Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.

sábado, 3 de enero de 2026

Internet: la otra gran muralla china

  


        Antes de partir para China leíamos en muchos comentarios de los hoteles, que el wifi funciona bastante mal en la mayoría de ellos. Esta afirmación es un gran error, porque lo que carbura mal en China no son los esmerados hosteleros, sino su tirano gobierno.

          Vayamos por partes. Como ya dijimos en otro post, al aterrizar en Shanghái, quisimos comprar una SIM local. Nos parecieron caras y decidimos esperar a la ciudad, pero en ella no encontramos ninguna. Nos arrepentiríamos de nuestra decisión, pero ahora estamos tan contentos, por lo que explicaremos más adelante.

          Nuestro primer wifi lo tuvimos en el hotel de Shanghái y efectivamente, parecía no ir bien. No nos dejaba hacer búsquedas en Google, ni entrar en el correo -gmail-, ni acceder al Whatsapp, entre otros bastantes  sitios. Pero si nos permitía manejar la mayoría de aplicaciones -trabber, Spotify, app de trenes chinos- y hacer rastreos por internet desde webs favoritas. Podíamos entrar en el Diario.es, el Plural, el Norte de Castilla y el As, aunque no en el País.

   


      Dejamos el buscador de Google y tiramos de un favorito cualquiera. Empezamos a meter palabras escritas  al azar y siempre se nos redireccionaba a un buscador chino, llamado Sogou.

          Evidentemente, nunca nos llevaba a donde queríamos, porque la herramienta no está preparada para encontrar cosas en español.

          Nos pareció todo rarísimo, hasta que recordamos un encuentro en Esaouira con unos españoles, que habían viajado a Cuba y les había pasado algo parecido. Eso, que ocurre allí, es lo mismo, que pasa aquí: censura por parte gubernamental de lo que les de la gana. A ellos, el problema se lo resolvieron los propios habitantes de la isla con un cambio  de VPN, pero nosotros no tenemos ni idea, de como se hace eso y si aquí es posible. Después de haber vuelto a España hemos descubierto, que la autoridades chinas también tienen este tema controlado.

 


        Con los contenidos censurados, el problema no es de los wifis hoteleros. Probablemente y habiendo comprado una SIM con número chino, nos hubiera pasado exactamente lo mismo y habríamos tirado el dinero y la paciencia.

          Nos pusimos a investigar con nuestros escasos medios y descubrimos, que todas las variantes de Google -maps, blogger, Gmail...- están castradas y bloqueadas. Podrías entrar con los datos móviles de tu teléfono español, pero la ruina sería segura. También está prohibido WhatsApp y las redes sociales, X, Facebook, Instagram y YouTube, además de muchos medios de comunicación internacionales.

   


      Booking funciona a medias. Te deja hacer búsquedas, pero para reservar debes tener un teléfono chino y un correo, que no sea Gmail, porque te mandan una verificación, que no puedes abrir.

          Buscamos en Sogou Google, que sale bloqueado. Solo deja clicar en el dominio de Hong Kong, pero cuando lo pinchas, da error. Si pones Yahoo, te indican, que está bloqueado desde 2021.

          ¿Y que estamos haciendo?. Lo que podemos, que no es otra cosa, que un viaje semi analógico ayudados por aplicaciones locales. Tienes el Booking a medio gas para buscar alojamiento, pero reservando in situ y las agencias locales  para posibles tours por la zona (escasas en Shanghái, frecuentes en Pekín). Con los vuelos internos ya no trabajan. Para horarios y precios de trenes, nos valemos de una utilísima aplicación llamada 12306. Pero eso sí, hay que llevarse todos estos recursos descargados desde casa.

          Nunca habíamos tenido un problema parecido en ningún país del mundo y lo peor es, que no veníamos preparados para ello, ni plan B. Evidentemente, durante nuestra estancia en China, no hemos podido subie videos o contenidos al blog.

viernes, 2 de enero de 2026

Templos, Navidad china y a Beijing

   

      Los chinos son muy pesados e inflexibles. Basta estar en el acceso de una visita turística para que un anuncio grabado te repita un mensaje corto - en chino, claro-, constantemente. O vas al banco a cambiar dinero y sin haber más clientes, tardan más de media hora en hacer el canje, porque reiteran los mismos procedimientos absurdos veinte veces (te hacen hasta una foto).
   
