Si hay un sitio, donde hayamos sido más largamente atrapados y engañados -con permiso del menos beligerante Johannesburgo-, ese ha sido Cartagena de Indias, en 2008. Afortunadamente, hacia muy buen tiempo y eso nos ayudó, a sobrellevarlo.
Fue una etapa más, de ese primer viaje largo, que nos condujo desde Río a Patagonia y desde ahí a México, por la Panamericana. ¡Toda una aventura, afortunadamente controlada!.
Veníamos de Medellín, en un viaje muy accidentado, con el aire acondicionado a tope y con un conductor desquiciado, déspota y constantemente amenazante. Llegamos ocho horas tarde, porque a él le dió la gana, después de haber dejado atrás las estatuas de Botero y a los numerosos niños esnifando pegamento, como sino hubiera un mañana, en Medellín.
Agradecimos bajar del autobús, antes de mandar a ese insensible tipo a la mierda. Pero pronto nos sentimos agobiados por el insoportable calor y la persistente humedad.
De camino al centro nos esperaba una humeante plancha de carnes y salchichas, que llevaba escrito en su soporte la palabra "cagalera", pero que no supimos ver. El resultado fue dos días agarrados a la taza del wáter.
Cartagena de Indias y sus alrededores son un sitio chulísimo, el ambiente es amable -aunque hay, que mantener cautela constante- y las chicas son preciosas. ¡Otra cosa es la comida, que a nosotros el arroz de coco y otras cosas no nos van demasiado!.
Nuestra intención no era otra, que llegar a Panamá, pero entonces -no sé ahora -, resultaba bastante complicado.
Las opciones pasaban por volar a precios desorbitados -casi 300€-, por buscar un convoy, que atravesará el tapón del Darien, lleno de minas, guerrilleros y mosquitos malariosos o por embarcarse en un velero para guiris -con salidas inciertas- de casi una semana de duración. Hasta valoramos -desesperados y después de que un lugareño nos quisiera estafar-, enrolarnos en un carguero y pagarnos el billete trabajando. Las autoridades portuarias nos quitaron esa idea de la cabeza, afortunadamente.
Parecía el día de la marmota, durante una larga semana. Todas las mañanas al puerto, al ciber -no había móviles inteligentes - y vuelta con la cabeza gacha al hotel, a pagar una noche más y a escuchar a la recepcionista vacilándonos sonriente: "¿Qué, hoy tampoco, no?".
Finalmente y gracias a un tipo apellidado Palencia y a cambio de 300 dólares cada uno, conseguimos partir en un crucero de bandera sueca -marino con novia colombiana y perfecto español-, junto a una extraña pareja japonesa y Catherine, una inglesa, que había vendido hasta su alma -casa incluida-, por lograr su libertad.
Fue una de las experiencias más alucinantes de nuestras vidas con susto incluido, al entrar una avalancha de agua en nuestro camarote, durante una de las noches.






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