En el trayecto de ALSA entre Bilbao y Madrid, habíamos hecho las reservas de la vuelta a la inversa, para evitar contratiempos. Primero, el Media Distancia entre Madrid y Valladolid, para última hora del domingo. Después, el Granada - Madrid para el mismo día por la mañana. Y finalmente, el de ida desde la capital de España a la ciudad andaluza, para la madrugada del sábado.
Evidentemente y después de tres noches sin hotel, no cabía otra cosa más urgente, que tomar una habitación costará, lo que costara. Las había desde 58€, casi la mitad de precio, que en Castro Urdiales. Pero hasta las tres de la tarde no podríamos tomar posesión de ella.
Así, que a las ocho de la mañana, haciendo aún frío, pero con cielo despejado y el sol despuntando, nos fuimos caminando hasta el centro. La estación está lejos, casi a una hora a pie y transitando por numerosas y aburridas rotondas.
A las nueve de la mañana -incluso un sábado santo-, Granada es una maravilla, porque las hordas -y gordas- turísticas aún duermen o están desayunando. Nos llamó la atención, que aún sigan trabajando esas gitanas mayores, que te tratan de colocar hierbabuena, para sacarte los cuartos.
Recorrimos pausadamente en casi soledad los alrededores de la catedral, empapándonos del constante olor a empanadas, pizzas y hojaldre.
Una hora después nos dirigimos al cercano y bello Albaicin. El barrio es una pasada. A un lado las casas y al otro, las torres de la Alhambra, a veces, junto a un canal con pequeños saltos de agua. Pero no nos engañemos: el paseo no es nada cómodo, sobre todo, cuando se peta de gente -como a la vuelta, siendo ya más del mediodía -, porque las aceras son muy estrechas y el tráfico constante (sobre todo, taxis). No se el que, porque no es mi cometido, pero deberían hacer algo.
Habíamos estado unas cuantas veces en Granada -la primera en 1991, cuando descubrimos sus generosos aperitivos gratuitos -, pero nunca habíamos subido hasta el mirador de San Miguel Alto y desde luego, ¡que elevado está un rato!. Desde la calle principal se debe salir a la derecha. Está indicado, pero es el único cartel en todo el camino, con lo que luego no es difícil despistarse, porque además no había mucha gente para preguntar. Afortunadamente, nos topamos con un simpático anciano con mucho tiempo libre y gracejo.
El trayecto es largo y constantemente ascendente, hasta que se llega a un extenso pinar. Justo detrás de él se halla una ermita grande y blanca y el espectacular mirador sobre la Alhambra, el Sacromonte y el Albaicin.
Las vistas son impresionantes y además, sube muy poca gente, porque hay, que esforzarse y la mayoría no está por la labor. En concreto nos cruzamos con tres argentinos y un par de colgadillos con perros.
Al contrario, al más cercano mirador de San Nicolás resulta mucho más fácil llegar y está repleto de lugareños, nacionales y guiris. Las vistas son más modestas, pero no dejan de estar bien, en un ambiente de estrés.
Siendo las dos y ya con la ciudad petada de turistas nos acercamos hasta la Alhambra, por ese camino jalonado a ambos lados con regatos descendentes .
Hemos entrado al recinto un par de veces en nuestras vidas. La primera, en 1991, cuando aún teníamos carnet de estudiante y pagamos 150 pesetas por la entrada general. Entonces, era gratis los domingos por la tarde. Ahora solo lo es para los "granaínos", en lo que es una clara y burda discriminación.
Cansados y sedientos, localizamos en el móvil un cercano Mercadona y nos fuimos a hacer las compras para la tarde y a comernos un kilo de helado de limón (el día anterior había sido de mango).
Y ahí terminó nuestro día activo, sobre las tres de la tarde. Nos fuimos al Art House -esta mejor y más céntrico el de Madrid - a tomar posesión de nuestra modesta habitación con baño compartido. A esas horas ya hacía 25° y nos sobraba toda la ropa. Pero en la alcoba reinaba algo de fresco. Resulta increíble que no te pongan la calefacción pagando 58€.
Y allí estuvimos 18 horas seguidas hasta las nueve de la mañana del domingo, sin remordimiento alguno.