          Pero, eso sí. Hay, que reconocerles un espíritu práctico muy agudo. Aunque a veces nos parezca raro algo, porque no estamos acostumbrados, al final reconoces, que lo hacen mejor, que nosotros.
 
          Es el caso de la impecable gestión de las colas, de los traductores telefónicos de la policía y de la rapidez en la gestión de la nevada, que aún estaba por venir.

 

        Llega nuestro último día en Shanghái -nublado- pero no vamos a perder el tiempo. Llevamos a cabo el check out del hotel y nos toca estar todo el día con los bultos a cuestas. Arrancamos por un bonito y pacífico canal con edificios de aluvión. Después, una sucesión de eternas e inexpugnables avenidas nos llevan hasta el magnífico templo del Buda de Jade. Uno de los más bonitos, que hemos visto en China -no hay tantos, porque fueron destruidos- y ademas, -rarisimo-, es gratis.

          Nos vamos camino de otro santuario  y aparece un Aldi, que es lo más similar hasta ahora, que hemos visto a un supermercado europeo. Compramos varios perecederos a punto de caducar, con un 30% de descuento.

 

        El trayecto está plagado de centros comerciales con música y adornos navideños, donde se ubican la mayoría de las tiendas internacionales. Salvo esto, no hemos visto mucho ambiente de Pascua. Si, algunas luces -a veces, junto a farolillos- que tiene pinta, que están puestas todo el año. El templo Jiang 'An por fuera es bonito y está situado junto a un animado barrio con algunas calles peatonales y un extraordinario mercado con degustaciones de comida y dulces.

          No entramos. En China para compras en general  y pagar se utiliza Alipay y debes tener cuenta en el país. Y, para adquirir las entradas a monumentos, se usa una aplicación, llamada webchat, que solo está en su idioma y  debes tener un padrino chino. No se muestran muy ilusionados por ayudarte. Ellos siempre a lo suyo, porque para cuatro guiris, que visitamos el país...

          Estamos andando, como tontos  y vamos ya  por los cuarenta y cinco mil pasos. Cuando llegamos a la calle peatonal ya está anocheciendo. Gran decepción en el Bund, porque la antena de la televisión no está iluminada.


          A la estación de tren vamos en el metro. Son solo tres paradas. Flipamos, al darnos cuenta, de que estamos accediendo  por la boca número 20 de la Plaza del Pueblo. ¡Aquí, no todo a lo grande, sino a lo enorme!

          El acceso al tren se hace, como sigue: pasas el billete por el lector del torno -como en el aeropuerto - y te dan acceso. Los extranjeros, sin ID china, debemos hacerlo manualmente. Después, control de equipajes no muy exigente. Las pantallas te redirigen  a tu número de sala de espera -hay tropecientas- y allí aguardas a qué nuevamente, te lea una máquina, el billete y tú DNI o pasaporte (los guiris, de nuevo, manualmente).

jueves, 1 de enero de 2026

Día de objetivos cumplidos, en Shanghái

 


         Si. Una vez más, se obró el milagro, cuando ya nos habíamos rendido. Volviendo por la misma calle y con resignación, aparece de la nada un discreto, pero efectivo hotel, donde solo nos piden 198 yuanes. Ni lo dudamos.

          La habitación resulta perfecta, con dos camas, baño propio con agua caliente, televisión, hervidor de agua para sopas e infusiones y wifi (ya hablaremos de este apartado en un post posterior, porque aquí la censura es brutal e indisimulada), además de todos los artículos de aseo necesarios. Y, sin cruzar la calle siquiera, un super muy bien abastecido.

