Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.

martes, 14 de abril de 2026

Ligeros, como los hijos de la mar

           Resulta más habitual de lo deseable, que le cuentes a alguien, que has conseguido unos billetes de avión muy baratos para un sitio determinado y la pregunta siguiente sea: ¿Pero están incluidas las maletas?. ¿Por qué la primera y más preocupante asociación de viajar, sea la palabra equipaje, para la mayoría de la gente?. A mí esa pregunta, me hace casi enfermar, pero trato de aguantar el tipo y responder: "No. No están incluidas las maletas, pero en la mayoría de billetes caros y de aerolíneas de bandera, tampoco".

          No se puede generalizar, pero la mayoría de los que esto proclaman son personas que han viajado poco o nada; que están acostumbrados a vacaciones en coche o que enseñan como único y valioso trofeo un viaje a Punta Cana. ¡A Punta Cana ocho días/siete noches, teniendo las preciosas islas y playas, que poseemos en España. De los tres, solo entiendo a los segundos y tampoco del todo.

          Son los que nosotros denominamos turistas "porsi", en relación a empezar a meter una cosa tras otra, por si acaso, hasta parecer cargueros andantes o generosos portadores de ayuda humanitaria.

          Igual, que hoy en día no eres nadie si no paseas a tres o cuatro perros a la vez, la gente parece competir en los aeropuertos para ver quién lleva más maletas y más grandes. ¡Es absurdo, pero real, plantearse un viaje, como si fuera una mudanza!.

          Muchos, no pueden ni manejarlas y otros, lo hacen con gran temeridad, arrollando todo, lo que pillan de por medio y normalmente, sin inmutarse por ello. ¡He pasado más miedo, por hablar de un par de ellos, en los aeropuertos de Delhi o Shanghái, que en las calles de esas dos ciudades y no exagero!.

          Se van reduciendo paulatina y afortunadamente, aunque siguen siendo mayoría, los viajeros con bultos con ruedas a sus espaldas. Deberían estar prohibidos y penados, dado que resultan incontrolables, salvo para los pasajeros con ojos en la nuca. Más soportables son, los que se llevan lateralmente, aunque la forma ideal sería, transportarlos por delante.

          Luego además, estos tráilers humanos suelen quejarse de tener, que pagar por el equipaje o por el exceso de peso, alegando, que debería estar incluido. Como, que si pagará lo mismo por un café, que si le añades un pincho de tortilla y un zumo de frutas.

          Nosotros siempre -más bien, desde hace casi dos décadas- viajamos con dos mochilas pequeñas de unos tres/cuatro kilos de peso y unas dimensiones adaptables a todas las compañías aéreas del mundo. Da igual, que sea un fin de semana o puente, que irnos un año entero. Es sencillo de entender, pero por extrañas causas, la gente no suele asociar, que la mayoría de las cosas, que llevan en sus voluminosos bultos, se pueden comprar en los lugares de destino. Y en muchas ocasiones, hasta más barato, que en tu propio país.

          Nosotros en los tres últimos lustros, apenas hemos facturado dos o tres veces y siempre fue, por llevar a países musulmanes más cantidad de alcohol de lo permitido en cabina.

          La mayoría de los viajeros parece tampoco entender, que solo con equipaje de mano te ahorras pasar -normalmente- por el mostrador a la salida y por la cinta giratoria a la llegada con el consiguiente valioso ahorro de tiempo y gestiones. Y sobre todo, evitas perdidas y otras sorpresas desagradables.

          Naturalmente, no siempre fue así. Nosotros también fuimos víctimas del mal del injustificable equipaje, hasta que dijimos basta y no necesitamos pasar por terapia (individual o grupal).

          Cuándo los primeros interrailes de finales de los ochenta, íbamos de camping y llevábamos la casa a cuestas. Vivíamos todavía con nuestros padres y obviamente, hacíamos cada uno nuestro propio equipaje. Deshaciendo el de mi pareja, le llegué a contar doce camisetas. Es verdad, que por entonces éramos un poco guarretes y lavábamos muy poco. El lema era: "ir auténticos". O sea: llenos de mierda.

