desbordantes, por lo que no tardamos mucho tiempo en empaparnos los pies.

          Nos encaminamos  al no muy lejano Mercado de Bon Succeso, que a estas horas  funciona a medio gas. Pero nos encanta mucho más, que el de ayer, porque su diseño es más estiloso e informal. Eso sí, los precios igual de caros.

 


        Volvemos al Prima Prix, a comprar más hamburguesas y tomamos la línea roja del metro, en Bolhāo, que tras unos cincuenta minutos y veintiocho estaciones nos deja de forma directa en Vila do Conde.

          No nos gusta el sistema de cobro del metro de Oporto, por complejo. Debes "adivinar" la zona de tu destino y comprar una tarjeta personal, que cuesta sesenta céntimos, además de los billetes, que consideres. No hay torniquetes, ni a la entrada, ni a la salida, por lo que es cosa de cada uno, arriesgarse y colarse. No es nuestro caso.

          Va a llover intermitentemente, a lo largo de toda la mañana, aunque pasadas las tres de la tarde se consolida el sol y un aire huracanado de frente, que nos hace  muy esforzado el caminar.

 


        Al bajar del metro, contemplamos un extraordinario y largo  acueducto de una sola planta. Después, retrocedemos hasta la parada de Santa Clara, donde hay un par de iglesias chulas y un bonito monasterio (lamentablemente en obras).

          Ahora toca llegar hasta el centro de Vila do Conde, que alberga bonitas calles y una extraordinaria iglesia románica. Más adelante y llegando al mar, una fortaleza y una ermita, casi metida en el agua.

          Un inesperado Lidl nos salva la vida en cuanto a las compras del día. En Portugal y a diferencia de España, los supermercados no abundan.

   


      A partir de aquí, comienzan casi diez kilómetros de extraordinarias playas, que quitan el hipo. Y más, teniendo en cuenta, que el oleaje es, bestial, para llegar, finalmente, a Póvoa de Varzim, donde coger el metro para el aeropuerto, sobre las cinco de la tarde (con cambio de linea en la estación de Los Verdes y en poco más de media hora). En Póvoa de Varzim, no hay demasiados atractivos, pero sí destaca una iglesia moderna con forma de proa de barco, en memoria de más de cien pescadores fallecidos en el mar a finales del siglo XIX.

   


      El aeropuerto de Oporto resulta bastante tranquilo y no te piden la tarjeta de embarque para pasar la noche. En él hace un pelin de frío en esta época del año. Puedes dormir en el suelo, sin ser molestado o en algunas sillas sin reposabrazos intermedios. Además, existen numerosos taburetes tipo bar, con accesos a enchufes para cargar el móvil, pero no es fácil encontrar comida o bebida abandonadas.


        Teníamos muchas expectativas depositadas en la excursión de hoy, pero definitivamente, estás han sido absolutamente desbordadas, por lo que estamos encantados de la vida.

          Mañana volamos a Madrid, a las seis y media de la madrugada.

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