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lunes, 5 de noviembre de 2012

Tbilisi: emerge-desemergente

Todos las fotos de este post son de Tbilisi, menos la última, que es de la cercana, Mtskheta
            En materia monumental y de extraordinarias vistas desde sitios elevados, Tbilisi nos recompensa con mucho más de lo esperado. Es la ventaja –prácticamente, la única- de viajar sin guía, sin información y tan sólo con un poco detallado plano, que nos dieron en la oficina de turismo de Kutaísi. La de aquí, no sabemos si ha cerrado o la han trasladado a otro enigmático lugar. Los propios lugareños se debaten, entre ambas versiones.
 
            Tbilisi es una ciudad emerge-desemergente, que crece y se destruye a su propio ritmo y antojo, como las flores y la maleza, en las eclosiones estacionales. Lo habitual y en las dos zonas céntricas –donde nos alojamos y la oficial, cruzando el río-, son las baldosas levantadas y esparcidas, las eternas vallas oxidadas y retorcidas, protegiendo no se sabe qué, las aceras sin acera, las recalcitrantes humedades, las iglesias en distinto estado de conservación y mantenimiento y otras tantas cosas –como la ausencia de semáforos y educación vial básica-, que desaniman al sufrido viajero. ¡No es muy recomendable para aquellos, que vengan buscando paz!.

            Rebuscando con paciencia y esmero, se descubre el Tbilisi en expansión, en la zona musulmana, donde reconstruyen la mezquita y los bonitos hamanes –que se encuentran al lado de la magnifica fortaleza y un conjunto de iglesias, casi iguales-, además del moderno y sorprendente puente de acero, que da cobertura a un original parque, donde un enorme cilindro volcado y otro en construcción, darán vida a algo, que nosotros no sabemos, que es.

            En lo alto del cerro, desde donde se contemplan estas magníficas vistas y otras, los turistas nos asombramos y hacemos fotos, mientras las jóvenes parejas locales y con espontánea timidez, al ver a alguien en sus dominios, se comen a besos o se meten mano, hasta los higaditos

            La principal y ajetreada calle comercial, se llama Rustaveli. La paz no llega, ni a las anchas aceras, mientras por la calzada, decenas de alocados conductores, celebran con los cláxones,  retratos de su líder y banderas azules, en cuyo interior está el número 41, la victoria de su partido, en las elecciones generales, de hace un par de días ¡Trabajo no le va a faltar, al nuevo equipo de gobierno!. De momento y como asunto urgente, dar a esta maravillosa ciudad, un aspecto más equilibrado y civilizado.

           En Rustaveli street, se encuentran también, varios edificios oficiales o destinados a la cultura, incluido el Parlamento, un mamotreto horrible, de la más pura factoría soviética. Desconocemos, si aún siguen vendiéndolo, al mejor postor, como hemos leído en algún relato, ocurrió el año pasado.


Las horas pasan, empieza a llover y todo se complica, aún más.


            Nuestros planes posteriores pasan, por ir a Mtskheta y a Sihhnaghi. El primer lugar, nos resulta maravilloso. La idea de acercarnos hasta el segundo, la abandonamos, en plena estación de cacharros, de Tbilisi, al solicitarnos demasiado dinero o mandarnos a otra terminal, a más de 10 kilómetros de distancia. Partiremos rumbo a Yerevan, en tren.