          El cambio radical se produjo casi al inicio del tercer viaje largo, estando en Pietermarizburg ,(Sudáfrica). Hacia un calor de muerte en pleno mes de diciembre y pasamos sed -ni tiendas, ni bares de camino-, hasta casi la extenuación. Finalmente y al borde del colapso encontramos una cerveza -allí las típicas son de 75 centilitros - y engullimos de un trago una cada uno. Tomamos aliento y dijimos: "estás mochilas tan grandes, nunca más". Y hasta hoy.

lunes, 13 de abril de 2026

Medina del Campo

           Aprovechando la vigencia actual de nuestro bono único,  decidimos pasar el domingo en Medina del Campo. No resultó una determinación correcta, porque a pesar de haber sol, la temperatura era baja, el aire intenso y molesto y terminó lloviendo a cántaros. A pesar de estar a poco más  de 50 kilómetros de Valladolid, nunca habíamos visitado esta localidad a fondo.

          Habíamos estado allí decenas de veces, especialmente de jóvenes, porque era punto necesario para tomar trenes de largo recorrido, que se dirigían al norte -esencialmente a Galicia-, pero no habíamos ido más allá de los bares, que se hallaban cercanos a la estación, donde los camareros nos dejaban boquiabiertos con las historias de un delincuente local, apodado "el choto", no sabemos, si verdaderas o meros bulos ochenteros.

          La estación vieja se ubica algo alejada del centro, aunque no hace falta llegar hasta él para visitar la atracción principal del pueblo: el bello Castillo de la Mota, que cuenta con torres redondas y otras más cuadradas.

          La localidad cuenta con la Plaza Mayor más grande de España  -la de la Hispanidad-, donde se encuentra la Colegiala de San Antolín -algo mamotreto -, el ayuntamiento y el palacio testamentario de la reina Isabel. Muchas calles peatonales la rodean , donde los bares estaban a pleno rendimiento en el mediodía del domingo.

          Además, la villa tiene un buen número de iglesias y conventos tradicionales de bonita factura, aunque demasiado clásicos.

          El alóctono río es el Zapardiel, que se halla seco, no sabemos desde cuándo. Sin embargo y junto al cauce, se extiende un extraordinario y cómodo Paseo de Versalles.

          También tiramos por la calle de Salinas, en lo que parecía una senda prometedora, pero donde terminamos arribando fue a la moderna y pequeña estación del AVE.

          El fin de semana, que viene, nos largamos a Madrid, gracias de nuevo al abono único, a ponernos al día  con diversas exposiciones y eventos.

          Del 22 al 27 de abril, volamos a Nador, en Marruecos, para transitar por los diversos alrededores, especialmente, por el cabo Forcas, aprovechando una fiesta autonómica y un par de días de asuntos propios.

          Y el último finde del bono, el del puente de mayo, nos dirigiremos a Asturias.

Castillo 🏯 de la Mota




 

Castillo 🏯🏰 de la Mota, en Medina del Campo


 

viernes, 10 de abril de 2026

¡Adiós a la Semana Santa!

           Habíamos pegado un buen volantazo y en tan solo un par de horas de toma de decisiones habíamos cambiado  con éxito el rumbo de nuestro viaje semanasantero, después de hallarnos atrapados en el fango psicologico -además de la lluvia y el viento- de Cantabria y País Vasco. No nos arrepentimos, ni de haber hecho esos más de 800 kilómetros entre Bilbao y Granada, ni de la larga vuelta a casa, ni de solo haber pasado poco más de 24 horas en la siempre agradable Andalucía.

          El domingo amaneció soleado y caluroso. Dejamos con mucha pereza la habitación del hotel y nos dirigimos por otro anodino camino a la estación de autobuses. Otra vez nos tocaba vehículo subcontratado y no de ALSA -Montijano-, pero al menos tenía tomas USB para cargar el móvil. Una cosa muy buena, que ha puesto en marcha la compañía de transportes asturiana es, mandarte un WhatsApp al celular, con el número de matrícula de tu autobús, unos minutos antes de la salida.

