El jueves santo, cuando más fuertemente llovía, nos habíamos apalancado en la funcional oficina de turismo de Castro. Son muchas las rutas, que se pueden llevar a cabo por los alrededores. Nosotros en 2020 y en plena pandemia, ya habíamos realizado en casi su totalidad la etapa del Camino de Santiago del Norte, entre Muskiz y Castro Urdiales. ¡Sencillamente bellísima!.
En esta ocasión, tres eran nuestros objetivos: la de diez kilómetros, a través de los acantilados y hasta el cargadero de Dicido. Empezamos mal, porque en la actualidad está cerrada por serios y constantes derrumbes.
Otra era la Vía Verde del Piquillo, de Ontón a Cobarón. No seguimos muy bien, porque no arranca desde Castro, sino a siete kilómetros, por lo que conviene ir en vehículo particular hasta el inicio.
Y finalmente, la Vía Verde de Traslaviña, que por las lluvias no está en las mejores condiciones, pero permanece abierta.
Nos centraríamos en ella, pero antes, tocaba ir al inicio -diez de la mañana - de la Pasión Viviente, en la iglesia de Santa María, que ya había tenido una fase previa el jueves por la noche. El solemne espectáculo comenzó casi puntual. Se fueron recreando poco a poco las catorce estaciones del Vía Crucis de Jesús, hasta la crucifixión y posterior resurrección (hasta no hace muchos años está última parte no se incluía). Las calles se llenan de altavoces para que pueda ser seguido en todo el pueblo. Se ve, que los actores no son profesionales, pero para nada quita un ápice de mérito en una representación vibrante, emotiva y grandiosa.
Algunas son las críticas, que no podemos dejar de hacer, muy a nuestro pesar:
-. La extraordinaria masificación a lo largo de todo el pueblo y toda la mañana, que no solo impide caminar con soltura, sino ver la mayor parte del espectáculo, limitándote a solo escucharlo.
-. Al hilo de esto, la mala ubicación de los actores. Normalmente, están en alto, por lo que el público se coloca en cuestas descendentes, siendo imposible visualizar casi nada.
-. La ceremonia es larguísima y poco ágil. Seis horas de duración total son demasiadas para el aguante de cualquier cuerpo. Decidimos quedarnos a las primeras representaciones y a las ultimas y entre medias, levar a cabo la Vía Verde de Traslaviña, que arranca desde las afueras del pueblo. Aunque es más larga, hicimos solo unos tres kilómetros y otros tantos de vuelta, contemplando pueblos, un bello paisaje natural y un larguísimo túnel, acompañados de muchos domingueros en bicicleta y unos pocos peregrinos, la mayoría en solitario. ¿Se habrán encontrado ya a si mismos?.
Regresamos a tiempo para ver las etapas finales del Vía Crucis Viviente, entre la emoción de la crucifixión y la insoportable aglomeración, en la que solo le faltó un Herodes real, para hacerse cargo de tanto niño desquiciante y mal educado.
Como hemos dicho, el espectáculo es grandioso, pero pur lo expuesto en las valoraciones de más arriba, no os recomendamos acudir en el futuro, mientras no solucionen esas cosas.
Tocaba pensar, que hacer el sábado, al no tener más excursiones en los alrededores y estar las habitaciones a más de cien euros. Nos planteamos, incluso, volver a casa en autobús, pero todos los vehículos iban completos.
Decidimos, que pasaríamos parte de la tarde en Bilbao, paseando por el centro y las siete calles, que tanto nos gustan. Mientras tanto, iríamos urdiendo un nuevo plan.




