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viernes, 26 de septiembre de 2014

El fuego eterno

                                                            Todas las fotos de este post son, de Calcuta (India)
          El retorno a Calcuta fue un infierno (otro más). No por el viaje en si, que fue cómodo y fresquito, como, casi siempre, en sleeper. Sino porque nos vamos tejiendo una maraña a nosotros mismos -de la que nada tiene la culpa Calcuta-, salvo el incesante y húmedo calor, que nos atrapó durante cuatro días, hasta casi asfixiarnos.

          La decisión estaba tomada y la cosa prometía. Al ciber, para dos días después, volar a Dhaka. Pero, tras intentar pagar con cinco tarjetas diferentes, con ninguna nos fue posible. Y, uno, ya entiende el por qué: ¿habiendo mil trescientos millones de indios y ciento cincuenta habitantes de Bangladesh -vamos, como si Andalucía tuviera cincuenta o España quinientos-, les da igual, el mercado exterior -occidental fundamentalmente- y sus malditas “credits cards”. En ninguna compañía india y son decenas, se puede pagar por este medio, a través de internet (en una agencia física, las comisiones son prohibitivas).

          Contrariados y desesperados, quisimos poner remedio, largándonos a Japón y Corea del Sur, pero el proyecto era imprudente -no sólo económicamente, sino por motivos de organización-, por no decir una locura.

          Miles de ideas afloraron en el buscador de vuelos, pero todas cayeron en saco roto. Lo que, al principio, en Calcuta era soportable, se fue convirtiendo en el fuego eterno. Me refiero a nuestro hotel de los bichos -tercera estancia en él-, con la ventana medio enladrillada y por la que entra el fétido -al principio, aguantable-, olor a chapati requemado, de un negocio cercano (una semana después, cuando esto escribo, todo nuestro equipaje aún huele, a eso).


          Las habituales y agradables cervezas "strong" -que alegraban nuestras mañanas-, comenzaron a horadar mi estómago y barriga, hasta caer en serios desarreglos intestinales (¿la maldita glicerina, qué contieenen?. Y hasta la riquísima y variada comida, comienza a darnos asco.

          Era sábado por la tarde y después de consultar una agencia física -en este caso concreto, tampoco admiten tarjetas-, tomamos tres decisiones, que en veinte minutos, nos devuelven el timón del viaje: sacar dinero suficiente del cajero, comprar con él el vuelo a Dhaka y cambiar -con baja comisión- euros por dólares, para el visado “on arrival”.

          Todo parecía bien encaminado, hasta que al día siguiente, llegó el abismo, que por otra parte, siempre es mayor, cuando uno está agobiado: problemas digestivos muy molestos; calor insufrible -yendo de tienda acondicionada a centros comerciales-; estar sin hotel desde el mediodía; asco a toda cosa que oliera a comida -Calcuta entera- y única tolerancia, a ingerir leche y zumos. Los mendigos se multiplicaron por mil -o eso me parecía-, al igual, que las distancias recorridas por el trepidante y -hoy- hostil mercado, otrora tan caótico, como apasionante.

          Después de partir hacia el aeropuerto, tras un periplo -tranquilo- por la única linea de metro de la ciudad y de un tortuoso bus, arribamos a la magnífica nueva terminal, de Calcuta, tomada por los -hay muchas chicas- militares, que sólo aceptan el acceso a los “indios de bien” y a los guiris, aunque, seamos de mal, siempre que unos y otros vengamos provistos del correspondiente billete aéreo impreso.

          Había, que elegir, entre los 39 húmedos grados del exterior y los 13 ó 14 interiores y gélidos, en una terminal desangelada y casi vacía. Elegimos lo segundo y llegó mi milagrosa recuperación -sin el PP presente-, aunque todo tiene siempre sus consecuencias: ¡catarro terrible!, al canto y algunas otras más.