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jueves, 12 de enero de 2023

Navidades en Madrid

           Nochevieja, hemos pasado unas cuantas en la capital. Pero, a pesar de haber vivido casi dos décadas en Madrid, nunca habíamos estado en Navidades y en esta ocasión, hemos aprovechado a tope estas fechas, con una climatología perfecta, sin lluvia, con un sol radiante y con una inclinación más orientada a la manga corta, que al abrigo.

          Las colas son tremendas, por lo que hasta ahora, nos había dado mucha pereza visitar el belén de la comunidad de Madrid, al que se accede por la calle de El Correo. Aprovechamos el mediodía de Nochebuena, cuando la gente estaba a otras cosas, para recorrer este magnifico y detallista escenario, que reproduce a pies juntillas todas las escenas navideñas de la biblia.

          Justo al lado, y con menos concurrencia -aunque, si infantil -, disfrutamos del Bosque de los Deseos. Se trata de una sencilla estancia, donde han colocado varios árboles de Navidad y se da la oportunidad a los ciudadanos -fundamentalmente, a los más pequeños -, de expresar sus anhelos para el futuro año.

          Hay mensajes, que están con lo imposible: " Quiero conocer ya, a Elsa, de Frozen" o "Ganaremos el mundial de fútbol". Directos y pragmáticos: "Deseo una hamburguesa con queso, aguacate y cebolla caramelizada" o " Ojalá lluevan chuches y chocolate con leche". De buenos propósitos colectivos y sin interés personal explícito, persiguiendo la paz mundial, los buenos augurios generales o el fin de la guerra, en Ucrania. Y están, los que más chirrían y que dicen mucho y bien claro de sus intolerantes y repelentes emisores - entroncados en la maldita polarización actual -, que ponen de vuelta y media, a Pedro Sánchez o a Isabel Díaz Ayuso.

          Esa misma tarde, nos dejamos caer por Cortilandia del Corte Inglés, donde disfrutamos de un espectáculo visual y musical muy bien hecho, sobre cómo despertar a la Navidad. Hay, que reconocer, que toca las fibras sensibles.

          Nos alojamos en el céntrico hostal Alonso, en la calle Espoz y Mina. Rezuma aromas antiguos, aunque las habitaciones son correctas y la dueña, muy amable y atenta.

          Tras ducharnos y descansar, sobre las diez de la noche, nos dimos una vuelta por el centro, que estaba más concurrido de lo esperado. Ajenos a las opíparas cenas familiares, muchas personas transitaban sin rumbo determinado, mientras otras, hacían larga cola para comer una hamburguesa o un kebab, en los numerosos negocios, que permanecían abiertos. En Madrid, el crisol del cosmopolitismo gana de largo a las tradiciones de la Navidad. Incluso y con bastante público, disfrutamos de un animado y trabajado espectáculo callejero en plena Puerta del Sol.

          La mañana de Navidad, nos fuimos andando hasta el Parque del Manzanares, donde los paseos resultan muy agradables, destacando en su interior la Atalaya, la cascada y el lago, todos ellos cerca de la Caja Mágica. Mucha gente había trazado el mismo plan, que nosotros.

          Después y a la hora del mediodía regresamos al centro y comprobamos, que casi todo estaba abierto, menos los grandes negocios. La mayoría de los restaurantes estaban rebosantes de clientela y no precisamente, ofreciendo comidas navideñas. Transitamos por la Cava Baja, la plaza del Humilladero y el resto del Madrid de los Austria, entre sudores y pura cotidianidad. No hay un día de Navidad, que nos haya parecido menos Navidad que este.

          Nos alojamos en el Arc House, ubicado en la calle de la Victoria. El lugar , daría para escribir un post y no , precisamente, muy agradable, pero lo resumo en un par de líneas. Habitaciones perfectas con baños impecables, abrasadora calefacción y mensajes desagradables, agresivos, machistas y poco graciosos -aunque sea su pretensión -, por todas partes.

          Pero, por encima de esta sarta de mediocridades, todavía hay algo, que nos indigna más y se trat además, de una guerra perdida: los hoteles te persiguen por todos los canales posibles, para que les digas la hora de llegada -no tengo ninguna obligación, pero, a tragar- y cada vez más, recortan la hora de entrada y la de salida.

          El día 26 de diciembre nos marchamos a Getafe, donde en el recinto ferial, no demasiado lejos del centro, han montado un parque temático con atracciones de feria, motivos de la época de adviento y diversos puestos de comida, que resultó estar rebosante de buen ambiente.

          A pesar de ser festivo, al retornar al centro de Madrid, el colapso era total, tanto en el tráfico rodado, como en el tránsito de personas. La Gran Vía y la calle de Alcalá, cada vez, se van pareciendo más a la Quinta Avenida, de Nueva York y no para bien.

