Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.

sábado, 26 de mayo de 2012

¡Esto es una mierda!

            Llevamos unos días, constatando con sufrimiento, como tiramos el dinero. Al menos, eso nos parece. Pagar 15 €, por transportarnos en la perrera incómoda de un R12, de hace décadas. Abonar 6, por un padecimiento masoquista, al tardar en recorrer 183 kilómetros, 7 horas, en un Mercedes sexagenario. O abonar casi 20, por un hotel sin agua y sin luz, porque no hay otro en el pueblo. Y, desgraciadamente, podría seguir.
Diboli
            En Senegal y Mali, el precio, nunca es un indicativo, del servicio o producto, que se va a recibir. Pero, lo de hoy, ha sido ya casi insuperable. Las cosas ya empezaron mal. Por un lado, la frontera de Diboli es un caos. Nos sellaron dos veces el pasaporte, una de ellas en una hoja en blanco, con las pocas libres que nos quedan.

Por otro, el codiciado autobús grande, a Bamako, no es tal, sino un minibús –muy nuevo-, pero donde han tratado de aprovechar el espacio al máximo, colocando cinco asientos, donde sólo caben cuatro, por lo que la incomodidad es manifiesta, para un viaje tan largo. Salimos puntuales, pero de camino a Kayes, padecemos dos severos controles policiales, aunque educados.  

            Kayes tiene pinta de ciudad casi normal: está bien iluminada y se halla junto a un ancho río. Tras la cena, el conductor nos vuelve a deleitar con su sonora, estridente e insoportable música. Más que chóferes, parecen patrones y los lugareños lo asumen como tal: paran cuando ellos tiene ganas de comer y de orinar o machacan los tímpanos de los pasajeros, con vídeos, radios o casetres, como en este caso. La carretera es regular, pero la conducción, se desarrolla con magistral pericia, esquivando la mayoría de los baches.

Cuando intentamos dormir, algo en el motor, empieza a sonar mal. Como además del volante, son expertos en mecánica, en diez minutos ya ha decidido, que la dinamo está rota y que nada más puede hacer. Sin comunicar nada, se echa a dormir. No hay lugar para la controversia. Los pasajeros están acostumbrados, a ser tratados como animales y lo aceptan,
                                                                Diboli
Son las 12 de la noche y el interior del vehículo está oscuro. Sólo se ven linternas y furtivas sombras desplazándose, en una escena que aterrorizaría a cualquier blanquito, sin experiencia en el continente. Se trata de meriendas de negros, entre viajeros y lugareños de Konia KAri –pequeño pueblo, donde hemos parado-, mientras hay motos que van y vienen y que terminan, cuando los primeros se acoplan de cualquier manera, sobre el suelo del arcén y terrenos colindantes. Unos sobre esterillas, aunque la mayoría, así, tal cual. Conseguimos dormir un par de horas, pero nosotros, dentro del vehículo, ¡no nos vaya a picar o morder algo!.

La actividad vuelve, sobre las siete de la mañana, cuando sacamos toda nuestra artillería de protesta. A nosotros y a otros lugareños, que se salen del redil, nos buscan una solución. El resto quedaron allí tirados y nunca supimos, nada más de ellos.

Sin comerlo ni beberlo, nos vemos de nuevo en un maldito microbús sobreocupado. Salimos, sí, pero resulta de toda forma insoportable. La carretera empeora y el paisaje resulta, como si siempre pasaran la misma instantánea por delante de tus ojos.

Lentamente, van pasando las horas y el calor aumenta. Parada para comer. Otra vez y ya van dos días, bocadillos de tortilla francesa. Y a echarle un rato en cada pueblo, mientras sube y baja el pasaje. Al menos, hay muchos más vendedores que en Senegal, que te surten de agua, fruta o dulces. A 20 kilómetros del destino, un pinchazo. Hemos tenido avería, en los tres últimos transportes, que hemos abordado.
Diboli
Ya sólo nos queda sobrepasar, más de diez controles militares –con unos tanques incluidos- y escuchar ráfagas, que parecen de metralleta. ¿Pasara algo aquí?. No sé. ¡Como siempre venimos desinformados!.

Exhaustos, nos ponemos a buscar hotel, que encontramos en cinco minutos, gracias a un vendedor callejero. Es barato, escasamente visible y el único de la zona. Es noche cerrada y nuestro ángel de la guarda africano, ha aparecido cuando más lo necesitábamos. Aunque, esta vez no hemos encontrado ningún chiringuito de cervezas frescas, como hubiera sido lo suyo. Casi, ni de agua. Aunque sumes todos los contratiempos vividos a lo largo del día, los de aquí te dirán, que todo se reduce, a un “petit problem”.