La mayoría de las chicas jóvenes en China llevan gafas. Suponemos, que es una moda, como ya la hubo en España hace unos años.
Si no fuera, porque todos los baños públicos son gratis, habríamos pensado, que los chinos usan código QR hasta para ir a cagar o limpiarse el culo. Todas -y digo bien- las actividades de la vida están ligadas a ese elemento de claros y sombras y en general al teléfono celular.
Para tranquilidad del viajero, en China todo suele estar bien indicado, incluso en los lugares menos turísticos. Los nombres de las calles aparecen, normalmente y en las ciudades grandes, en nuestro alfabeto.
En el gigante asiático, apenas existen casas de cambio. La razón principal es, que nadie puede dar más, que el Banco de China, que te ofrece una tasa superior, incluso, a la oficial. Abre los sábados hasta las cinco de la tarde. La pega -salvo en el de la Plaza del Pueblo de Shangái- es que son lentísimos y muy esmerados con los procesos administrativos.
Los chinos en general, son menos fríos, de lo que parece y dentro de sus posibilidades, te ayudan con lo que pueden. El problema es -cada vez menos, con la tecnología-, que la interconexión con ellos no siempre es fácil.
Derogada a finales de 2015 la política del hijo único, decir, que en China no ves casi niños. Es tal la preocupación del gobierno, que está empezando a subir, aceleradamente, el precio de los preservativos.
Existe mucha diferencia de precios entre Beijing y Shanghái y el resto del país. En algunos casos, puede llegar hasta el 50% o más. Por hoteles similares, pagamos 32€ en la capital y solo 12€, en Datong, Pingyao y Xi'an (25 en Shanghái ). Una brocheta de frutas caramelizadas, que en Qianmen te cuesta cinco yuanes, en Xi'an te sale por tres.



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