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lunes, 16 de enero de 2017

Paranoias, que solo se remedian, viajando lejos y a menudo

                                                Fotos de Valladolid, en un gélido y luminoso día de enero
          Me siento a escribir. Como otras tantas veces, tengo necesidad de hacerlo. Pero, hoy no dispongo de un mensaje claro a transmitir, lo cual me atormenta. De todas formas, no sé por qué me preocupo tanto. Al fin y al cabo, la mayoría de las vidas de las personas transcurren así, erráticas, alborotadas, sin guión, sin objetivos, sin alma... y tiran para adelante, como si tal cosa.


        Hace algún tiempo, que desde mis felices y convulsos nubarrones mentales, me siento como el protagonista de una de esas películas de culto, que todo el mundo -supuestamente- admira e idolatra en público, pero que a nadie le importa un pimiento, en la realidad.

          Nunca tuve mitos, ni héroes, pero desde mi apasionado, sensible y arraigado corazón de izquierdas y espíritu altamente rockero, debo reconocer, que en mi más tierna infancia y en la adolescencia, cantaba las canciones de José Luis Perales o tenía mi biblia de cabecera nocturna en las ondas de Supergarcía en la Hora Cero. Total, para que el uno y el otro, hoy en día, no ocupen casi ni media página en la wikipdia.

          También, recuerdo mi ciudad, Valladolid, de la que quería huir a toda costa desde los albores de la juventud. Amé el Madrid de los ochenta y de los noventa, del que fui más beneficiario exultante, que partícipe activo y comprometido. Al fin y al cabo, había sido líder en el instituto y tenía mi ego colmado, porque a los que vamos a nuestra bola, nos acaba llenando y vaciando todo o, a veces, nada.

          Los momentos infernales de mi vida -para, que os hagáis una idea-, se resumieron en dos nublados años de cargo directivo de perfil bajo, en una emisora de radio, de Palencia, donde aprendí, como nadie, a sufrir sin tener motivos. Con lo mal, que se me da mentir, tuve que aprender a decir: “a esta ciudad, todos venimos llorando, porque creemos haber caído en desgracia, pero también, nos vamos con lágrimas en los ojos, tras varios años, por la agradable experiencia vivida y por la cordialidad de sus gentes. ¡Paparruchas provincianas de segunda división preferente, como poco!.

          Como quería irme de allí y lo imaginaba, gustosamente, a todas horas, pues me terminaron echando, por aquello, de ten cuidado con lo que deseas. Pero, como la suerte siempre fue mi aliada, encontré mejores ingresos y responsabilidades apetitosas. Es curioso, que en esta apacible etapa de mi vida, sea en la que más vacío he sentido, mentalmente, emocionalmente y espiritualmente, llegando a ser, casi un abúlico zombi (entonces, no existían los numerosos smombies, que hoy pueblan y castigan nuestras ciudades) .

          De allí y tras unos cuantos años, también me largaron, convirtiéndome en uno de los pocos trabajadores, a los que han despedido en dos siglos diferentes (2.000 y 2.009). ¡De algo absurdo e irrelevante, tengo que presumir!.

           De vez en cuando, me encuentro a algunos amig@s del instituto. Siempre son cordiales y escasamente esquivos, aunque no pueden -ni quieren- esconder sus mierdas de vidas. Ya no es como antes: Imposible sacarles una llamada telefónica, un simple whatsapp de quedar bien o un compromiso para tomar unas cañas y vivir viejos tiempos. ¡Porca miseria!. Y eso, que yo sé, que me perdonan haber conquistado a la pareja más molona de la pandilla y que hayamos recorrido mucho más de medio mundo en estas últimas décadas.

          A estas alturas de mi vida, sólo una persona -ahora serán más, al leer esto- sabe, que tengo pasta, todos mis sueños cumplidos -que no, los objetivos- y, que por el contrario, me siento con más temor y vulnerabilidad, que nunca.

          Como, me temía, este es el post más extraño, que he escrito nunca, después de casi cuatrocientos, que tiene este blog. Y lo peor: no sé, como terminarlo. ¡Cuántas veces habré perdido el tiempo leyendo, viendo o escuchando historias tan paranoicas y pueriles, cómo esta!.


          Al menos y como compensación, os dejo unas pocas fotos, de Valladolid -en un luminosos y helador día de enero-, esa ciudad, que tanto odié en mis tiempos imberbes. Tanto, como las camisas de cuadros, que me compraba mi madre, porque decía, que estaban de moda y no había otras en las tiendas.