En estos últimos viajes hemos visitado varios destinos pertenecientes al Camino de Santiago, fundamentalmente del Francés, aunque también del Norte.
Mi mente ha retrocedido vertiginosamente al pasado y la nostalgia me ha llevado a 1993, cuando en unas diez etapas -mas o menos - fui con un grupo desde Calzada del Coto hasta Compostela.
Fue el año del Galicia Calidade y de la exitosa campaña de la Xunta de Fraga para revitalizar el mítico camino.
Ahora, que está tan de moda la palabra, yo fui un peregrino híbrido, porque iba como periodista patrocinado por una gasística muy conocida, pero también hice un par de etapas sobre la bicicleta, que era el modus operandi de la marcha.
Estuve a punto de matarme contra un tractor en la bajada de Foncebadon a Ponferrada, a 80 kilómetros por hora. Aunque mi tránsito general fue mucho más cómodo, viajando en el coche escoba, que recogía a los ciclistas en apuros y parando en casi todos los baratísimos bares del camino. ¡Menudos bocadillos de pulpo de más de media barra, entre otras viandas y productos vitícolas!.
Aparte de mis emotivos recuerdos, escribo este post para haceros saber, que peregrinar entonces era para pobres y hoy en día llevar a cabo el camino es una misión para ricos. De la aventura y la espiritualidad, al negocio, puro, duro y cruel.
Vayamos con datos: de todas las noches y salvo en dos, dormimos en albergues gratuitos y recién estrenados -sobre todo, en Galicia -, solo pagando en un monasterio muy barato en Villafranca (en Calzada nos acogieron los vecinos en sus casas).
Hoy en día, una litera ronda los 10-15 euros de mínimo en los albergues públicos, siendo mayor el precio en los privados, donde sí admiten reservas.
La visita de todas las iglesias y catedrales era gratuita, teniendo hoy un elevado coste. ¡ Ya cobran hasta por ver el Portico de la Gloria, en la seo de Santiago!
Y de los gastos de mantenimiento diario, mejor ni hablar.
Creedme si os digo, que bajo cualquier excusa, terminarán poniendo una tasa diaria por peregrinar o por kilómetro recorrido.