A ver, Fisterra -Finisterre-, es un lugar absolutamente sobrevalorado y lleno de imbeciles despistados -fundamentalmente guiris de aluvión- que pasan sus penurias al borde del mar o tratan de tomar un sorbo imposible del Camino de Santiago.
Vayamos por partes: la bahía está bien, el pueblo es poca cosa y lo del Cabo del fin de la tierra resulta la gran decepción del viaje, como por otra parte, ya esperábamos.
Son casi cuatro kilómetros de ascenso rompe piernas por una carretera infumable. A un arcén tras un quitamiedos y con un precipicio al otro lado, le llaman sendero peatonal, sin la más mínima vergüenza y decoro.
De subida el paisaje es feo y Finisterre, al margen de su emblema, no aporta ni una sola emoción, más allá de tipos guays, haciéndose fotos para subir al Insta, a TikTok y creerse alguien. ¡Menudos gilipollas!.
Las vistas son discretas y el faro aún más, porque se está a mucha altura y al menos hoy, no suena ni el socorrido oleaje. Retornamos con desgana y cierto cansancio.
Sorprendentemente, no tardamos casi nada en encontrar un hotel fuera de los abrasivos circuitos insalvables de Booking. ¡Hacia mucho tiempo!.
Buena tarifa y habitación doble con baño propio para depositar nuestros cansados y ya envejecidos huesos (y pocas carnes).
El aire sopla y sopla, como si se nos fuera a llevar a todos por delante. Toca abastecerse en el Froiz -donde despidieron a mi pareja hace dieciséis años-, porque no existe más oferta.
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