-. Precios desorbitados: este tema es el más complicado de manejar y por eso, la mayoría de las veces, la gente acepta la derrota y se gasta, lo que sea o se conforma, reduciendo los días de estancia. Esto resulta cómodo, pero también derrotista y un error, porque los propietarios del negocio turístico son cada día más ricos y los viajeros, cada vez más pobres y deprimidos.
Hoy en día, hacer una escapada de Semana Santa o puente cuesta el doble, el triple o más, que antes de la pandemia y no ha pasado tanto tiempo de aquello.
Los restaurantes y bares se han subido a las nubes, pero son evitables, yéndote al supermercado. La entradas a los lugares a visitar han disparado su precio, porque es una forma sencillísima y poco esforzada de aumentar la recaudación estatal o autonómica y seguimos -siguen, más buen-, picando, como tontos.
El grueso del aumento del gasto son sin duda los alojamientos, porque no se puede viajar sin pernoctar, lo que supone un concepto, que los fondos de inversión inmobiliaria manejan y que entienden hasta los más tontos. El problema no es el coste en si -que también -, sino que la mayoría de la gente ha naturalizado, que pagar 150€ por una habitación con baño compartido es normal o barato, "porque para una semana al año, que salgo...".¡ Nos tienen pillados por todas nuestras partes íntimas y además, sin remedio o esperanza alguna!
-. Si a los precios añadimos la masificación turística insoportable, la cosa ya pasa de castaño oscuro. Se trata de un asunto muy complejo, porque la masa la formamos todos y cada uno y cada quién, puede ir a donde le da la gana sin restricciones. La solución es imposible -no se me ocurre ninguna racional-, pero a río revuelto, ganancia de pescadores (tenedores de alojamiento e instituciones). Tenemos la sensación, de que cuanto más sube todo, más demanda hay. Pero como bien sabe la becaria del boletín informativo horario de turno todo es culpa de la guerra de Irán.
-. Retenciones: pues sí. Es otra variable a plantearse, sino somos super gilipollas, para salir cuatro días y tirarnos día de ellos en innumerables atascos de tráfico con una resignación más, que cristiana. Somos animales de costumbres y ni siquiera nos planteamos dejar de hacer cosas, que deberíamos. Es más: nos empeñamos constantemente y con pasión en justificarlas. ¡Por a miseria!.
-. La climatología, para finalizar. El tiempo en Semana Santa suele ser una ruleta rusa y casi siempre, terminas perdiendo. Aparte de la lluvia -dis de los cinco días y de forma copiosa- en el norte hemos pasado frío con abrigo, gorro y bufanda y en el sur, nos hemos asfixiado, al margen de cargar con toda esa ropa a cuestas, al viajar en transporte público.
En resumen, como diría la inteligencia artificial: los que no habéis podido salir está Semana Santa de casa, no nos tengáis demasiada envidia, que no es oro todo, lo que reluce.




