Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.

domingo, 14 de junio de 2026

Amarante, para acabar

           Es lunes y toca partir hacia Amarante, en lo que será la última escala de este trepidante viaje portugués de cinco días.

          Dos jornadas atrás y al llegar a Oporto, habíamos obtenido por 6€ billetes con Flixbus -nuestra salvadora compañía verde-, entre Aveiro y Amarante, con cambio en la estación de Campanha, lo que nos dió para descubrir, que aún está peor organizada y es más caótica, que la de Chamartín y eso es mucho decir.

          Los buses de Flix son muy irregulares. Los hay cómodos, tortuosos, con wifi, sin el, con enchufes, sin ellos, calurosos, heladores..., ¡Es una lotería, pero siempre a buen precio y eso engancha!.

          Llegamos a la modesta estación de Amarante, cayendo el sol de plano. Hemos dejado la línea de la costa, el viento ha desaparecido y acumulamos seis grados más, con diferencia de ayer.

          Nos hubiera gustado dormir aquí hoy, porque de vuelta a Valladolid partimos mañana a las 10:00 a. m. Pero los alojamientos son escasos y caros, costando el más económico 75€. Así, que, tocará pasar la noche en blanco, sin otra alternativa posible.

          Lamentablemente, ayer han finalizado las fiestas patronales de Amarante. De haber llegado un día antes, habríamos pasado una noche más entretenida y festiva, pero no va a ser posible, a pesar de que todas las infraestructuras siguen montadas y en pie, con un espectacular juego de luces desplegado por todas las calles y plazas.

          Amarante es una ciudad provinciana de libro, que tiene muy pocos servicios, incluidos restaurantes y supermercados. Debería ser algo más peatonal, porque los coches invaden y molestan en muchas calles estrechas. Pero sus numerosos dulces eclesiásticos pueden con todo. Especialmente, el falo de San Gonzalo.

          Este santo de hace siglos tiene significativa importancia en la localidad, dando nombre a su puente, a una de las numerosas y bellas iglesias, a las fiestas locales...

          Sin embargo y para nosotros, lo más destacado de Amarante es el largo paseo del serpenteante río Tamega con el Trilho de las Aceñas, un paisaje fluvial espectacular, vibrante, aunque algo peligroso, si se quiere disfrutar a tope.

          La noche se nos hizo larga,  aunque no pasamos el esperado frío. El viaje de vuelta, supuestamente directo a Valladolid, lo roncamos casi entero. Aunque en realidad, nos esperaba una abrupta parada en Braganza, que yo hubiera preferido en Calzoncillanzo (que gracioso soy).

Maravillosa Costa Nova

           El virulento aire es casi tan fuerte, como ayer y hace frío. Menuda diferencia con los días anteriores en España.

          Es domingo, pero aquí todos los supermercados abren con amplio horario, incluido el Mercadona, aunque los de Juan Roig no ofrezcan en su gama alimentaria los típicos pasteles de bacalao, que tanto nos gustan, como tentempié.

          Debemos tomar el bus 36 de Busway, para llegar a Costa Nova, aunque hoy son menos frecuentes y toca esperar. Se toma en la estación de autobuses, aunque también tiene paradas en el centro, cerca de los concurridos canales de Aveiro.

          En cerca de una hora y con abundante pasaje hemos llegado a nuestro destino, bajándonos en la última parada. Nos recibe un extenso mercadillo de segunda -tercera o cuarta- mano y uno interior de extraordinarios pescados y mariscos fresquísimos, a precios imposibles.

          Costa Nova es una península amplia. A un lado, se encuentra una costa poco atractiva y el centro del pueblo, con su paseo marítimo y las bellísimas casas de diferentes formas y colores con múltiples rayas, llamadas palheiros. ¡Son todo un espectáculo!, en un lugar, que no está nada masificado y que cuenta con los dedos sus restaurantes y negocios turísticos, al menos, en esta época.

          Cruzando una empinada calle, se llega al otro lado de la península, donde aparecen agrestes y salvajes dunas, un paisaje impresionante y unas playas arenosas extensas y de oleaje virulento, que son para quitar el hipo y donde los visitantes escasean y más, en una jornada tan absolutamente ventosa.

          A partir de aquí, comienza una casi interminable pasarela de madera, que a través de unos cinco kilómetros se extiende hasta la localidad de Barra, más dotada de servicios turísticos, pero mucho más concurrida y fea. Destaca su rayado faro de más de 60 metros, que lo convierten en el más alto de todo Portugal.

