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lunes, 6 de julio de 2026

¡Que bonito es Candelario!

           Son casi las ocho de la tarde y envueltos en el desagradable sudor, cuando caminando ligeros, ponemos rumbo a Candelario, por una carretera absolutamente ascendente y estrecha, teniendo como referencia y siempre a la izquierda, el serpenteante y ágil río Cuerpo de Hombre.

          En los cuatro kilómetros de duración, con algunas sombras, el tráfico no es denso, pero si muy molesto. Nos topamos con varias fábricas abandonadas, desconociendo el gremio, que sustentó su actividad en el pasado.

          Enclavado entre montañas y cuestas, Candelario es, sin lugar a dudas, uno de los pueblos más bonitos de España. Está absolutamente relacionado con la matanza de cerdos  y bueyes y con la omnipresente chacineria, aunque tiene pinta, de que hoy sus habitantes viven de otra cosa, sin saber dar más pistas del asunto.

          Sus calles y casas resultan armoniosas y colosales, siendo habitualmente de tres plantas y con un enorme portalón de gruesa y cuidada madera noble. La primera estaba pensada, para las labores del despiece de los animales. La segunda, como vivienda y la tercera, como lugar de secado de las carnes.

          Su iglesia, aunque muy encajonada, resulta bellísima, aunque, como ya anochece, no podemos visitarla por dentro y es una pena.

          Dos cosas son muy características de Candelario: sus paneles informativos sobre la historia de la villa y sus dieciocho fuentes de agua helada, que cortan la sed, radicalmente. Sin olvidarnos de sus estruendosas regaderas descendentes, que  también fueron pensadas para la omnipresente matanza, que se desarrollaba  entre noviembre y enero y que daba sustento a muchos trabajadores de los alrededores.

          Candelario tiene un extensísimo parque, para apenas sus mil habitantes, aunque no está demasiado bien cuidado y más se parece a un pinar con el suelo lleno de piedras y rastrojos , que a un lugar recreativo y confortable. Da igual, ¡porque será nuestro hogar esta calurosa noche de julio!.

¡La sierra no nos alivia!

           Arranca una nueva ola de calor en los albores del verano y ya no sabemos cuantas van  y sobre todo, las que quedan. Buscamos un alivio, yéndonos a la sierra, pero de nada nos va a servir. ¡Qué mal llevamos el maldito calor!

          Y el sistema central nos espera y en concreto, la Sierra de Candelario, con cumbres de hasta 2400 metros de altitud, como la de la Caja y el Calvitero, pero nosotros, a pesar de atiborrarnos de cuestas, no vamos a picar tan alto.

          Tomamos el ALSA para Béjar y el insensible y agresivo conductor, nos castiga sin el aire acondicionado. En teoría, el trayecto es directo, pero siempre para más de media hora en Salamanca. Ahora y hace treinta años, cuando llevaba a cabo mis bolos estudiantiles y mis primeros trabajos.

          Antiguamente, para llegar hasta Béjar había, que serpentear por la caprichosa sierra de fuentes de agua helada y esquivando  voluminosas cosechadoras. Hace ya mucho tiempo, que la cosa resulta mucho más sencilla por la autovía, aunque menos aventurera y reconfortante. ¡Recuerdos de infancia y adolescencia!. 

          Bejar está a casi mil metros de altitud, pero como si no. Nos damos cuenta, de que resulta un municipio algo hostil para caminar, porque es muy alargado y con estrechas aceras y no nos hace ninguna gracia tener, que estar preocupados, constantemente, del tráfico y de buscar sombras inexistentes.

          Pero sí: la localidad -a estas horas primeras de la tarde, completamente desierta-, merece la pena, con su bella arquitectura, predominando el mudéjar y el barroco. Las iglesias soportan severos y robustos torreones y el Palacio Ducal -como el de Venecia -, se convierte en un símbolo de la villa salmantina, que coquetea con Cáceres y Ávila.

          Habíamos pensado pasar la noche en un camping, en las afueras de Candelario. Pero, como casi siempre, abusamos de nuestra indisimulada torpeza. Si. Hemos cogido el saco, pero se nos ha olvidado la tienda. Evidentemente, y una vez más, nos va a tocar pasar la noche al raso y la verdad es, que estamos ya tan acostumbrados, que casi nos da igual.

          Antes de plegar velas, nos encaminamos a la abrupta ruta  de las desaparecidas fábricas textiles, cercanas al sonoro río, llamado curiosamente, Cuerpo de Hombre. No existe una certeza , de porqué los romanos eligieron esa denominación.