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martes, 4 de agosto de 2026

La ciudad de los túneles

           Aunque vayas mil veces a una ciudad -o lugar - acabas descubriendo casi siempre, caminos y sitios nuevos. Así es, porque incluso nos ocurre en el área geográfica de nuestro entorno de residencia.

          Y por eso, hoy hemos descubierto un trayecto nuevo para ir hasta el camping del Faro y de Mataleñas, mucho más corto, aunque algo anodino y sin tener casi siempre, el mar a la vista.

          El secreto reside en hacer un movimiento por calles interiores  y atravesar un recto -aunque algo incómodo - túnel de 700 metros, con estrecha acera a un lado y carril bici en el otro.

          Saliendo ya al Sardinero -donde disfrutamos de las atracciones y últimos ecos de la Feria de Santiago -, ya se toman los caminos de siempre (carretera ascendente o agradable paseo, junto al mar).

          Seis minutos exactos nos lleva montar nuestra ligera tienda de campaña, en una parcela llana, de hierba alta y bien verde (a diferencia de de los abandonados parques de la ciudad y de España en general).

          Tras el baño y el anochecer lento en la emblemática playa de Mataleñas, toca ponerse el jersey y pasar una noche de sábado arrebujados en el saco, mientras los trasnochadores y/o borrachos, van llegando a cuentagotas, porque a pesar de ser dos de agosto, falta mucho para el overbooking. En nuestra zona nadie folla, así, que ni molestias, ni envidias.

          Ayer estuvo todo el día nublado -que bien- y hasta pinteó a ratos. Hoy domingo, sin embargo, cae un sol de justicia. A nosotros nos sienta fatal, pero no se lo vamos a contar a los centenares de gentes, que abarrotan las dos playas del Sardinero y que en su mayoría, han llegado de provincias de Castilla. En el cercano Lupa y sorprendentemente, la Mahou de litro a 1,29€ y helada. ¡Para que queremos más!. Todo abierto hasta las tres, incluido el nuevo ALDI.

          El túnel de ayer, nos posibilita conocer otro cercano, en este caso de uso peatonal, ciudadano y turístico: el del mítico tren del Pombo, de unos trescientos metros.

          Toca pasar la tarde y regresar en el vetusto -que ni morlo, ni mola- regional de las 20:20.

          La abrupta costa de Santander hace de la ciudad, un severo entramado de túneles y menormente , de ascensores.

Nos encanta la Costa Quebrada

           31 de julio y a Santander, donde hemos estado mil veces en todas las etapas de nuestra vida, pero donde no recalábamos desde hace unos tres años. Iremos en el ALSA y retornaremos en un regional -el famoso y legendario tren playero-, gracias a que a nuestro abono único, aún le queda la mitad.

          Abandonamos, abruptamente y hacia el norte, la enésima ola de calor. En la capital de Cantabria, catorce grados menos y con delicioso gusto, hasta tirando de jersey. La sorpresa ha sido, que hemos llegado a destino una hora antes de lo previsto, porque el vehículo no ha parado en ninguna parte (incluido Torrelavega).

          Pero aún así, no llegamos a tiempo de esquivar el horario de cierre de la recepción del Camping del Faro y Mataleñas, por lo que nos toca dormir en sendos buses de ida y vuelta a Bilbao y en la Intermodal de esta última ciudad, donde los seguratas gilipollas campan a sus anchas.

       En realidad, nos hubiera gustado arribar aquí el fin de semana pasado, para exprimir  el fin de las Fiestas de Santiago, pero el transporte público estaba colapsado.

          Pretendemos pasar el sabado disfrutando de las bellísimas playas de la cercana Liencres -autobus urbano S8- y lo vamos a conseguir. Pero, no así, alojarnos en el Camping Playa de Arnia, porque está lleno, hasta para tiendas minúsculas y tipos delgados como nosotros . No nos había pasado algo así en la vida, pero cuánto más viejos, más primeras veces vamos teniendo: una atractiva paradoja de muchos filos.

          La Costa Quebrada tiene innumerables y estupendísimas playas, pero en un día y andando no se pueden hacer más de cuatro o cinco sin estresarte. La de Arnía, Portio, Cerrias y Somocuevas, además de las más grandes de Canallave y Valdearenas.

          La zona carece casi por completo de infraestructuras turísticas y está descuidada, debiendo compartir espacio entre caminantes y conductores. Según nos informaron en Turismo, existe una Senda Costera, de mejores vistas y que acorta el trazado, pero se halla tan escasamente mantenida, que resulta enigmática y peligrosa.

          Sin alojamiento aquí toca recular y volver a buscarnos la vida en Santander.