          A la vuelta, disfrutamos de las salinas cercanas a Aveiro y de esta bella ciudad de los "ovos moles", un pequeño y bello casco histórico casi peatonal y sus fantásticos canales sobre explotados por los moleceiros curvilíneos de pingüe negocio y plagados de despreocupados turistas. Habíamos estado aquí en enero pasado, pero la cosa estaba mucho más parada y diluida.

          Toca el mismo alojamiento, que ayer, sin limpiar siquiera la habitación, pero por ser domingo nos sale doce euros más barato.

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sábado, 13 de junio de 2026

Refugiados en Aveiro

           Para moverse por el transporte público de Oporto debes conseguir la tarjeta Andante, que nosotros ya teníamos de visitas anteriores. Si quieres transitar en cercanías, debes obtener otra verde, que ofrece precios muy razonables para distancias medias interurbanas. 

          Pues eso. Que con estos mecanismos públicos llegamos, a Aveiro, donde el potentísimo aire nos devolvió al jersey y a una pereza insuperable, que nos condujo directamente al hotel tras pasar por el Mercadona, situado  en las inhóspitas afueras.

          En realidad, se trató de una veterana casa particular repartida por habitaciones, correcta, aunque con el precio hinchado y donde el baño, más que tal, es una especie de swimming shower, que si eres niño, casi resulta un parque acuático.

          Y así, se acabó el día, entre bostezos soporíferos, investigaciones de como ir a Costa Nova la jornada siguiente y comprar unos pasajes para el lunes, con Flixbus y con escala en Oporto, para terminar el viaje en la prometedora Amarante.

          En realidad y en estas fechas, nosotros no deberíamos estar en Portugal, sino en Marruecos, en los alrededores de Tánger y de Tetuán, haciendo trekkings y recorriendo playas, pero los precios de  los vuelos, nuestra indecisión y una operación de cataratas, lo cambiaron todo.

jueves, 11 de junio de 2026

Por la desembocadura del Duero

           Llegamos a la estación siniestra de Campanha y eso, que ya ha amanecido. En Portugal y en general, deberían gastarse enormes cantidades de dinero en reformar sus terminales de autobuses -como en España-, pero no deja de ser un país pobre, como el nuestro. Pero, ¿acaso iríamos a la nación lusa, a Sicilia, Calabria o a Grecia, si fueran como Alemania?.

          Llueve y llueve, como solo sabe hacerlo en el norte, de esa forma tan sutil, pero persistente y agobiante. De los 33 grados de Madrid de ayer, hoy nos hemos quedado en 18 y nuestro casi transparente jersey, apenas nos protege.

          El camino hacia el puente de Don Luis es de unos cuatro, feos y atropellados kilómetros, de calles y rotondas, realmente deprimentes. No hemos dormido mal en el bus y guardamos energías para todo el día, a pesar de no encontrar casi locales o supermercados, donde tomar un tentempié. Apenas hay nadie en la vía pública en esta mañana de sábado.

          Llegamos al majestuoso Duero, en la zona habitual de visita, pero esta vez seguimos más allá, a través de agradables callejuelas ensortijadas. Tras un impas, volvemos a salir al río. El paisaje fluvial es placentero, pero el paseo resulta abrupto y algo descuidado, debiendo cruzar además una estrecha, larga y peligrosa pasarela metálica.

          Sigue lloviendo, mientras contemplamos la desembocadura del magnífico río, una zona de embarcaciones y un mirador de decenas de especies de aves. Lamentablemente, no somos muy entendidos en la materia. Aclara el cielo algo, cuando llegamos al mar. La avenida mejora notablemente su aspecto y anchura, mientras centenares de personas practican running, como si les fuera la vida en ello.

          Llegamos a playas absolutamente espectaculares y cabreadas -sin casi nadie sobre la arena-, como las de Las Pastoras, la Playa del Carneiro, la Playa de los Ingleses, la de Molhe o la del Hombre de Leme.

          Y para rematar y después de quince kilómetros de andadura, culminamos en la del Castillo del Queijo, con su impresionante fortaleza de tipo portugués. Hemos pasado por Foz de Duero y hemos llegado a Matosinhos, donde nos espera una ultra decepcionante anémona, que se la podían haber ahorrado.

          Toca tomar  el metro a la estación de Sao Bento y marcharse a Aveiro, donde el precio del alojamiento es menos criminal.