          El amable conductor y antes de ocupar nuestras plazas ya nos advirtió, de que probablemente tomaríamos retraso sobre el tiempo de viaje previsto. No se equivocó.

          Partimos en hora, a las diez de la mañana y todo iba sobre ruedas hasta llegar a La Carolina, donde sufrimos las primeras severas retenciones, aunque no las más serias del viaje. El tráfico también se ralentizó al cruzar Despeñaperros y sobre la una de la tarde paramos media hora a almorzar y a necesidades varias -era un bus sin baño- en un concurrido complejo de comidas de Almuradiel.

          Estábamos ya en la tercera provincia más grande de España, después de Badajoz y Cáceres. La situación volvió a la normalidad, hasta que llegamos a Valdepeñas -pueblo donde yo pasé dos buenas semanas en 1997, haciendo un curso-, donde volvieron las desagradables y desesperantes retenciones.

          Pero aun faltaba por llegar el premio gordo y eso ocurrió al atravesar Puerto Lapice, una localidad citada cuatro veces en Don Quijote de la Mancha y también famosa por sus casas blancas estilo manchego y su bello patrimonio. Nos hubiera gustado bajar a verla, en vez de tirarnos casi hora y media para recorrer cuatro kilómetros en el atranque más importante del día. No sabemos si Quijote y Sancho sufrieron algo parecido.

          Nos temimos  lo peor y no llegar a conectar con nuestro Media Distancia a Valladolid, por lo que tomamos un plan B, reservando billetes con ALSA para casi la media noche. En el mapa interactivo de la DGT, que vimos por internet, aparecían dos accidentes en esta zona, pero en la realidad, no contemplamos ninguno.

          Al atravesar las afueras de Tembleque, ya en la provincia de Toledo, sufrimos el último amago de retenciones. Finalmente, llegamos a Méndez Álvaro con una hora y tres cuartos de retraso, en el único tramo con incidentes de todo nuestro periplo.

          Faltaban casi cuatro horas para nuestro tren, así, que anulamos los billetes del ALSA. El día era muy caluroso en Madrid, así que nos sobraba toda nuestra pesada ropa. Pasamos por el Samplia de Gran Vía y de Callao para probar un par de ricas degustaciones, además de dar un largo paseo por el centro, como siempre, abarrotado de guiris.

          Al arribar a la estación de Príncipe Pío, pudimos al fin resolver el problema del abono único y los Cercanías. En esta ocasión, la chica resultó muy diligente y nos llevó a la máquina a enseñarnos a vincular con el pin, el abono y la tarjeta física. No resulta nada complicado.

          Era Domingo de Resurrección. En años pasados y con los bonos gratuitos, no habría habido billetes para tal día, dos o tres semanas atrás. Pero el tren iba vacío, al ser de pago y de precio poco competitivo con ALSA e incluso, con algunos AVE. Por eso, volveremos a pedir al gobierno, que se repiense la gratuidad de los transportes, que no tuvieron costes entre septiembre de 2022 y junio de 2025.

          Más allá de la una de la madrugada, llegamos a casa, exhaustos.

¡Graná!

           En el trayecto de ALSA entre Bilbao y Madrid, habíamos hecho las reservas de la vuelta a la inversa, para evitar contratiempos. Primero, el Media Distancia entre Madrid y Valladolid, para última hora del domingo. Después, el Granada - Madrid para el mismo día por la mañana. Y finalmente,  el de ida desde la capital de España a la ciudad andaluza, para la madrugada del sábado.

          Evidentemente y después de tres noches sin hotel, no cabía otra cosa más urgente, que tomar una habitación costará, lo que costara. Las había desde 58€, casi la mitad de precio, que en Castro Urdiales. Pero hasta las tres de la tarde no podríamos tomar posesión de ella.

          Así, que a las ocho de la mañana, haciendo aún frío, pero con cielo despejado y el sol despuntando, nos fuimos caminando hasta el centro. La estación está lejos, casi a una hora a pie y transitando por numerosas y aburridas rotondas.

