Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.

jueves, 8 de enero de 2026

Kaifeng

 


         Decidimos tomarnos una pequeña siesta matutina, antes de ir a explorar Kaifeng, donde estaremos tres días, para en la madrugada de Nochebuena marcharnos, a Nanjing. Hemos dormido bien en el tren, pero el transcurso del viaje ya nos va agotando, mentalmente. Decidimos, como en Xi'am, que hoy visitaremos los lugares más cercanos y dejaremos para mañana los más alejados.

          El centro de Kaifeng se articula en torno a las cuatro calles que parten de la Torre del Tambor y de un largo pasaje subterráneo, que cubre por el subsuelo un par de ellas. Supuestamente, dos están catalogadas, como peatonales, aunque sobre las aceras circulan más motos, que personas caminando. ¡Un desastre!.

 


        Una es la de nuestro hotel, de escaso interés. A su derecha, se encuentra la de mayor concentración de lugares de comidas diversas y de distinta categoría. Al frente nace otra donde se ubica un centro comercial y algunas callejuelas con puestos. Y a la izquierda, la peatonal principal llena de tiendas de ropa y calzado y todochinos. En su final y a la derecha se halla el bonito Templo del primer ministro.

          Otros molestos compañeros de acera aquí, iguales que en Xi'am, son una especie de tuck tucks cutres, distintos a los de Pingyao, que al menos, si no más, duplican la capacidad de pasajeros y resultan aún más desquiciantes.

          El ambiente en las calles es hoy extraordinario y la gente, come o bebe a sus anchas por este centro histórico, que es mucho menos elegante y más descuidado, que Xi'am. Pero a nosotros siempre nos ha gustado lo decadente. Hicimos bien en eliminar Chengdu y venir aquí. No solo por ahorrarnos más de 1500 kilómetros, sino porque Kaifeng resulta una joya por descubrir (ni un solo turista no chino).

 


        El autobús número 3 es esencial para la movilidad en Kaifeng. Lleva, tanto a la estación de tren desde el centro como a los atractivos lugares más alejados. Así, que es, el que cogemos en la mañana del lunes, tocándonos la misma conductora, que ayer. La última parada te deja delante del acceso a la Pagoda de Hierro. Pero, como sale cara, decidimos rodearla por un agradable camino. La contemplamos, durante más de media hora, desde distintas perspectivas, además del lago, que vamos bordeando y diversos canales.

          Volvemos y enfilamos, brevemente, por la calle principal y nos metemos por otra en peor estado, a la derecha. Tras un kilómetro, llegamos a la Pagoda del Dragón, un complejo de templos, torres, otras edificaciones, otro lago y más canales.

 


        A pesar, de que el autobús es muy barato, retornamos, andando. El cielo está nubladísimo y hace bastante más frío, que ayer. Encontramos un supermercado bastante grande, aunque de formato antiguo, donde comprar una cerveza de litro a medio euro.

          De las constantes duchas calientes, me ha debido engordar un tapón en el oído izquierdo y me duele ligeramente. He empezado a tomar antibióticos, aunque no parece una infección.

 


        Comemos salchichas y pollo empanado -además de los dos o tres helados de cada jornada- mientras deambulamos por las calles del casco histórico y el subterráneo. Esperamos hasta, que se hace de noche para ver la Torre del Tambor iluminada. Por debajo de ella pasa el tráfico, no como en Xi'am.

          Hoy lunes, hay menos ambiente, que ayer. Todavía nos queda un día en esta ciudad y no sabemos, que haremos. De momento, agotar el check out.

miércoles, 7 de enero de 2026

Chinada, todochino, modachina, caldochino y Chinirrush

 


         En el año 2009, cuando vinimos por primera vez a China, elaboramos una especie de términos, que pueden parecer algo incorrectos, pero que solo tenían la intención de entendernos entre nosotros, sin tener, que dar más explicaciones.

          Como han sido utilizados en alguno de los posts, los exponemos aquí, esperando, que no se ofenda nadie.

