Seguimos insistiendo en las huellas del camino de Santiago, pero no lo llevaremos a cabo, hasta que seamos septuagenarios, en 2039, cincuenta años después de haber ido allí, por primera vez, juntos.
Es miércoles, 30 de septiembre y se avecina un día tan complicado, como retador. Debemos madrugar, para poner una demanda en el juzgado de lo social. Tras ello, viene una cita médica muy importante y esperanzadora. Y finalmente, tres autobuses de ALSA para llegar a Santiago de Compostela, con escalas en León y Ponferrada.
La jornada sale genial, con todos los asuntos encauzados y con la llegada al destino sin incidencias.
Son las dos de la madrugada y en Santiago hace frío y no poco. ¡Como mola su estación Intermodal y que envidia!.
En el Obradoiro se han asentado las primeras tiendas de campaña por la vivienda, aunque todavía no son muchas. Nos refugiamos en un garaje, del que sale buen calor, hasta la apertura de la estación de buses.
Compramos billetes para Muros. No son demasiados kilómetros y la carretera no es mala, pero el vehiculo para hasta en los abrevaderos, sorteando infinitas curvas. El eterno viaje se pasa en un plis plas, porque lo roncamos entero. Hace calor y el cielo está completamente despejado.
La ría de Muros no es espectacular, pero reconforta el espíritu, después de venir de la meseta. Sin embargo, el Casco Histórico resulta muy acogedor e interesante.
Dejamos Muros con calor y tras otro largo periplo de mil paradas, llegamos a Fisterra, donde la temperatura es más baja y efectivamente, está abarrotada de turistas, la mayoría guiris de poca monta.
Si todo va bien, dormiremos aquí, aunque en Booking no existen opciones muy adecuadas o baratas. ¡Siempre con la lengua afuera!.
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