Para viajar a nuestro estilo, cada vez va haciendo más frío, pero ahí seguimos, como mártires, alucinados o irresponsables.
Nos vamos por quinta vez en los últimos tiempos a Galicia. Los objetivos son Combarro -y sus hórreos-, Cambados y Pontevedra, donde yo estudié tres cursos hace mil años.
Replicamos el protocolo de la semana pasada, con el tren a Zamora. Y como entonces, compramos muchas cosas perecederas con el 50% de descuento en el céntrico Froiz.
Tomamos el bus de madrugada, aunque en esta ocasión, nos llevará a Pontevedra y no a Orense, como hace ocho días.
Hace ya varias semanas, que no tenemos conflictos con los conductores de ALSA y es muy de agradecer, sin lugar a dudas.
¡Avanzar, avanzar y avanzar!, le digo desde hace décadas a mi esposa, aunque a veces, no se ni a donde.
Sí. Llegamos a Pontevedra y hace un sol radiante. La estación Intermodal de trenes y autobuses está lejos del centro, pero el camino es agradable.
Desde la redonda iglesia de La Peregrina, a las ruinas del Convento de Santo Domingo, pasando por las callejuelas y las numerosas y agradables plazas , esta ciudad es, sencillamente, fabulosa.
Toca ponerse en marcha hacia Combarro y la cosa no va a ser sencilla, por nuestra caraja congénita, porque las chicas de turismo no están acostumbradas a responder preguntas inusuales y porque tenemos la maldita manía de ir a todos los sitios caminando
Ni el GPS, ni la inteligencia artificial -fallida muchas veces, pero te pide perdón, cosa, que no hacemos los humanos- han conseguido, que nos pasemos buena parte del viaje discutiendo (este y todos y así, seguirá siendo).









