Afortunadamente y hasta la fecha, nunca hemos tenido cáncer -tampoco otra enfermedad grave-, pero si algún día y por desgracia nos sobreviene, no seremos de esos, que nos volvamos locos y empezemos a llevar a cabo aceleradamente, una lista de las cosas, que aún nos quedan por hacer.
Para nuestra suerte y en los casi sesenta palos, que nos contemplan -en junio hago 59-, hemos podido hacer todo, lo que habíamos soñado y muchísimas cosas más, lo que para depresión general no suele ser muy común. Por supuesto y en el futuro, nos gustaría seguir cumpliendo objetivos y disfrutando de la vida, pero ya no existe nada, que anhelemos con ansia o que creamos un sueño a largo plazo o peor: irrealizable.
¿Por qué digo esto?. ¿Para mostrar prepotencia o dar envidia?. Evidentemente, no.
Lo comento, porque cada vez conozco más gente de nuestra edad o más mayores, que se arrepienten de no haber hecho determinadas cosas en décadas pasadas y que ahora se sienten con pocas fuerzas -o enfermos- para llevarlas a cabo, pero aún desearían sacarlas adelante. Esto genera ciertos sentimientos y casi todos ellos negativos: sensación de haber perdido el tiempo, frustración, inseguridad, culpa...y el sentimiento tan terrible de encontrarse en un bucle eterno.
Yo era de los que hace treinta años tenía planeadas todas las vueltas al mundo y viajes tras la jubilación. Un día, una de mis dos secretarias de entonces me dijo: "¿De verdad, le ves algún sentido a hacer planes a tan largo plazo?". Y me hizo reflexionar.
Cierto es, que no fueron sus palabras, las que nos hicieron cambiar nuestras vidas hace ya dos décadas, si no un hecho tan desagradable, como maravilloso (he aprendido de Trump a juntar en la misma frase términos absolutamente opuestos).
Éramos los dos indefinidos en nuestros trabajos y dormitábamos despiertos por la vida, cuando mi pareja y yo nos vimos de repente y casi simultáneamente en el paro.
Costó horrores la decisión de lanzarnos al vacío, cambiar de estilo de vida y las prioridades.
Lanzarnos al primer viaje largo fue una auténtica aventura y no sin cierto sentimiento de culpa e incertidumbre. Pero luego llegó el segundo, el tercero...y así, hasta los once actuales, además de decenas de otros de duración media o corta, hasta completar casi 150 países viditados (y los que puedan quedar).
Y de por medio, fuimos trabajando a ratos -mas o menos largos-, viviendo de rentas, del paro, de subsidios, de excedencias...
Hoy, seguimos teniendo la misma solvencia económica, que entonces, pero somos mucho más felices y nos sentimos absolutamente realizados.
Sirva este post para animar a la gente a tener una vida distinta, que no le lleve al arrepentimiento en la vejez. Resulta perfectamente posible y recomendable. Sobre todo -es fundamental-, si no se tienen hijos.







