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lunes, 26 de diciembre de 2016

Aguas pacíficas en el cabo y bravas en el desierto (lo nunca visto)

                                                           Esta y las tres siguientes son, de San José (Almeríoa) 
         Las dos grandes joyas naturales de la provincia de Almería, son el Parque Nacional del Cabo de Gata y el desierto de Tabernas. Como no primaba el baño o el buceo -aficiones, que amo-, dado que estamos a finales del otoño, decidimos explorar San José y sus alrededores, para hacer algunos trekking. Pero las posibilidades en esta maravillosa zona son innumerables (no las voy a exponer, porque no las conozco todas, aunque si voy a dar unas pocas).

          A este pueblecito -tiene oficina de turismo abierta en esta época, a pesar de encontrarse desierto-, te lleva la empresa de autobuses, Bernardo (servicios relativamente frecuentes para ser temporada baja). Habíamos decidido, llevar a cabo el sendero de los acantilados altos, que lleva desde San José, al pozo del Fraile, a través de Los Escullos Consta de 18 kilómetros y es circular. A la vuelta, haríamos el camino de las calas, que bordea el pueblo.


          Existen otras dos posibilidades, que no teníamos previstas: las playas de los genoveses y Monsul y el sendero a la torre vigía de la Vela Blanca, de unos seis kilómetros, del que en turismo no nos saben informar. Desde Rodalquilar -a unos quince kilómetros- se puede ir hasta Las Negras, con una distancia similar al plan anterior.
Esta y las tres siguientes son, del desierto de Tabernas (Almería)
          Pero, la vida es dura en la naturaleza y tenemos, que cambiar de planes. Iniciamos el camino a Los Escullos por una senda embarrada, en la que se hunden nuestras botas de montaña. Después, abordamos la exigente subida -casi en vertical- e iniciamos el impracticable camino y no nos damos la vuelta hasta haber hecho más de la mitad. ¡No podemos más y debemos darnos la vuelta, dado que estamos arriesgando demasiado nuestra integridad física!. Las vistas, tampoco son magníficas, porque estamos muy altos y los despeñaderos están más adentro, que la propia senda. La niebla tampoco ayuda.

          Deja de llover y nos dirigimos a la bella playa de Los Genoveses, por un camino sencillo -se inicia en un molino de viento- plagado de pitas y chumberas. Un agradable paseo, que nos abre el apetito.

          Cae otra tromba de agua, que nos paraliza una hora. La tarde la completamos con la visita a las numerosas calas de este enclave. Muy bonitas playas de arena oscura, debajo de una carretera curvilínea y sinuosa y enclaustradas entre escarpados acantilados. ¡Lástima de que las negras nubes impidan contemplar la puesta de sol, que prometía bastante.

          No existe forma posible de llegar en transporte público compartido, entre Tabernas y el desierto. El bus, que viene desde Almería, no para en la puerta del Mini Hollywood, que sepamos. Aunque si lo hiciera, habría que llevar a cabo la excursión con el equipaje a cuestas. Por tanto, la única forma de acceder al inicio del trekking del desierto -PRA 269-, consiste en tomar un taxi (8 euros ida y otros tantos, la vuelta). No intentéis ir andando por la carretera, porque tiene mucho tráfico y poco arcén.

          El Mini Hollywood es un horrrible parque temático, reconversión cara de los decorados donde se rodaron las películas del oeste en los 60, que yo vi gratis en el 77, cuando estaba medio abandonado. Hoy cuesta 22 euros -33 con buffet libre- y ofrece simulaciones y varias escenas del westerm tradicional y del espagueti westerm. Puede ser un buen plan para niños, pero nada más y afea bastante el paisaje. Haciendo sinergías, han arropado la cosa con un festival sobre el género, en octubre, que según nos dijo el taxista -camellero hace un par de décadas-, el año pasado atrajo, a 6.500 personas.

          A la izquierda del parque temático, parte el sendero, que ofrece dos versiones: la larga -14 kilómetros- y la corta, que recorre cinco menos. Empiezan y terminan en el mismo punto y la diferencia está en un tramo central, siendo en ambos casos circular.

          Los paisajes deben ser espectaculares, ya en seco y no os digo nada, viendo por primera vez en nuestras vidas -y ya peinamos canas hace rato- un desierto inundado y con corrientes de agua embravecidas y descontroladas.

          Llueve, aunque no mucho. Iniciamos la bajada por un camino cercado y salteado de puentes de madera. Después y como si se tratara de la selva vietnamita, continuamos por un pequeño sendero anegado y cubierto de vegetación exuberante para la que casi, necesitamos machetes (menos mal, que al menos, no hay bichos). Comienza la rambla. En condiciones normales no es exigente, pero hoy sí, porque hay zonas donde el agua llega por encima de los tobillos y el barro nos desestabiliza, a cada rato, padeciendo riesgo de caída fatal.

          Teníamos previsto llevar a cabo el camino corto -el otro, no ofrece mucho más interés-, pero como la ruta no está bien señalizada y el cielo se va poniendo más negro, una vez hemos hecho ya más de la mitad de la senda, decidimos volver por el mismo camino. Resulta un suertudo acierto, porque al poco, comenzó a diluviar y no lo dejaría en 20 horas.


          Por la noche y, afortunadamente en el hotel, rayos truenos, centellas y hasta la furia de Gargamel -el de los Pitufos, para los más jóven@s-, nos dejaron a ratos sin luz. ¡Quién dijo, que hay que salir de España, para vivir experiencias únicas y casi, indescriptibles!.