Tomamos el Ouigo a Sevilla, pero no nos enteramos de nada, porque nos dormimos antes de la salida del convoy.
La estación de Santa Justa está bastante alejada del centro y el camino es anodino, hasta adentrarnos en el barrio de Santa Cruz y sus simpáticas y estrechas callejuelas.
Hace un calor insoportable, a pesar de que son solo las nueve y media de la mañana. La zona de la catedral y los Alcázares Reales ya está abarrotada de gente, sobre todo de enormes y molestos grupos. No podemos más y nos echamos sobre un banzo a la sombra para sestear. Nadie nos incomoda.
Ahora toca acercarse hasta la plaza de España, donde hay animosos cantaor@s improvisados. Nos gustó mucho más, cuando estuvimos en 2001, porque en esta visita el agua de los estanques y canales está inmóvil y tiene un color verde podrido. Aquí se hacen conciertos durante todo julio.
Atravesando por el parque de María Luisa, arribamos a la Torre del Oro, cuando el termómetro ya marca los 38 grados y el sol cae, como un cuchillo. ¡Resulta insufrible!.
Cruzando el puente de San Telmo llegamos a nuestro hotel.
Se trata del Futurotel y por nuestra cápsula vamos a pagar 25€, un gran precio. Hemos estado en muchos de este tipo en el extranjero y en Madrid o Bilbao y no llegaban a este nivel, porque la cabina es grande, está muy bien equipada, buen aire acondicionado y magníficas instalaciones complementarias, para poder hacer vida fuera del habitáculo.
Descansamos un par de horas y volvemos al centro, algo menos animado, que esta mañana. Paseamos por el entramado de las calles Sierpes, Tetuán y Cuna. Han desaparecido las tiendas y bares tradicionales habiendo sido reemplazados por franquicias nacionales e internacionales. Ni negocios de trajes de faralaes, de torero, de recuerdos típicos o tabernas de chopitos o gambas de Huelva.
Es una pena, porque las ciudades en occidente son todas iguales en el centro y han perdido su personalidad propia.
Nos acercamos a la plaza de la Encarnación, donde está el complejo de las famosas setas y el mirador, construido hace unos quince años. Nos encanta por su estructura y originalidad. Aunque no lo parezca, son de madera.
Triana está a solo trece minutos del hotel, pero el calor nos derrite, así, que para otro día.
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