          - Chinada: cosa de escaso valor pero de aparente buena presencia, que puede dar el pego. También, se refiere a los objetos de marcado aspecto chino, aunque sean más valiosos.

 


        - Todochino: las tiendas donde se venden objetos chinos muy variados a precios bajos. En general, son como las de España, un revoltillo, aunque en ciudades como Xi'am, las podríamos denominar premiun.

          - Modachina: las chicas aquí tienen una forma bastante peculiar de vestir y llevar ropa con complementos bastante infantiloides, desorganizada, sin gusto y sin conjuntar. A eso nos referimos en este caso.

 


        - Caldochino/brochechina: guisos o brochetas, compuestos por elementos difícilmente identificables y que resultan arriesgados de comer. Esto, que ocurre aquí con mucha frecuencia, no sucede en países cercanos, como Corea del Sur, o Japón.

          - Chinirrush: es aplicable a cualquier cosa, que veas o que te ocurre en China y que no logres entender. Por ejemplo: Chinirrush es la Lonely Planet de China del 2025, que es la peor que hemos manejado en nuestras vidas y que ha quitado la información práctica, al completo. Tenemos un cabreo tremendo y eso, que no es comprada, sino de la biblioteca.


Pánico y placer en Xi'am

 


         Pues no. El día no ha terminado y va a dar todavía mucho de sí, a la espera, de que a las once de la noche, cojamos el tren para Kaifeng. De momento y ya de noche, nos cuestan nuestros nervios, hasta salir del barrio musulmán, donde las motos nos acorralan, constantemente.

          Hacemos las últimas compras, vemos y grabamos la iluminada Torre del Tambor y nos encaminamos a la línea 2 del metro. Según mi pareja y de forma directa son diez estaciones hasta la terminal de trenes de ayer. A mí me extraña, porque son solo cuatro kilómetros, pero no indago más.

          Tardamos 45 minutos, lo que es una barbaridad. Salimos a la calle y no nos suena nada. No hay muralla, ni la plaza desde donde bajamos ayer andando. El recinto es desconocido y el edificio resulta dos o tres veces más grande que  al que llegamos. De repente, nuestros ojos se fijan en una puntiaguda máquina de alta velocidad. Nuestras sospechas eran ciertas y nos hemos equivocado de estación.

 


        En China, las terminales de trenes rápidos, están, normalmente, muy a las afueras. ¡Momentos de pánico!

          Afortunadamente, aún tenemos margen de reacción. Cuesta entenderse con una empleada, para intuir, que podemos tomar la línea 4 y tras trece estaciones, llegar a nuestro destino. Ahora, tardamos media hora.

          Ya venidos arriba y como hay tiempo, decidimos ir hasta el mercado nocturno, que estaba sin montar, ayer por la mañana. Es chulísimo y con una iluminación espectacular, como corresponde a un buen decorado chino. De fondo, una torre Eiffel y en una amplia extensión , numerosos puestos de comida -nos atiborramos a salchichas picantes al comino-, ropa, artesanía, chinadas y carruseles diversos. Lástima, de que a pesar de ser sábado por la tarde, no hay mucho ambiente.  

 

    Regresamos a la estación y llevamos a cabo los rutinarios procesos de siempre. Primero, control de equipajes; después de billetes -pero solo enseñando el pasaporte,ya que a ellos les salen los boletos en la pantalla- y finalmente, el equivalente a un check in aéreo.

          El tren va casi vacío, sale de aquí  y parte con puntualidad, como es habitual. Ya estamos acostumbrados a estos básicos asientos, porque en litera dura cuesta el doble. Hasta, que me duermo, sobre la una de la madrugada, no hacemos ninguna parada.

          Descanso de un tirón y a las siete y media, mi pareja me despierta. Me cuenta que el tren se ha llenado en la estación anterior, llamada Zhengzhou. Tiene un templo chulo y quisimos hacer una parada en ella. Pero nos desanimamos, porque es una urbe enorme y en la Lonely Planet no viene plano, ni manera de llegar al santuario.