 


        Nuestro primer día en China no ha sido indiferente, a pesar de haber estado hace tiempo. Nada nuevo, pero sí, resurgimiento de recuerdos: el apestoso olor de la comida más tradicional y básica -te vas acostumbrando con el paso de los dias a esos calduverios-: los omnipresentes baños públicos gratuitos y limpios por todas partes; las hileras de plástico duro, que hacen de puerta móvil en los negocios -molestos, pero efectivos -; el constante griterío con megáfonos y sin ellos; el que te cobren por todo, aunque a veces sean cantidades ridículas hasta por lo más absurdo.

          Comienza nuestro segundo día en Shanghái y nuevamente, hace sol, astro, que no vimos en todo nuestro primer viaje. Nuestros objetivos para hoy son más modestos: recorrer entera la calle peatonal, abarcar el larguísimo Bund y encontrar la estación de trenes para comprar los billetes a Beijing, para mañana por la noche, si no están los convoyes  completos.

 


        Lo primero es muy sencillo, aunque es peatonal a medias, porque las calles, que lo cruzan son una locura de tráfico, sobre todo de las malditas e irrespetuosas motos eléctricas, , que tanto estrés y peligro nos  generan.

          En el Bund no circula tráfico alguno y por eso es una gozada. Al otro lado del río se divisan numerosos edificios de altura, capitaneados por la famosa torre de comunicación (la Perla de Oriente). Son veinte kilómetros de paseo, hacia un lado y el otro. Para la izquierda, el camino es bonito, atractivo y corto. Para la derecha, es eterno, finaliza con un puente y con los antiguos pabellones de la Expo del Agua de 2010, hasta los que no llegamos, a pesar de intentarlo.

 


        Y lo de los billetes, pues como siempre, en el alambre. Nervios al principio, porque queremos reservar con poco tiempo y porque aquí viaja mucha gente. Luego, pánico, al constatar el salvaje caos de tráfico en los alrededores de la estación principal.

   


      Y, finalmente, regocijo brutal al ver, que en la terminal no hay casi nadie, que si nos atienden en inglés - te mandan a la ventanilla del anglofon@-, que tenemos todas las plazas, que queramos y que podemos pagar con tarjeta (solo en determinadas taquillas).

          Así, que anocheciendo -son las cinco de la tarde- y eufóricos volveremos al hotel, a darnos a la cerveza y a lo que haga falta.

El feliz reencuentro con Shanghái


           Son las nueve de la mañana, cuando descendemos del metro en la estación de Nanjing East, situada en la mitad de la calle peatonal más famosa del centro de Shanghái. Poco ha cambiado aquí en diecisiete años, aunque evidentemente si, algunos negocios hoy en auge. Ni más, ni menos, que cuatro tiendas de White Rabbit y una enorme de M&M's, donde se venden más complementos imaginativos de la marca, que las propias y famosas pastillas de chocolate.

          Toca organizarse, como siempre, que llegamos a un país (nuevo o no). Preguntamos en el primer hotel y quedamos muy sorprendidos: nos escriben, 116 yuanes la doble, precio casi imposible. Nos vamos corriendo al Banco de China -mejor tasa de todos, siendo casi la oficial -, ubicado en la Plaza del Pueblo. Y cuando volvemos, ya se han arrepentido, más bien, el empleado se había equivocado y son 650. ¡Bajonazo!

 


        Seguimos buscando en otros de la zona y en el más económico nos piden 300 (de ahí, hasta 2500).

          Decidimos, marcharnos al famoso barrio de los jardines Yu Yu An y nos equivocamos estrepitosamente de camino, haciéndolo mucho más largo. Son bastante históricas nuestras carajas y cagadas, durante los primeros días de viaje.

          Tampoco ha cambiado mucho este turístico barrio, aunque se echa de menos al Snack Temple, ese glorioso restaurante, donde mejor hemos comido en China. Ahora, hay un patio de comidas más vulgares y grasientas (mucho rebozado).

 


        Mucho turismo interior y escasos guiris, en esta zona antigua de casas de madera con tejados chinos, el absorbente y fantástico lago, un par de interesantes templos y decenas de tiendas de casi todo para los visitantes, animados por los gritos agudos de sus dependientas y con músicas estridentes y achinadas.

