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domingo, 28 de septiembre de 2014

Inesperada y copiosa cena de Ramadán

            Coxs Bazar (Bangladesh)
          Nuestro segundo y último día en Cox's Bazar, pasó inmerso en el aburrimiento y el húmedo calor. Como de costumbre en este país, los paseos fueron con los bultos a cuestas. Habíamos tratado de negociar con el del hotel, seis horas más de habitación, queriendo pagar en proporción, una cuarta parte del total de la tarifa. Pero, el ayer simpático y hoy irascible propietario se descolgó -con el hotel vacío-, pidiéndonos el importe de media jornada. ¡Va a ser, que no!. Sin embargo, ya no nos atrevimos a colocarle las mochilas hasta la noche. Y, como es costumbre, en Bangladesh, las agencias no ofrecen ese servicio, aunque les compres un billete de ida y vuelta a la luna. Menos mal, que como ya nos conocían, los pelmas apenas nos agobiaron.
Esta y la siguiente son, de Chittagong (Bangladesh)
        Sin embargo, la jornada tuvo dos momentos muy agradables y divertidos: la comida y la cena. Para la primera y al ser Ramadán, nos prepararon un reservado en el restaurante, con cortina y vigilante incluido. Casi parecía un compartimento del Orient Exprés . Y todo, para un menú de garbanzos y fritanga varia, que no llegó a medio euro entre los dos.

          Por la tarde, volvíamos acelerados de la playa, en busca del baño de la agencia de buses, dónde poder aliviar mi intestino. Cuando entramos, había empezado la copiosa cena de Ramadán y nos invitaron a sentarnos a su mesa. Insistieron tanto, que no pudimos negarnos. Primero, una samosa vegetal -rica, como las del sur de India-, junto a un dulce de miel. Después, un vaso de zumo de mango. Y, finalmente, para nuestra sorpresa, una gigantesca ración, que mezcla una especie de snacks de arroz, carne, garbanzos, verduras picaditas y enormes rodajas de pepino. ¡Delicioso! Aunque sufrimos lo indecible para terminarlo, no era plan de hacerles un feo, dejando algo en el plato.

          El autobús nocturno, que nos transporta de vuelta a Dakha, resulta muy confortable. Las vistas de Chittagong -a cubierto, desde el vehículo- se muestran muy coloridas y vibrantes, aunque menos arriesgadas y emocionantes, que cuando las contemplamos de día, desde un alocado rickshaw (el más peligroso de todos nuestros viajes).

          Veníamos a esta nación con dos prejuicios, que para nada se han cumplido en la realidad: un transporte infernal y una pésima comida. Los autobuses, tanto diurnos como nocturnos, sensacionales y nuestra alimentación, rica y variada, a pesar de estar en el mes sagrado musulmán (lástima, que nunca cuezan bien los garbanzos -aquí, negros- o que sean tan malos, que siempre quedan duros).
Esta y la siguiente son, de Dhaka (Bangladesh)
          A la llegada a destino, nos aguardaba un nuevo acontecimiento inesperado: no hay bus directo desde Dakha, a la frontera con India, hasta la noche. Por tanto, nos toca pasear todo el día por la capital con el equipaje a la espalda, entre el caos y el insufrible calor húmedo.


          Ya casi al atardecer, nos sumergimos junto a los lugareños, en la fritanga local, que es mucho más variada y apetitosa, que en el resto del país: un delicioso rollito relleno de verduras y rebozado, una croqueta con un huevo relleno dentro y una picantísima empanadilla vegetal, pusieron fin a nuestra estancia en Dakha.