          Está nublado y hace algo de frío. Lo primero, que hacemos es, comprar los billetes desde aquí, hasta Nanjing, para la madrugada de Nochebuena. Será nuestro último destino, antes de volver, a Shanghái y nuestro último tren nocturno.

   


      Después, interactuamos con unas chicas y con cierta dificultad, conseguimos entender, que para ir al centro de la ciudad amurallada, debemos tomar el autobús número 3 -1 yuan- y bajarnos en diez minutos. Así lo hacemos y nos sale bien.

 


        Ahora toca, buscar hotel. Unos son caros, en otros no nos cogen y hasta hay uno completo (mentira y gorda). Finalmente y por cien yuanes, nos quedamos en el fantástico Mei Chen Qing Ya, uno de los mejores del viaje. ¡Eso sí, el check in, eterno!.

martes, 6 de enero de 2026

El feliz reencuentro con Xi'am


           La idea de dar un volantazo  y cambiar la segunda parte del viaje ha sido genial porque nos permitirá estar dos días en Xi'am y no uno, como estaba inicialmente previsto y además, nos ahorramos casi dos mil kilómetros de tren, que habrían sido una locura.

          Ya estuvimos aquí en 2009;y también visitamos los Soldados de Terracota, excursión, que no volveremos a repetir, porque aunque no están mal, al menos entonces, se ubicaban en un entorno inadecuado y horrible.

          Nuestra primera visita es a la Torre de la Campana, situada en mitad de una rotonda. Después, atravesamos el enorme pasaje subterráneo -no conocemos otro igual en el mundo -, que lleva hasta la zona, teóricamente, peatonal. Alberga un mercado de chinadas impresionante.

   


      Estamos ya de frente a la maravillosa Torre del Tambor, que contiene bastantes de estos elementos.

          Por una calle estrechísima nos introducimos en el barrio musulmán y llegamos a la mezquita de tejados chinos.

          Está zona tiene dos calles principales, que son perpendiculares entre si, estando una de ellas dedicada casi en exclusiva a la comida asiática y no precisamente a la árabe.

          Este barrio no ha cambiado nada desde 2009, siendo uno de los de más ambiente de China y con un encanto muy especial, solo roto por las innumerables motos eléctricas, que rompen la peatonalidad, campando a sus anchas, por donde les place y encima, te pitan. Es un problema terrible en todo el país.

 


        Algo sí ha cambiado y ha sido la irrupción de una cadena de venta de comida variada, que ofrece muchas degustaciones gratuitas -la gente aquí, prueba y compra y no como en España - así bien nos ponemos hasta arriba de pato asado, pollo, dulces y de cosas, que no sabemos lo que son.

          Damos vueltas y más vueltas y como estamos cansados, nos recogemos pronto. Dejamos las atracciones más alejadas para mañana.

          Dormimos tan bien, que no nos despertamos hasta las diez y media de la mañana. Empieza una jornada maratoniana y no queda otra, que poner a funcionar, la máquina de andar. Empezamos con un templo cercano, que no teníamos controlado y más alejado, visitamos el tibetano de Guangreen, uno de los más fantásticos de China -tampoco hay tantos- y lleno de personas fervorosas, que cumplen con tradiciones y rituales que observamos , pero, que no conseguimos descifrar. ¡Es gratis!, porque está activo para el culto.

   


      Retornamos por el mismo camino, hasta llegar a la Torre de la Campana y giramos a la derecha. Tras pasar un pasaje subterráneo se encuentra una area escénica de la muralla, junto a un museo. Ahora salimos por la puerta sur, mientras que por la mañana lo habíamos hecho por la oeste.

          Cuesta andar largo, para llegar a la Pagoda Pequeña del Ganso Salvaje, cercana a un enorme mercado de comidas. Mucho más lejos, está la Grande pero ni fuimos en 2009, ni iremos hoy.

          A la vuelta, nos perdemos por la abarrotada calle de la cultura, característica por sus lienzos, pinceles con tintas y letras chinas y otros objetos curiosos. Cuando regresamos al hotel, a recoger los bultos es ya casi de noche (las seis).