          A las nueve de la mañana -incluso un sábado santo-, Granada es una maravilla, porque las hordas -y gordas- turísticas aún duermen o están desayunando. Nos llamó la atención, que aún sigan trabajando esas gitanas mayores, que te tratan de colocar hierbabuena, para sacarte los cuartos.

          Recorrimos pausadamente en casi soledad los alrededores de la catedral, empapándonos del constante olor a empanadas, pizzas y hojaldre.

          Una hora después nos dirigimos al cercano y bello Albaicin. El barrio es una pasada. A un lado las casas y al otro, las torres de la Alhambra, a veces, junto a un canal con pequeños saltos de agua. Pero no nos engañemos: el paseo no es nada cómodo, sobre todo, cuando se peta de gente -como a la vuelta, siendo ya más del mediodía -, porque las aceras son muy estrechas y el tráfico constante (sobre todo, taxis). No se el que, porque no es mi cometido, pero deberían hacer algo.

          Habíamos estado unas cuantas veces en Granada -la primera en 1991, cuando descubrimos sus generosos aperitivos gratuitos -, pero nunca habíamos subido hasta el mirador de San Miguel Alto y desde luego, ¡que elevado está un rato!. Desde la calle principal se debe salir a la derecha. Está indicado, pero es el único cartel en todo el camino, con lo que luego no es difícil despistarse, porque además no había mucha gente para preguntar. Afortunadamente, nos topamos con un simpático anciano con mucho tiempo libre y gracejo.

          El trayecto es largo y constantemente ascendente, hasta que se llega a un extenso pinar. Justo detrás de él se halla una ermita grande y blanca y el espectacular mirador sobre la Alhambra, el Sacromonte y el Albaicin.

          Las vistas son impresionantes y además, sube muy poca gente, porque hay, que esforzarse y la mayoría no está por la labor. En concreto nos cruzamos con tres argentinos y un par de colgadillos con perros.

          Al contrario, al más cercano mirador de San Nicolás resulta mucho más fácil llegar y está repleto de lugareños, nacionales y guiris. Las vistas son más modestas, pero no dejan de estar bien, en un ambiente de estrés.

          Siendo las dos y ya con la ciudad petada de turistas nos acercamos hasta la Alhambra, por ese camino jalonado a ambos lados con regatos descendentes . 

          Hemos entrado al recinto un par de veces en nuestras vidas. La primera, en 1991, cuando aún teníamos carnet de estudiante y pagamos 150 pesetas por la entrada general. Entonces, era gratis los domingos por la tarde. Ahora solo lo es para los "granaínos", en lo que es una clara y burda discriminación.

          Cansados y sedientos, localizamos en el móvil un cercano Mercadona y nos fuimos a hacer las compras para la tarde y a comernos un kilo de helado de limón (el día anterior había sido de mango).

          Y ahí terminó nuestro día activo, sobre las tres de la tarde. Nos fuimos al Art House -esta mejor y más céntrico el de Madrid - a tomar posesión de nuestra modesta habitación con baño compartido. A esas horas ya hacía 25° y nos sobraba toda la ropa. Pero en la alcoba reinaba algo de fresco. Resulta increíble que no te pongan la calefacción pagando 58€.

          Y allí estuvimos 18 horas seguidas hasta las nueve de la mañana del domingo, sin remordimiento alguno.

jueves, 9 de abril de 2026

Más de ochocientos kilómetros, casi de golpe

           Tienen suerte los vascos, porque en Euskadi es fiesta jueves y viernes santo, más el lunes de Pascua , pudiendo juntar cinco días.

          Nos encanta pasear por el centro de Bilbao, pero en este caso había, que tomar una decisión sobre que hacer el sábado y el domingo. En apenas un radio de medio kilómetro vimos, una ferviente aglomeración a la puerta de una iglesia, una actuación musical tradicional y un concierto de Tanxuguerias (o imitadoras). ¡Así es Bilbao!

