Ya habíamos estado en Melilla en febrero de 2012. Por entonces, la frontera de Beni Ensar -la única existente - era un auténtico y colorido circo, donde el llamado "comercio atípico" -contrabando o portes transfonterizos- se desarrollaba con la vista gorda de las autoridades españolas y marroquíes. Escasos o nulos controles a porteadores con enormes fardos a cuestas o señoras cruzando día a día a Melilla para ganarse un discreto salario de chacha. Policias divertidos y relajados completando el pintoresco paisaje. Para el turista, todo un espectáculo de luz y color muy entretenido y que contar a la vuelta a familiares y amigos (o años después a los nietos).
Hoy, ya no queda absolutamente nada de aquello. Pero vayamos por partes.
Duermo mal y la cercana mezquita tampoco ayuda a otra cosa. A las siete y media de la mañana ya estamos arriba y media hora después, en la calle, con la lluvia cayendo con fuerza.
No hemos investigado todavía sobre los autobuses a la frontera, por lo que nos acercamos a una parada de taxis compartidos. El vehículo tarda en llenarse. Puedes haber estado veinte veces en Marruecos y pensar, que lo controlas todo, pero si ven un resquicio, por mínimo, que sea, van a intentar colártela.
Así, nos quieren cobrar tres veces más de lo que cuesta la plaza. Cuando vamos a bajarnos, aparece un simpático hombre ya entrado en años, que nos aclara , que son siete dirhams y no los 30 , que nos querían hacer pagar.
La conversación se hace amena en los 13 kilómetros, que dura el trayecto. Al enterarse, de que llevamos veinte años viajando a su país, le espeta a mi pareja: "Has tenido mucha suerte de poder conservar a tu marido. Con un DNI español, como el de él, podría haberse echado aquí cien novias jovencitas". Asegura también, que a él le caen bien los ciudadanos de cualquier país, "porque todos dejan dinero". Y sentencia: "España va bien y Marruecos también. La diferencia es que allí mandan muchos y aquí solo uno". No logramos deducir por sus gestos, para cual de los dos países es la crítica.
Son casi las nueve de la mañana, cuando llegamos a Beni Ensar, donde nos recibe algún pedigüeño. Sigue lloviendo y nosotros sin paraguas. No hay prácticamente nadie en la incomoda frontera.
Tardamos en traspasarla media hora exacta, después de los dos controles de pasaportes, las aduanas -ni miran, porque nuestro bulto es mínimo - y cuatro tornos giratorios con barras de suelo a techo. A los lados son visibles las famosas y temibles concertinas.
No amaina, mientras ya en España nos recibe un desaliñado polígono industrial, que deja paso al largo paseo marítimo, que bordea la playa de la Hípica y la de Los Carabos. Hay marea baja y un montón de abruptas olas, que rompen contra la arena.
Hay tres kilómetros hasta el centro y tenemos la suerte de encontrarnos un paraguas, levemente dañado, que perderíamos dos días después.
Llegando al final del paseo y hacia la derecha, arribas a Melilla la Vieja, una enorme fortaleza amurallada con vistas infinitas al agitado y sublime mar. Está bastante bien conservada y la visita es gratuita, con vídeos explicativos muy bien hechos sobre su historia y funciones, además de sus personajes más celebres. Puertas, torres, muros, iglesias, acantilados... Imprescindible visita, que puede durar más de dos horas.
Volviendo al paseo marítimo y girando a la derecha, se llega a la plaza de España -en la actualidad, completamente en obras- y a las famosas calles plagadas de edificios modernistas de gran belleza, aunque para nuestro gusto, demasiado simétricos. La multirreligiosidad de la urbe está latente en la cercanía en la zona de una mezquita -junto al mercado central -, una iglesia -también en restauración -, una sinagoga judía y un templo hinduista.
Buscamos el barato supermercado de 2012, pero no dimos con él. Sí con un Mercadona, edificado en unos antiguos y enormes talleres. Los precios de todo son los mismos, que en la península -vino y cerveza incluidos-, salvo para las bebidas alcohólicas, que tienen un descuento de un 30% aproximadamente. ¡Nos abastecemos!