   


      Pero, ni mucho menos, el día había terminado.

          Xi'am es una de las ciudades de China con más "todo chinos" del país. Se puede comprar de casi todo, aunque la mayoría de las cosas están destinadas a las mujeres jóvenes. Se trata de tiendas mucho más elegantes y surtidas, que el promedio de las del resto del país.

          Xi'am es vibrante, monumental, cosmopolita, pero a la vez tradicional y por eso resulta ser, nuestra ciudad favorita, en China.

De Pingyao a Xi'am

 


         Me despierto pensando, cual será el próximo sitio, donde nos incrustarán, sí o sí, soja o tofu encubiertos y disimulados y no tardamos demasiado tiempo en obtener la respuesta. La primera, en unas aparentemente inofensivas empanadillas y el segundo, en unas brochetas compradas en un puesto. ¡Odio las dos cosas!.

          Dejamos nuestro fantástico hotel y al  amable propietario, que nos ha guardado el equipaje hasta la tarde. Hay dos cosas, que han cambiado en China en los últimos 17 años, en cuanto a los alojamientos y ambas son para bien: ya no piden fianzas al hacer el check in, ni te llaman al teléfono de la habitación ofreciéndote excursiones, cena o incluso, servicios de prostitutas.


          Dejamos transcurrir el día con calma, paseando por el casco histórico. Hoy, hay menos turistas, que ayer. Los de las tiendas ya nos conocen y no nos ofrecen degustaciones. Han pasado siete días desde la maldita nevada y aquí sigue habiendo restos por casi todas partes.

          En Datong, habíamos comprado los billetes, desde aquí para las nueve de esta noche y tomar el tren , a Xi'am, donde llegaremos a las cinco y media de la mañana. Es el mismo, que nos trajo hasta aquí, así, que no habrá sorpresas.

          El convoy parte con veinticinco minutos de retraso y va casi lleno, aunque la rotacion de pasajeros es altísima. Se trata de nuestro tercer recorrido nocturno -otro diurno- y prevemos que nos quedan otros dos y uno más por el día. Más, que dormir en un asiento duro, lo que nos molesta es la larga espera de noche, hasta que partimos o llegar de madrugada.

 


        Nos toca una revisora simpatiquísima como la chica, que nos guío en el bus, al casco histórico de Datong, que nos indica, que reposemos a pierna suelta y por supuesto, cumple su promesa de despertarnos, después de haber dormitando unas cinco horas.

          Deberemos esperar, como mínimo, hasta las siete de la mañana en esta enorme estación. Vemos, que hay gente tirada por el suelo y no los levanta nadie y los imitamos, para dormir hasta las ocho y media, al final, con algo de frío.

          Nada más hacemos aquí, porque ayer, antes de tomar el tren, habíamos comprado para el sábado 20, los boletos también en asiento para Kaifeng.

 


        Nos decidimos a hacer andando el camino hasta las torres de la Campana y del Tambor y nada más salir nos encontramos con un enorme centro comercial y numerosos puestos -ahora cerrados- de un mercado nocturno. ¡Habrá que volver por aquí!.

          De camino encontramos muchos Bancos de China, pero hoy no necesitamos cambiar dinero. Igualmente, nos topamos con un gran número de hoteles, pero salvo un Ibis, nos resultan caros, sobre todo después de lo que hemos pagado en los dos últimos, en Datong y Pingyao.

   


      Finalmente y por sorpresa, encontramos uno a 95 yuanes en el propio centro (barrio musulmán). Es un poquito peor, que los anteriores, pero mantenemos la calefacción y el baño propio. El dueño es súper simpático y no para de reírse. En el que estuvimos la otra vez ha desaparecido.

          Hemos ganado casi diez grados en el termómetro, en relación a las jornadas precedentes. ¡Un alivio! La bufanda, el gorro, la camiseta térmica y las mallas ya sobran.