           Y mientras tanto y con perseverancia,no paraba de llover y de hacer aire, teniendo ya los pies empapados 

          Decidimos, un extremis, que nos iríamos esa misma tarde a Madrid, al ver, que había plazas en el ALSA y luego, ya veríamos.

          Pero antes de volver a la Intermodal de autobuses preguntamos, en la estación de Cercanías como funciona el abono único en los trenes de esa categoría. Y para nuestra sorpresa, la chica de la ventanilla nos dijo, que no tiene ni idea. ¡Toma ya!.

          Nos subimos al bus para la capital y nos pusimos en modo locura. ¿Y si nos vamos a Granada en el ALSA de la una y media de la madrugada, puesto, que aún, quedaban algunos asientos libres?. ¡Dicho y hecho!. El único problema iba a ser, que llegábamos a la estación de Avenida de América y saldríamos para Andalucía de la de Méndez Álvaro.

          El viaje a Madrid resultó tranquilo y en cinco horas nos pusimos en nuestro destino. El autobús fue lleno hasta la única parada intermedia -Burgos- y allí, nos quedamos solo a bordo diez personas, contemplando un bonito atardecer, después de dos jornadas lluviosas y desagradables. Las nubes habían desaparecido justo, al abandonar el País Vasco.

          En Madrid la temperatura era muy agradable y nos sobraba toda la ropa. En hora y media y sin problemas, hicimos el camino entre las dos estaciones, paseando. Las zonas de bares estaban abarrotadas, como corresponde a un viernes por la noche. Pero, el resto de la ciudad permanecía realmente tranquila.

          El bus para Granada partió casi en punto y caímos rendidos nada más arrancar, no enterándonos de nada de las cinco horas de viaje y siendo ya la tercera noche sin hotel.

          A las seis y media de la mañana arribamos a la capital andaluza, siendo todavía de noche y con frío (siete grados de temperatura)

¡Un Vía Crucis Viviente!

           El jueves santo, cuando más fuertemente llovía, nos habíamos apalancado en la funcional oficina de turismo de Castro. Son muchas las rutas, que se pueden llevar a cabo por los alrededores. Nosotros en 2020 y en plena pandemia, ya habíamos realizado en casi su totalidad la etapa del Camino de Santiago del Norte, entre Muskiz y Castro Urdiales. ¡Sencillamente bellísima!.

          En esta ocasión, tres eran nuestros objetivos: la de diez kilómetros, a través de los acantilados y hasta el cargadero de Dicido. Empezamos mal, porque en la actualidad está cerrada por serios y constantes derrumbes.

          Otra era la Vía Verde del Piquillo, de Ontón a Cobarón. No seguimos muy bien, porque no arranca desde Castro, sino a siete kilómetros, por lo que conviene ir en vehículo particular hasta el inicio.

          Y finalmente, la Vía Verde de Traslaviña, que por las lluvias no está en las mejores condiciones, pero permanece abierta.

          Nos centraríamos en ella, pero antes, tocaba ir al inicio -diez de la mañana - de la Pasión Viviente, en la iglesia de Santa María, que ya había tenido una fase previa el jueves por la noche. El solemne espectáculo comenzó casi puntual. Se fueron recreando poco a poco las catorce estaciones del Vía Crucis de Jesús, hasta la crucifixión y posterior resurrección (hasta no hace muchos años está última parte no se incluía). Las calles se llenan de altavoces para que pueda ser seguido en todo el pueblo. Se ve, que los actores no son profesionales, pero para nada quita un ápice de mérito en una representación vibrante, emotiva y grandiosa.

          Algunas son las críticas, que no podemos dejar de hacer, muy a nuestro pesar:

          -. La extraordinaria masificación a lo largo de todo el pueblo y toda la mañana, que no solo impide caminar con soltura, sino ver la mayor parte del espectáculo, limitándote a solo escucharlo.

          -. Al hilo de esto, la mala ubicación de los actores. Normalmente, están en alto, por lo que el público se coloca en cuestas descendentes, siendo imposible visualizar casi nada.

