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miércoles, 10 de junio de 2026

Y, ¿Quién se acuerda de esto?

           Parece mentira o al menos, muy lejano. Después de una semana en la que tuvimos problemas laborales, perdimos un móvil, me diagnosticaron una catarata madura y operable y con pruebas de anestesia -24 de junio al quirófano- y viaje al norte de Portugal por cinco días, ¿quién se acuerda, de que hace diez jornadas estuvimos en Astorga y León?. Pues, así fue.

          Desde que el recientemente ultraderechista Mañueco aprobara la gratuidad del transporte en Castilla y León, nos resulta muy fácil salir a coste cero -o casi- por la región, durante los fines de semana. Eso sí: adaptándonos a horarios de transportes, que no dependan de alojamiento, porque los precios de estos están imposibles.

          El 30 de mayo planeamos ir a Bembibre, Astorga y León, en una jornada calurosísima y de soberbio madrugón.

          Por planes previos y cambiados, habíamos adquirido billetes a Ponferrada. No los modificamos, pensando, que de todas todas, el bus pararía en Bembibre de camino, pero como no bajó ni subió nadie -mientras dormitábamos- no lo hizo. Así, que nos quedamos sin el primer destino, con la jornada descuadrada y con estrés, regresamos a Astorga, donde ya habíamos estado dos décadas atrás. El berciano lugar es un destino muy destacado y acogedor, protagonista destacado del Camino de Santiago y de ahí, que coincidiéramos con numerosos peregrinos, mayormente, de origen internacional.

          Astorga te deleita con el famoso Palacio Episcopal de Gaudí, su robusta y extraña catedral y un casco histórico colosal y casi peatonal, dominado por plazas e iglesias. Las vistas a los lugares de interés son más caras todavía, que el típico Cocido Maragato de sabrosas carnes, que se come al revés (empezando por estas y terminando por la sopa).

          Acabamos la jornada en la siempre recurrente León donde el Barrio Húmedo lo eclipsa todo: la sed, el hambre y la mente, llegado el caso, mientras el calor nos derretía y el PSG ganaba la Champions por los pelos.

          Llegamos a casa, casi a las cinco de la mañana, como si tuviéramos veinte años. Si no fuera por lo de Bembibre, una vez más, el día habría salido perfecto.


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