Pingyao y la comparación con Datong

 


        Nuestro  hotel está casi en mitad de camino entre la estación de trenes y la puerta norte u oeste del casco antiguo de Pingyao. De la primera nos separan diez minutos y de las segundas veinte.

          Nos lo tomamos con calma y no madrugamos, porque la visita se lleva a cabo sin prisas en unas cuatro horas. Traspasar la muralla y caminar por las calles es gratis. Entrar a determinados lugares del casco viejo cuesta 125 yuanes y los dos templos principales -Confucio y el de la ciudad - , 25 y 35, respectivamente. ¡Nos parece un claro abuso el precio total de las entradas!.

          La calle principal, con sus bellos y conjuntados edificios históricos, está conectada por las puertas norte y sur. La cruzan tres largas vías paralelas entre si  y es en la segunda y en la tercera, donde se encuentran los templos.


          En esta ciudad, al menos, vemos unos poquitos guiris, que en Datong, ninguno.

          Existen tiendas de muchas cosas, pero predominan claramente tres: de disfraces de emperador/emperatriz o cortesan@s, cuyos portadores  se desplazan por las calles y se hacen numerosas fotos -incluso en tronos reales-; de masajes en los pies y de ánforas enormes de las que mana para su venta vino caliente y fuertecito y soja fermentada. Te dan numerosas degustaciones, bien en la arteria principal o entrando en determinados comercios.

          Habría un cuarto sector significativo, que son los numerosos restaurantes. Demasiados negocios abiertos, al menos, para esta época del año.  El casco histórico de Pingyao es parcialmente peatonal .

 


        No vemos, sin embargo, algo, que si veníamos buscando: agencias con tours para explorar los alrededores, donde se encuentra un templo, una aldea, unas grutas, un Buda gigante y un castillo subterráneo, no accesibles, en ningún caso, en transporte público.

          Habíamos reservado la jornada de mañana para ello y ahora, no sabemos, que hacer.

          Y llega la innecesaria comparación: ¿Que es más bonito: Datong o Pingyao?. Para mí, hay empate técnico. Pingyao es más un conjunto histórico, antiguo y armonioso, pero Datong es más elegante y cuenta con monumentos más espectaculares, incluida su calle peatonal y su impresionante muralla de tres puertas. Es verdad, que está reconstruida. ¿Y, qué?. La de Dubrovnik también y resulta preciosa.

 


        Nunca he estado en contra de restaurar las cosas, sí así, mejoran. Jamas he entendido a los que argumentan lo contrario.

          A la vuelta, por la tarde y no muy lejos de nuestro hotel, encontramos un centro comercial con el supermercado más grande, que hemos visto hasta ahora. Paradójicamente, en el lugar más pequeño -48000 habitantes-,en que hemos estado.

 


        Nos abastecemos generosamente de alcohol, cerveza -bastante baratos en toda China- y viandas diversas.

          Llevamos unas horas pensando, darle un volantazo brusco al viaje en su segunda parte, del que hoy cumplimos la mitad. Dejaremos de ir a Chengdu y Leshan -en este caso una pena- y desde Xi'am iremos volviendo a Shanghái, a través de dos ciudades muy prometedoras como son Kaifeng y la histórica Nanjing, donde hace casi cien años, los japoneses mataron a entre doscientos y trescientos mil civiles y violaron a veinte mil mujeres.

          Como ayer, dormimos de cine en este fantástico y barato hotel.        

De Datong a Pingyao

 

        Como el tren a Pingyao es a las tres de la tarde, apuramos el check out en el hotel de Datong casi hasta mediodía.

          Después, buscamos un Banco de China para cambiar dinero. Tenemos suerte y no tardamos demasiado tiempo en encontrar uno. Pero nos advierten con el traductor, de que al ser una sucursal y no la central, la cosa va para largo. Tras una hora, conseguimos el objetivo, después de que la chica de la caja nos interrogue , sobre si preferimos monedas de plata o renminbi (dinero del pueblo).
  
