Mi siguiente viaje -si no sale algo mejor los dos próximos findes-, va a ser a un quirófano, a operarme de una catarata madura, que me permita continuar viajando con menor riesgo y seguir disfrutando visualmente -o al menos en parte-, de lo que me rodea.
El día de San Juan -aserrin, aserrán-, me pondré en las manos del doctor Corrales, que a mí me ha parecido un profesional fantástico.
Mi operación conlleva dos complicaciones no comunes para una intervención tan absolutamente sencilla (eso dicen). Al padecer nistagmus, -no poder dejar el ojo quieto- la anestesia será general y no local. Y al tener la boca pequeña, la intubación será despierto y no dormido, lo que da cierto yuyu, a pesar de que para ello usen anestesia local y ansiolíticos.
Me pasé un par de días obsesionado y consultando a la inteligencia artificial, mientras resolvía otras cosas, pero ya no estoy preocupado, más allá de lo que supone un postoperatorio veraniego y saber, si llegaré en forma y a tiempo, a nuestro próximo viaje de doce días, a mediados de julio.
Recorrer los cinco continentes con incertidumbre máxima y escaso presupuesto es para mí muy sencillo y casi repetitivo.
Llegar a las puertas de un quirófano resulta inédito y espero estar a la altura. El próximo 26 cumplo 59 años y mi expediente médico, afortunadamente, está limpio de manchas. Ni un dolor en toda la vida.
Y me preguntan en la preanestesia -simple entrevista sin más pruebas diagnósticas- : "Y, ¿usted es alérgico a algo?". "Pues no lo sé, porque jamás tomé una sola pastilla".
La vida sigue en los albores del verano -es un decir, porque ya casi no hay estaciones- y aquí estamos para seguir viajando, aunque sea ciego, lo que no es sinónimo de tener pocas luces.
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