          Pudimos comprobar con desánimo, que centenares de personas hacían colas de una hora, en bares de la plaza Mayor y alrededores, para conseguir un miserable bocadillo de calamares -que no son tales, sino cefalópodos más modestos -, a cuatro euros y para comerlo en plena calle. Menos mal que hacía 18 grados.

          Nos despistamos y se nos olvidó visitar la exposición sobre San Isidro, que se exponía en esa misma emblemática plaza. El plan ya no se podrá cumplir, porque termina el día 29 y nosotros no volveremos, a Madrid, hasta Nochevieja, camino de Nápoles.


miércoles, 11 de enero de 2023

Los hechos recurrentes de los viajes recurrentes

           Pues sí. Los viajes recurrentes de este último cuatrimestre del año están formados por situaciones, que inexorablemente, tienden a repetirse, una y otra vez.

          - Los imposibles precios de los alojamientos los fines de semana, especialmente, los sábados. Y no hablo solo de Madrid capital, sino de toda la comunidad autónoma. En el primero de los casos, es casi imposible encontrar una habitación doble -las literas de hostel son algo menos caras- por menos de 80-100 euros. En el segundo, no las hay casi nunca, por menos de cuarenta y muchas veces, están a cincuenta o sesenta kilómetros del núcleo central capitalino y no comunicadas por el servicio de cercanías.

          - Yo he vivido casi dos décadas, en Madrid, entre los ochenta y los noventa y no recuerdo ni de lejos, las multitudes, que se desplazan hoy en día, por la zona centro. No es cuestión de las Navidades -que también -, sino que lo llevamos contemplando cada fin de semana desde el pasado verano. ¿A dónde van?. Ni idea, pero lo más probable es, que a alguna cola.

          - Y es, que Madrid es, la capital mundial de las colas. Me río yo del Moscú o de la Varsovia de los años ochenta. En un relajado paseo, te puedes encontrar veinte o treinta de ellas. Da igual, para qué: para recibir un pequeño regalo de promoción del último estreno cinematográfico, para comer paella en un mercado, para comprar helados o tomar chocolate, para hacerse un escaneo de la mano en el museo de la Fundación Telefónica, para pedir un cóctel, para una tienda de ropa...

          - Los madrileños y asimilados son especialistas en andar de prisa -para ello, no dudan en llevarte por delante, sin miramientos - y cruzar en rojo, dando igual la anchura de la calle o la densidad del tráfico. Da lo mismo, que vayan a llevar a cabo una gestión urgente o que estén de puro paseo. Supongo, que los veinte años, en los que viví allí, yo actuaba de la misma manera, pero no soy consciente de ello.

          - Los vigilantes de las mascarillas en los trenes de cercanías. Si tienes algún problema serio de seguridad o de integridad física, nunca los encontrarás. Pero, ¡Ay amigo, como lleves bajada o no portes en tu  cara la maldita mascarilla!.

          - Las tiendas de turrones. De un tiempo a esta parte y no de modo estacional, se han puesto muy de moda en el centro de la capital. Nosotros tenemos controladas más de una decena y a todas las horas del día ofrecen degustaciones de variados tipos de este dulce. Gracias a ellas, nosotros endulzamos nuestras vidas cada fin de semana. Hay, que decir, que los trozos son bastante generosos y que no dan mucho la lata, para que compres.

          - La falta de cervezas, durante el sábado y el domingo, en los supermercados, que funcionan las veinticuatro horas del día. Ocurre en los Carrefour, ubicados en las plazas de Tirso de Molina y de Lavapiés y especialmente, afecta a las de cristal de litro 

          - Los revisores del último media distancia de los domingos, entre Príncipe Pío y Valladolid. O, más bien, que nunca los haya y no te convaliden el billete, por lo que si no lo haces antes en los tornos correspondientes, tu viaje no consta y podrías perder el bono frecuente y la fianza.

          - Las reservas fantasmas. Aunque parezca mentira, hay 75000 hijos de puta en España, que han adquirido el bono, solamente, para fastidiar a los demás. Reservan plazas para completar los trenes y después no viajan. Y así, semana, tras semana, con total impunidad hasta hace bien poco.

          - La RENFE o el aeropuerto de Barajas se pasan el día machacándonos con repetitivos mensajes por la megafonía. Pero, ya no solo es eso, sino que muchos de ellos están mal construidos, gramaticalmente. Es el caso de "un tren puede ocultar otro" - es, a otro - o "recuerda que tienes que estar a tu hora en la puerta de embarque para embarcar tu vuelo " -es, para embarcar en tu vuelo-.

          - Los sitios recurrentes y gratuitos para hacer tus necesidades en el centro de Madrid. El centro comercial de la estación de Principe Pío, la Casa Encendida, Caixa Forum, el FNAC, la Fundación Telefónica, las galerías Canalejas...