          Quinto día desde la nevada y salvo en la zona de tiendas y negocios, todo sigue exactamente igual. Me temo, que nos iremos de este país el día 28 y todo seguirá tal cual. Pasamos el resto de la mañana tomando cervezas.

   

      Sobre las dos y tras pasar el control de equipajes , nos vamos a las ventanillas para comprar los billetes de Pingyao a Xi'am para la noche de pasado mañana. De nuevo, no hay nadie y como nos están tocando chicas listas, en un par de minutos conseguimos nuestro objetivo. ¡Esto de los trenes está siendo  mucho más sencillo de lo esperado!

 

        Partimos puntuales y el tren , que es como el de la otra noche, va bastante completo. Pero esto no es India y la gente viaja mucho más tranquila. Las paradas resultan numerosísimas. El paisaje es plano y nevado y solo aparecen montañas tras cruzar un larguísimo túnel. Después de acabar las cervezas me termino durmiendo, sin siquiera comer nada. Aunque hemos descubierto, que en los trenes, que viajan de día sí hay agua caliente para sopas y cafés, que incluso te venden en tu asiento.

          Llegamos solo diez minutos tarde y nos tranquilizamos , al comprobar, que en los algo abruptos y nevados alrededores existen numerosos hoteles, que no parecen muy caros. Preguntamos en un par de ellos, donde nos indican que solo aceptan pasaportes chinos. En un tercero nos solicitan 179 yuanes. Podríamos haber aceptado, pero aguantamos y acabamos encontrando un Oyo -como en Indonesia, Malasia o India-, por tan solo 100 yuanes. En realidad , este hotel es solo para nacionales y debemos dar las gracias al dueño , que hace la visita gorda.
 
          La habitación es grande, luminosa, con cortinas automáticas, wifi, calefacción, baño completo, dos camas, hervidor, televisión. Todo un paraíso  a 11,50 la noche.


          Estamos encantados con los  hoteles en los que nos hemos alojado en China. Por el momento, en cuatro diferentes y con una un media  de gasto de 23€ por noche (Shanghái y Beijing elevan mucho esa cifra)

          En todos hemos tenido camas muy grandes, calefacción suficiente, baño completo en el interior, wifi capado -cosa del gobierno, no de los hosteleros -, amplio escritorio, iluminación suficiente y con gusto y amplio ventanal (salvo en Shanghái).

 

        Además suelen ser habituales determinados extras, que te hacen la vida  más agradable: hervidores de agua para sopas y cafés, zapatillas, té, botellas de agua y productos de aseo -incluido el kit dental-, chanclas para la ducha, secador de pelo, toallitas húmedas, luz en el contorno de los espejos, toallas... Vamos, ¡una auténtica maravilla!.

lunes, 5 de enero de 2026

Datong

 


          La tarde en espera de tomar el tren, desde Beijing hasta Datong se hace bastante larga. El convoy, que parte puntual a la medianoche,es bastante peor, que el que nos trajo aquí desde Shanghái. La parte de la izquierda del vagón tiene tres asientos y la de la derecha dos. No son confortables, pero al menos, no destrozan el cuerpo. El tren va lleno, pero en la siguiente ciudad de nombre impronunciable se baja la mayoría de la gente. Me duermo hasta el destino.

          Son las seis y media de la mañana y la temperatura en las oscuras y nevadas calles es de trece grados bajo cero. Hay muchos hoteles, que no parecen caros, pero deberemos esperar un par de horas, para que no nos cobren esta noche, sino la de mañana.

      De momento , no investigamos más, porque se nos están empezando a congelar los pies y las manos.

 


        Nos colocamos en la estrecha zona de accesos a los andenes, que hay antes de los controles de equipajes, junto a un radiador gigante, sobre el que nos recostamos. Desayunamos sobras.

          A las ocho y media y siendo de día, preguntamos en un par de hoteles, que son tremendamente baratos. Nos quedamos en el 7 days Inn, que junto a Jinjiang Inn, Ibis y Home Inn, son las cadenas más competitivas de China.

