Al llegar al borde fronterizo español nos damos cuenta, de que la cosa no va a ser tan sencilla y rápida, como esta mañana. La cola es larguísima y no avanza. Nos llama la atención, que la mayoría de la fila está formada por mujeres, fundamentalmente, de mediana edad o más mayores. Casi la totalidad habla español y buena parte de ellas porta taburetes plegables para sentarse y hacer más llevadera la tediosa espera.
Justo delante de nosotros está una dicharachera y parlanchina mujer con su hija de tres años -tiene otra de diez, no presente -, llamada Aliena. La sonriente cría es tremendamente inquieta y no hay forma, de que pare ni un segundo. Para que se entretenga, le ha dado una enorme bolsa de caramelos, para repartir a lo largo de toda la cola. Y cuando termina, otra de pistachos del Mercadona (después nos dirían, que siempre lo hace).
Por su extenso vocabulario en español, por sus finas y caras ropas, por la calidad del cochecito para niños o por su maleta se ve claramente, que es una mujer de ciertos posibles, muy por encima de la media marroquí de la presente fila y del país en general.
No para de conversar agradablemente y se va a convertir en "nuestro cicerone" para el paso de la frontera, sin ni siquiera habérselo pedido.
Ella solo atraviesa este paso los viernes -hoy lo es- y de vuelta los lunes. Durante la semana trabaja y duerme en Melilla, sin especificar en qué. Pero hay gente, como otras dos mujeres de mediana edad, que se han incorporado a la conversación, que lo hacen todos los días. "A veces -dice una de ellas-, siete horas trabajando y luego aquí otras cinco para volver a mi país.
Los marroquíes y para cruzar por aquí o tienen visado o tarjeta de frontera (no sabemos, como se obtiene, aunque suponemos, que será con un permiso de residencia).
Pasa el tiempo y nos damos cuenta, de que la cola es una especie de canal de Panamá, que va como por exclusas, a trompicones. Estas veinte minutos parados y de repente, avanzas cincuenta metros o más. Y el revuelo se hace palpable entre griteríos y gentes sin escrúpulos, que trata de avanzar de cualquier forma. Pero nuestra anfitriona no permite, que se nos cuele nadie y sus broncas en árabe resultan muy contundentes.
Finalmente y entrando en la oficina española se nos cuelan dos personas. La madre de Aliena -no sabemos su nombre- se dirige a un policía y le espeta: "estás dos maleducadas están tratando de ponerse delante de este matrimonio cristiano" y nos deja de piedra. El agente las devuelve a su antigua posición sin rechistar.
Allí, ya perdemos contacto con nuestra protectora -su marido no tiene permiso para entrar en España-, que pasó por delante de nosotros. Pero nos quedamos de charla con las otras dos mujeres, que nos cuentan sus penurias diarias, sus discretos sueldos y el desgaste cotidiano de cada jornada. Una de ellas dice: "estoy tan cansada, que ya no quiero ir a una boda. Prefiero, que no me inviten". Tiene 45 años, tres hijos y una madre mayor, que los cuida. No habla de su marido, por lo que suponemos, que es viuda.
También nos indican, el autobús, que debemos tomar para volver a Nador: el 20. No debemos confundirnos con otro de idéntico número, que llega hasta Farjana, donde van ellas. "De todas formas -dice-, si os equivocáis, la cena la tenéis garantizada en nuestra casa".
No sabemos , tanta animadversión a los marroquíes, por parte de muchos españoles, con lo que ellos nos quieren y su indiscutible hospitalidad.
Al final, el tiempo total del cruce de frontera, de sus cuatro torniquetes, de los dos controles de pasaportes y aduanas, se eleva a dos horas y diez minutos, más de cuatro veces de tiempo, que por la mañana. Una y tres cuartos para salir de España y casi media para ingresar en Marruecos.







