Son las cinco de la tarde y con más de media hora de retraso, partimos hacia Plasencia. Por el camino no perdemos el tiempo y vamos organizando a marchas forzadas el viaje de Mallorca.
Aún llegamos de día para visitar esta recogida y fantástica ciudad, que gira en torno a su Plaza Mayor y al famoso Abuelo Mayorga. Es viernes y hay bastante animación en las calles.
No dormiremos en ningún alojamiento de aquí, porque lo más barato supera los 75€ y no nos da la gana pagarlos y hacer ricos a los más ricos. Sobre las tres de la madrugada, tomaremos un bus a Mérida, para dormir unas tres horitas y tras la visita de esta ciudad, roncaremos otro tramo hasta Cáceres, donde por la tarde y tras otro paseo medieval, nos dirigiremos en tren a Madrid, para empezar nuestro periplo balear.
Amanece en Mérida, después de echar una buena cabezada, también en la estación. Está vez -a diferencia de 2010-, no nos van a estafar con el alto coste del teatro romano y de otras atracciones.
Lo fácil es y en todo el mundo, ya lo han entendido, que duplicar o triplicar el precio de los puntos de interés turísticos, da sus pingües réditos económicos. La gente es gilipollas y paga igual, porque un día es un día. Hoy piden diez, mañana treinta y pasado cincuenta y lo abonan sin inmutarse.
Pero en Mérida hay cosas gratis, como el templo de Diana, el exterior de la majestuosa Alcazaba , el acueducto de los Milagros y el de San Lázaro, el arco de Trajano, el Portico del Foro Municipal y sobre todo, nos encanta el Puente Romano y el magnífico entorno del impresionante Guadiana.
Retornamos a Cáceres y visitamos las cosas pendientes, cansados de las destructoras e impías hordas turísticas. ¡Esto, sí es una invasión y no lo de Ceuta!.
El abarrotado tren para Madrid sale puntual y nos deja en Atocha Cercanías, para el inicio de nuestra siguiente aventura.




