          Dos simpáticas jóvenes nos hacen un rápido check in y accedemos a una cama doble, generosa ventana, baño completo, wifi castrado -como todos- y una potente calefacción central, que nos mantiene asfixiados, a casi treinta grados. ¡Vaya contraste con el exterior!.

 


        Nos quitamos, con esfuerzo, todas nuestras capas de ropa y sin querer y sin abrir la cama, nos quedamos dormidos. Cuando nos despertamos son las once menos cuarto. Por cierto: por esta alcoba hemos pagado 118 yuanes (menos de 15€).

          Preguntamos a las chicas de recepción, donde y qué autobús debemos coger para llegar al casco histórico de Datong y nos indican, que  casi enfrente para el número 4 (dos yuanes). No tarda ni cinco minutos en aparecer y sin cambiar de calle, nos deja en nuestro destino en trece minutos. 

 


        Hace sol, pero la temperatura sigue siendo muy baja y  los frecuentes restos de la nevada de hace cuatro días, nos siguen complicando mucho la vida.

          Accedemos por la puerta oeste, a través de una entrada triple de muros. Esa muralla está reconstruida y por tanto, está entera. Tiene 7, 2 kilómetros de perímetro.

          Las calles interiores son más bien avenidas y llenas de tráfico. No vemos casi turistas, ni un solo guiri y muy poquitos chinos. Los principales atractivos se encuentran en el eje este-oeste y son varios templos, torres, una iglesia cristiana, el muro de los nueve dragones, un monasterio, un edificio bellísimo de tejados azules... Por supuesto, además de tiendas y restaurantes. Aunque parecen demasiado pollo para tan poco arroz.

          El eje norte- sur es menos interesante -aunque también lo hacemos- y está plagado de barrizales resbaladizos, procedentes de la mítica nevada . La visita se completa con la fantástica calle peatonal llena de torres chinas.

 


        Nos ha encantado Datong, como ciudad monumental elegante. Mucho más de lo que habíamos imaginado. La visita nos ha llevado más de cuatro horas, antes de volver en el bus cuatro. Por cierto: si no pagas el billete exacto, no te devuelven nada y lo pierdes. Debes echar el dinero en una caja.

          De vuelta y sin haber clientes en las ventanillas, compramos los billetes, a Pingyao para las tres de la tarde de mañana . Llegaremos ya de noche.

domingo, 4 de enero de 2026

Del Templo del Cielo, al viaje a Datong

 


        Nos quedan dos días , en Pekín, uno entero y el otro con los bultos a cuestas, a entretenerlo hasta media noche, hora mágica, en la que partiremos para Datong.

          Madrugamos menos, que ayer y no pisamos las calles hasta las once de la mañana. La mayoría de ellas siguen en un estado lamentable, debido a los demoledores efectos de la nieve. Y eso, que hoy luce el sol y el cielo está azul, como si nada hubiera ocurrido.

 


        Tras comernos un par de helados cada uno para desayunar, nos encaminamos hacia el complejo del Templo del Cielo, que está abarrotado de visitantes nacionales, de nieve y de peligroso hielo, sobre todo, en algunas de las varias escaleras asesinas.

          Hay dos precios: uno más barato para acceder al parque y otro para visitar los demás templos y el resto de edificios religiosos o logísticos. El más famoso es, el que consta  de tres pisos en forma circular y con tejado cónico. Además, existen un grupo de pabellones, en los que se exhiben numerosos restos arqueológicos y escultóricos.

 


        Desde Qianmen es sencillo -hoy no, claro-, acceder hasta el Templo del Cielo y la única dificultad viene, porque se debe retroceder un poco para atravesar por uno de los dos pasos elevados existentes, donde nuestros pies se entierran en la blanca nieve. El camino se lleva a cabo en una media hora. Quizás menos, en un día normal.

          Regresamos y nos empapamos  del barrio de Qianmen, de casi todas sus espléndidas calles y de sus bellos edificios, que suelen ser restaurantes, tiendas y lugares oficiales. Seguimos degustando té y dulces -los primeros exquisitos, los segundos vulgares-, antes de recogernos en el hotel.


