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jueves, 11 de junio de 2026

Por la desembocadura del Duero

           Llegamos a la estación siniestra de Campanha y eso, que ya ha amanecido. En Portugal y en general, deberían gastarse enormes cantidades de dinero en reformar sus terminales de autobuses -como en España-, pero no deja de ser un país pobre, como el nuestro. Pero, ¿acaso iríamos a la nación lusa, a Sicilia, Calabria o a Grecia, si fueran como Alemania?.

          Llueve y llueve, como solo sabe hacerlo en el norte, de esa forma tan sutil, pero persistente y agobiante. De los 33 grados de Madrid de ayer, hoy nos hemos quedado en 18 y nuestro casi transparente jersey, apenas nos protege.

          El camino hacia el puente de Don Luis es de unos cuatro, feos y atropellados kilómetros, de calles y rotondas, realmente deprimentes. No hemos dormido mal en el bus y guardamos energías para todo el día, a pesar de no encontrar casi locales o supermercados, donde tomar un tentempié. Apenas hay nadie en la vía pública en esta mañana de sábado.

          Llegamos al majestuoso Duero, en la zona habitual de visita, pero esta vez seguimos más allá, a través de agradables callejuelas ensortijadas. Tras un impas, volvemos a salir al río. El paisaje fluvial es placentero, pero el paseo resulta abrupto y algo descuidado, debiendo cruzar además una estrecha, larga y peligrosa pasarela metálica.

          Sigue lloviendo, mientras contemplamos la desembocadura del magnífico río, una zona de embarcaciones y un mirador de decenas de especies de aves. Lamentablemente, no somos muy entendidos en la materia. Aclara el cielo algo, cuando llegamos al mar. La avenida mejora notablemente su aspecto y anchura, mientras centenares de personas practican running, como si les fuera la vida en ello.

          Llegamos a playas absolutamente espectaculares y cabreadas -sin casi nadie sobre la arena-, como las de Las Pastoras, la Playa del Carneiro, la Playa de los Ingleses, la de Molhe o la del Hombre de Leme.

          Y para rematar y después de quince kilómetros de andadura, culminamos en la del Castillo del Queijo, con su impresionante fortaleza de tipo portugués. Hemos pasado por Foz de Duero y hemos llegado a Matosinhos, donde nos espera una ultra decepcionante anémona, que se la podían haber ahorrado.

          Toca tomar  el metro a la estación de Sao Bento y marcharse a Aveiro, donde el precio del alojamiento es menos criminal.

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