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lunes, 30 de noviembre de 2015

Más curiosidades sobre Corea del Sur, mientras el viaje agoniza


                                                                      Todas las fotos de este post son, de Seúl


        El viaje va agonizando, pero lo hace con gusto y con nuestra inestimable complacencia. Ocurre siempre lo mismo -afortunadamente-, en estos viajes cortos, que tan abruptos resultan, a veces. Normalmente, llegas al nuevo país y te sientes desbordado. Debes adaptarte a innumerables cuestiones logísticas, que desconoces -hay poca información sobre Corea del Sur y en Valladolid, ni siquiera encontramos la Lonely, en inglés- y te maniatan durante las primeras horas.


          Como ya hemos narrado pormenorizadamente, el primer día en Incheon y el segundo, en Seúl, fueron durísimos, mentalmente. En este sentido y para nuestro bien, la segunda parte del viaje ha sido más complaciente, aunque en lo físico nos ha castigado mucho , dado que llevamos cuatro días subiendo montes y montañas, en busca de naturaleza, budas, templos y quema de adrenalina. Con tantos animales, plantas, ruinas y demás, hemos perdido un poco de perspectiva, sobre lo que nos apasionaba las primeras jornadas de este trepidante viaje.

          La gente en provincias es algo más previsible, conservadora y discreta, que en Seúl, ciudad cosmopolita por antonomasia. Aún así, encontramos cosas, que nos siguen sorprendiendo. Por ejemplo, la forma en que los jóvenes usan la cámara de fotos de su teléfono, como espejo para peinarse y ponerse guap|@s (no tardará en llegar a España). En este sentido, Corea es una avanzadilla tecnológica, con tablets y móviles de gama media/alta. a precios de risa (lo único barato, aquí).

          Hace unos pocas jornadas, bromeaba con que un móvil costaba menos, que un kilo de carne de ternera. Casi acierto: viene a ser lo mismo, que dos kilos: unos 40 euros. La gente, que como zombis mutantes , va mirando sus teléfonos por la calle, cuadriplica a la de España, lo que augura un futuro mundial muy pesimista. Los que mandan estarán tan contentos, con que cada vez más gente incauta y despersonalizada no mire más allá de la pantalla de su smartfphone.

          Otro tema, que nos llama la atención es, el de la comida. Un país con una renta per cápita bastante mayor a la de España, donde no se tira ni un sólo alimento (no hallamos nada por la calle o en contenedores y papeleras). Ayer, de un vehículo de reparto, se cayo una caja de kakis y el transportista, desazonado, se la jugó entre el trepidante tráfico, para cogerlos uno a uno del asfalto. En las mesas de los infinitos “food court” -patios de comidas- o en las de los “fast food”, no hay ningún resto dejado por los comensales, quejumbrosos o deshambriados. No tiran ni los caldos de las diversas cocciones. Si cuecen setas, pollo o calamares, por un lado te darán el producto seleccionado y por otra parte, en un vaso, su jugo, sin sal (la cocina coreana utiliza muy poco este ingrediente, salvo para el kinchi o productos marinados o en salazón).

          Otra de las cosas pujantes, que a no tardar mucho veremos en España, son los semáforos en el suelo (muy chulos). Se trata de una fila de baldosas luminosas , delante de la calzada, que muestra el color del semáforo -rojo, verde o parpadeante, cuando cambia de uno a otro-.

          La verdad es, que en una estancia corta en Corea del Sur -salvo el precio de los alimentos-, no te jode casi nada. ¡Hasta llueve suave durante horas, para que no te mojes mucho durante tus excursiones!. Baste decir, que lo único que nos ha rallado en la última semana, es que los buses locales exijan un precio exacto -normalmente, 1500 wons por persona-, que hay que meter en una urna, situada al lado del conductor, que va encerrado y sólo se ocupa de conducir el vehículo. Si no lo tienes justo, pierdes la vuelta, al igual que ocurre en países, como Singapur.