          Empieza nuestro último día en Beijing con los deberes hechos. Apuramos nuestros paseos por Qianmen y sobre las dos, tomamos el metro. Debemos hacer seis estaciones, un transbordo y después, otras tantas. A diferencia de Shanghái, aquí se puede pagar con dinero en efectivo y es un alivio.

          Como en 2009, no visitaremos el bonito Palacio de Verano -hemos visto muchas fotos de él-, porque está lejísimos y las combinaciones de metro y otros transportes resultan un auténtico galimatías.

 


        Llegamos a la estación de Fengtai, tan grande y funcional, como fea. Con las ventanillas a medio gas, compramos  sin problemas los billetes para Datong, en asiento duro (51,5 yuanes).

          La zona está llena de restaurantes y tiendas, y a pesar de ser domingo al mediodía, se encuentra  muy animada. Pero aquí, hay bastante más nieve en el asfalto, que en el centro.

Hablar y el dinero, dos cosas trascendentales, en China

 


        China  es el país del mundo en el que más se habla y no solo por parte de la generalidad de los gritones chin@s. Todo objeto o servicio, que se precie, se expresa constantemente: desde la escalera mecánica del metro, a los trenes, pasando por cuando introduces la tarjeta electrónica al ingresar a tu habitación. Caso especial es el de todas las tiendas de lo que sea, que cuentan  con unos altavoces modernos, donde graban mensajes cortos y repetitivos con voces femeninas estridentes y agudas. Y, por supuesto, también hablan los cacharros de control de la policía o de los accesos en las colas de los monumentos, o los robots que sirven comida y hasta un perro mecánico de color gris metálico, que vimos en Pekín. ¡Menudo animalito de compañía!.

          El andar de los chinos es casi siempre en linea recta. Y no tienen ningún problema en llevarte de por medio, si te encuentras en el camino de sus pies.

 


        Una cosa, que hemos visto con la nevada -aunque también lo usaron  con arena y otros materiales moldeables- y que está muy de moda son los moldes. Los hemos visto de casi todo: patos, bolas, conejos, corazones, Mickey Mouse... Desde el día de la nevada habremos observado más de un millón en las calles de Pekín y de Datong y seguiremos contemplándolos, porque las secuelas de la nieve, van para rato.

          Como ya constatamos en 2009, como la mayoría de lus chin@s  no tienen un pie muy grande, las escaleras son más estrechas, que las europeas y para nosotros son una pequeña tortura.

 


        Y, dejó para el final, el tema del dinero. Los chinos son unos maestros  en sacarte los cuartos y no tienen remordimiento o arrepentimiento a la hora de hacerlo.Por ello, salvo los baños públicos y unos escasos templos de culto, todo cuesta dinero. Desde acceder a un parque, hasta visitar un casco histórico habitado, al estilo nepalí. Con la diferencia, de que estos últimos solo controlan uno o dos accesos y de los chinos no te escapas.

           No solo los taponan todos, sino que recurrirán a material forestal o de cualquier otro tipo, que tapen todas las rendijas y no veas nada desde fuera.

 


        Salvo para cosas gordas, los precios no suelen ser muy caros, pero el goteo es tal, que el bolsillo termina bastante resentido. Diez yuanes por aquí, quince por allá, precios distintos en temporada alta y baja... 

          Además, son unos maestros del despiece y por tanto te cobran por partes: un complejo turístico, un monumento o cualquier cosa, que sea divisible (casi todo)

          Imaginemos, que llegan los chinos y compran la catedral de Milán. La rodearían de árboles, matorrales y demás y te cobrarían por visitarla por fuera. Y, ya por dentro, harían varias particiones, cada una con su precio. El ábside 1€, el altar 2€, la portada 3€...

 


        Finalmente, también establecerían  un precio global, pero en ningún caso sería menor, como es habitual en el resto del mundo, a la suma de todas las partes.

          Mis explicaciones pueden ser un poquito exageradas, pero lo expongo así, para que se entienda.