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lunes, 1 de julio de 2019

Día complicado, en Budapest

                                     Todas laa fotos de este post son, de Budapest (Hungría)
            Todos los viajes -demostrado- tienen un mal día y la verdad es, que la experiencia demuestra, que no debes enfrentarte a el. Lo mejor, dejarlo pasar a hurtadillas, sin tomar grandes -o pequeñas- decisiones y esperar a que escampe.

          Este periplo centroeuropeo no está siendo fácil, debido a la dificultad para encontrar alojamientos adecuados y a que el transporte público no nos está llevando donde queremos y con la frecuencia deseada.

          El día empieza mal, pero eso ya era previsible. Más bien, la noche. Para ahorrar dinero y dada la escasa actividad de buses, a Gyor, optamos por retornar a Budapest y decidir sobre la marcha sobre nuestros siguientes pasos. Nos descargamos la aplicación, de Flixbus, dónde gestionas muy rápido las tarifas más baratas, aunque con menos frecuencia de horarios.

        Aun así, el bus nocturno va lleno, sobre todo de subsaharianos, que reciben un buen desplante por parte de los lugareños, aislandolos en la parte de atrás. Este racismo salvaje, que en España no nos creemos, pasa en muchos países de Europa.


          Tras unas tres horas, llegamos a la estación, que se ubica a las afueras de la ciudad y que ya está cerrada. Afortunadamente, en estos países, el edificio es independiente de las dársenas, lo que hace posible, que puedas pernoctar en estas.

          La noche transcurre larga, aunque tranquila. Un apático segura trata de controlar a un borracho -desde que las estaciones están a las afueras, ya no hay muchos- y a unos cinco viajeros que hacemos tiempo, tomando algo, navegando por internet o tratando de dormir. Eso hacemos nosotros, mientras todas las instalaciones de la estación están clausuradas. Por supuesto, a la mínima cabezada, la seguridad más insegura te molesta y humilla.

        Amanece sobre las cuatro y pico y hartos, nos vamos camino del centro. Todo abre muy pronto y el calor ya se hace notar. Sabemos -mas bien, intuimos-, que vamos a tener problemas con el alojamiento. Ya he hablado en otro post del tema de los apartamentos turísticos.

          No nos hemos atrevido a reservar por Booking, porque la localización del que nos interesa es difusa y tememos no dar con ellos, después de que nos atrapen el número de la tarjeta de crédito. Vemos medio Budapest, intercalado con visitas varias al alojamiento, que con mucho esfuerzo localizamos, dado que ni la mayoría de los vecinos saben de su existencia.

          La primera vez,  que vamos, no hay nadie; en la segunda, nos encontramos con una chica, que tiene una reserva y que lleva un rato esperando, sin suerte. Tras el tercer intento, mandamos un WhatsApp y un correo a la propiedad, pero no nos contestan. Es a la cuarta, casi a las cinco de la tarde, cuando lo que nos ofrecen es una habitación pequeña, húmeda, axfisiante y sin ventana. Parece un horno-zulo, pero no tenemos elección.

         Estamos derrotados y cae una siesta de tres horas, entre pesadillas diversas. A las ocho salimos de compras y pretendemos, llegar a la vieja Buda. Pero, en mitad del puente de las cadenas se desencadena una tormenta terrible, que nos deja hechos un sopicaldo de Maggi.


        Como consecuencia del abrupto fenómeno metereológico, se ha ido la luz del hotel y también el wifi. No hay ningún responsable para pedir cuentas, por lo que nos toca revisar las instalaciones eléctricas in person, hasta dar con el maldito interruptor general.

          Finalmente,  nos toca dormir con la puerta de la alcoba abierta, debido al insoportable calor, expuestos a todo lo imaginable y a nada bueno. ¡Que más da ya, que el baño y la ducha sean pequeños y no tengan pestillos o que la entrada al recinto de las habitaciones, ni siquiera cuente con una miserable y protectora puerta!


        Tenemos todas las papeletas para que mañana sea un día mejor.


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