          -. La ceremonia es larguísima y poco ágil. Seis horas de duración total son demasiadas para el aguante de cualquier cuerpo. Decidimos quedarnos a las primeras representaciones y a las ultimas y entre medias, levar a cabo la Vía Verde de Traslaviña, que arranca desde las afueras del pueblo. Aunque es más larga, hicimos solo unos tres kilómetros y otros tantos de vuelta, contemplando pueblos, un bello paisaje natural y un larguísimo túnel, acompañados de muchos domingueros en bicicleta y unos pocos peregrinos, la mayoría en solitario. ¿Se habrán encontrado ya a si mismos?.

          Regresamos a tiempo para ver las etapas finales del Vía Crucis Viviente, entre la emoción de la crucifixión y la insoportable aglomeración, en la que solo le faltó un Herodes real, para hacerse cargo de tanto niño desquiciante y mal educado.

          Como hemos dicho, el espectáculo es grandioso, pero pur lo expuesto en las valoraciones de más arriba, no os recomendamos acudir en el futuro, mientras no solucionen esas cosas.

          Tocaba pensar, que hacer el sábado, al no tener más excursiones en los alrededores y estar las habitaciones a más de cien euros. Nos planteamos, incluso, volver a casa en autobús, pero todos los vehículos iban completos.

          Decidimos, que pasaríamos parte de la tarde en Bilbao, paseando por el centro y las siete calles, que tanto nos gustan. Mientras tanto, iríamos urdiendo un nuevo plan.

miércoles, 8 de abril de 2026

Objetivo Castro Urdiales

           El viaje de Semana Santa ha sido glorioso y nos ha resucitado de la abulia de los dos últimos meses. Pero por momentos se transformó en diabólico, viendo de cerca el infierno, tras pasar por el purgatorio. Parece un chiste malo o un simple juego de palabras, pero nuestra realidad se ha ajustado bastante a lo descrito en este trepidante periodo de pasión.

          Nunca pensamos, que fueramos a recorrer más de 2250 kilómetros, doce provincias o seis comunidades autónomas. O que tres de las cuatro noches no tendríamos hotel. Pero nosotros nunca nos rendimos ante la adversidad, las sorpresas negativas o la especulación y avidez de los sirvenguenzas del sector turístico (propietarios de alojamientos y hosteleros). Todo el mundo debería hacer lo mismo.

          La idea inicial pasaba por viajar el miércoles a Santander. Pasar jueves, viernes y la mitad del sábado en Castro Urdiales -haciendo rutas- y la tarde en Bilbao, viajando de noche a Gijón donde finalizaríamos el periplo el domingo.

          La cosa no empezó demasiado mal y tomamos el bus previsto a la capital cántabra, donde llegamos de noche y paseamos  desde las estaciones a la playa del Sardinero (jugaban el Racing y el Sporting).

          A las dos de la mañana tomamos un bus a Bilbao y dormimos en él. Lo hay directo a Castro, pero no lo cubre el bono único por ser un tramo, dentro de la misma región. En la Intermodal bilbaína seguimos roncando nuestras miserias.

          Sobre las nueve de la mañana nos subimos a un vehículo de IRB, rumbo a Castro Urdiales. Lo cubre el bono, porque aunque son solo 34 kilómetros es trayecto interregional.

          La noche anterior había llovido y lo haría a intervalos, durante todo el jueves y parte del viernes, haciendo algo de frío y desagradable aire. El abrigo, el gorro y la bufanda, lamentablemente, no sobraban.

          Nos bajamos en la última parada, junto a la fea plaza de toros y no nos costó demasiado esfuerzo llegar hasta la maravillosa playa de Ostende, de gran oleaje -a pesar de la baja mar- y aguas verdosas, que ni el intenso nublado podía teñir de otro color.

          Tomamos un embarrado sendero hasta la Punta de la Pepina, contemplando diversos acantilados, los restos de un cargadero minero y desde la lejanía, los diferentes monumentos del pueblo.

          Regresamos por el mismo camino y recorrimos el arenal entero hasta el casco histórico, donde destacan la iglesia, el castillo -gratuito-, el faro, la ermita y algunas agradables calles peatonales dignas de ser paseadas y de zambullirse en los pinchos y potes de sus bares.

