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jueves, 2 de febrero de 2017

Potes: una joya escondida

                                                  Todas las fotos de este post son, de Potes (Asturias)
          Como ya dije en otro artículo de este blog, Potes y la comarca de Liébana, eran objetivos largamente perseguidos desde hace tiempo, pero bien por pereza o porque nunca nos pillaban de paso, fueron cayendo en saco roto, durante años. Al fin, hemos cumplido nuestro anhelado deseo y quedado gratamente satisfechos de ambos lugares. En este post, hablamos de Potes y en el siguiente, del monasterio de Liébana y de la ruta de las ermitas.

          Si se procede de la zona oriental de Cantabria, arribar a Potes supone entrar en Asturias, a través de la localidad, de Panes, para retornar a la región cántabra, disfrutando de un delicioso aperitivo paisajístico: el maravilloso desfiladero de Hermida, que discurre junto a un pequeño y serpenteante río, en esta época, sin mucha agua. Creo, que conducir por esta carretera en días de lluvia, temporal de nieve o incluso, en noches de luna nueva, debe encoger el corazón a la mayoría de los mortales.

          Decir, que en vehículo particular, a Potes y al área más cercana de la comarca de Liébana, se puede ir y volver en el día, desde Santander o Torrelavega, siempre que sólo se visite el santuario y no se lleve a cabo la maravillosa ruta de las ermitas, escarpada y cercana a este monasterio. Pero, si se está medianamente en forma y la senda no se halla muy embarrada, merece la pena hacerla, sin duda.

          En transporte público este plan resulta imposible, dado que los autobuses son poco frecuentes -los ofrece la empresa Palomera- y además, parece poco probable, casar bien, la ida y la vuelta. Esto, sin embargo, posibilita una soberana ventaja: pasear de noche por esta localidad o tomar algo en una de las terrazas, junto al río, se convierte en una de las experiencias más agradables y reconfortantes, que se pueden vivir en esta región norteña.

          La desventaja principal y casi única, reside en que los alojamientos en el pueblo son realmente caros y en esta época -como ocurre con muchos restaurantes y otros negocios turísticos-, la mayoría se encuentran hibernando. Una muy buena alternativa, tampoco económica, consiste en alojarse, en Ojedo, dos kilómetros más atrás, que esta conectada, con Potes, por una accesible, aunque angosta acera.

          La oferta gastronómica es variada y barata, incluyendo muchas especialidades gastronómicas regionales o de la propia comarca, como el cocido lebaniego (yo prefiero el montañés, aunque es cuestión de gustos). Destacan los orujos de la zona, de gran fama y aceptación y de sabores tan variados, que algunos resultan inimaginables (por ejemplo, de mojito, como si viniera del mismísimo malecón, de la Habana, distribuido por empresas, como Sierra del Oso, entre otras).

          El pueblo, de poco más de mil habitantes y cuyo mercado se celebra los lunes -se vende rica quesada, chorizo picante o quesos de la zona, como el picón-, concentra sus mayores atractivos a ambos lados del río -separados por tres puentes pétreos-, esparcidos por callejuelas serpenteantes de casas, mayormente, de piedra. Preside la escena una elegante iglesia, varios gruesos torreones y un antiguo templete de música. Pero, los momentos más mágicos, se disfrutan en las laderas del agitado y helado río -muchos patos, ni siquiera se atreven a meterse y transitan por tierra firme-, tanto en la parte más elevada, como en el estrecho paseo, que bordea la orilla.


          Potes, dispone de oficina de turismo, que permanece abierta y atendida por dos chicas, hasta incluso, un triste domingo del mes de enero. También, cuenta con una pequeña estación de autobuses de piedra, ubicada en la misma plaza del pueblo. La calle principal es soportalada en su tramo más comercial. La forma de hablar de sus apacibles gentes, se muestra híbrida, entre lo cántabro y lo asturiano. ¡Viva el crisol!.