          Regresamos y nos topamos con la primera tienda de alcohol y cervezas, a precios de risa. ¡Otro asunto solucionado!. Comemos algo.


          Para sorpresa de muchos, Shanghái es una ciudad peligrosa, porque abundan las bicicletas y sobre todo los coches y las motos eléctricas. Estás suponen el mayor y grave problema de la ciudad, dado que se saltan todas las normas de tráfico, no respetando los semáforos, los cruces, las direcciones y circulando a gran velocidad a través de las aceras.

        Otros agobios proviene de los anchisimos y constantes cruces y de la duración de los semáforos en rojo, que llegan hasta los cuatro minutos. Sin embargo, parecen haber mejorado mucho en materia de contaminación y accesibilidad, con todas las escaleras señalizadas con franjas amarillas.


          Queremos llegar andando hasta la alejada estación de trenes, cruzando el río, pero a mitad de camino estamos muy cansados, no hay hoteles por aquí y las aceras son estrechas e irregulares. Con mucho pesar, por tener, que deshacer el camino, para alojarnos en el hotel de 300 del centro. Pero como otras tantas veces, Dios se nos termina apareciendo.

Aterrizando tras casi catorce horas y entrando en China

 

        Nuestro primer viaje a China, en 2009, fue tan fascinante, como duro en sus preparativos. Trato muy difícil con webs, portales y compañías aéreas nacionales y sobre todo,  la consecución del visado -35€, dos entradas -, más los gastos de cuatro viajes en tren, a Madrid y dos noches de hotel para entregar la documentación y recoger la puñetera pegatina.

          La segunda ocasión, hace ocho años resultó estresante. Más de tres horas de cola en el tránsito  de Shanghái, para lograr un permiso de 72 horas. Veníamos  de Taiwán con una compañía china y debíamos salir para tomar el vuelo de Iberia a la capital de España.

 

        Hoy, con la exención de visado para 30 días, está siendo todo coser y cantar.

          En el vuelo de Air France nos han entregado un sencillo cuestionario, que desde noviembre pasado, también se puede cumplimentar por internet, previamente, al viaje. No hay demasiada cola y la máquina de control de pasaportes nos ha atendido en español: cuatro dedos de la mano izquierda, después los de la derecha y juntos  los dos pulgares. Sello pequeño y ¡para adentro!.

 

        Enseguida, nos están asediando los vendedores de tarjetas SIM locales, wifi de bolsillo y demás. Tiran a caras y decidimos, que esperaremos a llegar al centro para comprar una, a pesar de que en el último viaje a India, solo las vimos en los aeropuertos y no en todos.

          Hoy toca dormir en esta terminal 1 de Pudong, porque son las ocho de la tarde y no tenemos ningún hotel reservado, porque no hemos querido arriesgarnos. Cuando amanezca, cogeremos la linea 2 del metro -solo siete yuanes-, que en menos de una hora nos dejará en pleno centro de la ciudad. Este tramo no existía, en 2009. Investigamos, si este eficiente transporte público se puede pagar con tarjeta de crédito y nos indican, que sí, colocándola en los propios tornos, a la salida y a la llegada.

 

        La consecuencia directa de esto es, que no cambiaremos un solo euro aquí, porque solo está el carero SPD, que ofrece una tasa horrible y además, cobra comisión.

          El aeropuerto de Pudong es un magnífico lugar para pasar la noche, porque todo son facilidades y comodidades. Nadie te pregunta por nada -como casi siempre en China- y para dormir existen numerosos sofás sin respaldo y si están llenos -cosa habitual- te tiras al suelo sin molestias.

 

        Pero no todo son buenas noticias, porque no hemos conseguido conectarnos al wifi aeroportuario. Debes meter el pasaporte en una máquina, que te entrega un código, pero a nosotros no nos ha funcionado. Así, que no podemos reservar hotel para mañana. Iremos a la aventura, como otras tantas veces.

          Es la tercera noche sin alojamiento, tras la de Barajas y el vuelo largo, pero a pesar de eso, dormimos genial, después de haber  cenado los restos de las comidas aéreas.