2008 fue el año de nuestras excedencias, que aprovechamos para viajar con constancia, aunque no tanto, como en 2011 o 2024.
Llevamos a cabo dos viajes largos. Uno por Sudamérica, Centroamérica y México y otro por ocho países del Sudeste Asiatico. Además, dos de duración media por Túnez y Turquía.
En nuestras vidas solo hemos sufrido dos cancelaciones aéreas y la segunda ocurrió el mismo día de inicio del confinamiento por la pandemia. La primera sucedió volviendo de Estambul, el día de la fiesta nacional turca.
Desde el viejo aeropuerto de la ciudad otomana -hoy ya no existe-, tomamos un matutino vuelo con Alitalia, a Roma, con toda normalidad. Nos quedaban seis horas por delante de escala, para volver a Madrid.
Nos compramos una botella de Martini de litro en el Duty Free y la vaciamos en los baños en una de Fanta, para mayor comodidad y discreción. De repente, todas nuestras alarmas saltaron, al escuchar por la megafonía la palabra "sciopero".
No sabemos más italiano, que el de andar por casa, pero conocíamos el término, al haber sufrido una huelga muy exitosa de vaporettos, en Venecia, años antes.
Todos nuestros temores confirmados. Un paro salvaje de los pilotos de Alitalia había sembrado el caos en Fiumicino. Paralelamente -lo supimos después - en Ciampino había habido un accidente entre un avión y un pájaro y habían cerrado el otro aeropuerto de Roma, para más descontrol en la Ciudad Eterna.
Nos comunicaron tres o cuatro horas de retraso. Pasadas cinco, nos notificaron la cancelación definitiva del vuelo. Debíamos recoger el equipaje, abandonar la zona de tránsito y buscarnos la vida. Yo aun tenía unos días de margen, pero mi pareja trabajaba al día siguiente.
Fuera, en el vestíbulo, un solo mostrador de Alitalia abierto, con una cola de más de trescientos metros dando vueltas. ¡No llegaríamos nunca!. Otra vez. ¡Atrapados!.
Fuimos hábiles. Nos hicimos los encontradizos con dos hermanas, ubicadas a unos cincuenta metros del mostrador y les pedimos, si nos dejaban ponernos con ellas, a lo que respondieron, que sí. Nadie de la cola se quejó, ni advirtió la maniobra, aunque la tensión fue creciendo en general, con escenas de violencia mientras la escasa policía se dedicaba a observar, sin intervenir.
Como en todas las situaciones complicadas se hacen amistades, que parecen de toda la vida y que se esfuman al día siguiente.
Al final y con mucha incertidumbre, conseguimos dos asientos en un vuelo de Iberia para las cuatro de la tarde de la jornada venidera, una noche de hotel cuatro estrellas, rica cena y copioso desayuno.
Tuvimos mucha suerte, porque más de dos terceras partes de la fila se quedaron de momento sin alternativa aérea y más aún, sin hotel, debiendo pernoctar en el suelo o las cintas del aeropuerto.
A la mañana siguiente aún seguía el caos, agrandado por los pasajeros venidos desde Ciampino. Nosotros salimos puntuales, aplaudiendo fuertemente al piloto de Iberia y desconociendo, como arregló la mayoría de la gente sus problemas.
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