          Nos llevamos una muy agradable sorpresa al saber -no teníamos ni idea-, de que al día siguiente se iba a celebrar una tradicional Pasión Viviente, durante varias horas, evento muy trascendental y concurrido. Se estaban ultimando todos los preparativos a buen ritmo.

          En el interior del castillo habían montado todas las estaciones de la crucifixión de Jesús con play móvil, de forma muy original e imaginativa.

          La tarde la pasamos paseando por la playa de Brazamar -al otro lado -, llegando hasta una punta muy alejada, en el parque de Cotolino.

          El alojamiento en Castro rondaba los 100€, por habitaciones con baño compartido, que no íbamos a pagar.

          Dividimos la noche en tres: en la Intermodal de Bilbao, en un bus sin cargo a Santander y en la terminal cántabra. Dormimos en todos los sitios.

          A las siete de la mañana, nuevo bus a Castro.

138 euros en cinco días y medio

           En este país y no sabemos por qué -o si-, está muy mal visto, que tengas dinero y aún peor, que lo digas, porque genera socialmente mucho resentimiento y envidia. En el mundo anglosajón si dispones de posibles, la gente te admira. En España, si eso ocurre, el pensamiento común es: "a saber de dónde lo habrá sacado".

          Al hilo de esto decir, que nuestra situación económica resulta muy envidiable y que somos muy, muy, muy privilegiados. No daremos cifras por no asustar, pero por si alguien quiere secuestrarnos y pedir un rescate señalar, que casi todo está bien invertido y la liquidez es solo la suficiente para nuestro desenvolvimiento cotidiano .

          Y, ¿a qué viene hoy esto?. Acaso, ¿de un día para otro nos hemos vuelto presumidos?. Vanidosos o engreídos no lo hemos sido nunca y no lo vamos a ser ahora. Como hemos dicho, tener dinero no supone un problema, pero que los que te rodean lo sepan sí, por aquello de los celos, la rivalidad, la comparación, la petición de favores económicos...

          Entonces, ¿lo publicitamos, porque estamos buscando herederos tras nuestra muerte?. Podría ser, pero tampoco es el caso. Si mis padres me sobreviven -los de mi pareja están muertos- no verán un euro diga la ley, lo que diga y aunque sean legatarios forzosos. Mis hermanas y los de mi cónyuge no recibirán ni un vaso de agua y nuestra única sobrina, tampoco. Dicho eso, nuestros fondos sobrantes y nuestra vivienda irán para obras sociales, que todavía no hemos determinado.

          Pues entonces, ¿por qué airear las riquezas?. Como no podía ser de otra manera, los motivos son estrictamente viajeros. Quienes leéis a menudo este blog -y antiguamente la web- sabéis que nuestra forma de movernos por el mundo es muy austera y no gastamos casi nunca más de lo necesario. Podríamos derrochar, pero no nos da la real gana y así, vivimos super felices. No tenemos, por supuesto, que justificarnos, pero os vamos a dar unos pocos razonamientos:

          -. Viajamos muy asiduamente y eso multiplica los gastos. Tanto lo hacemos, que incluso y en su momento, llegamos a cansarnos y a agobiarnos, por no saber ya donde ir y por encontrar pocas experiencias nuevas. Pero éramos incapaces de quedarnos un mes seguido en casa. Así, que le dije a mi pareja: "anda, preséntate a esa puta oposición, a ver si la sacas y nos amarramos al hogar". Y fue ella -no resultó una sorpresa - y lo hizo.

          -. Disfrutamos mucho más y por más rato encontrando chollos o ahorrando, que gastando. Estamos muy orgullosos y satisfechos de haber empleado en cino días y medio de Semana Santa solo 138€ entre los dos y no nos da ninguna vergüenza decirlo, ni que alguien nos considere cutres o tacaños, porque la opinión de los demás siempre nos ha dado exactamente igual.

          -. Nosotros no disfrutamos gastando, sino ganando -sobre todo yo- y vencer es conseguir las cosas al mejor precio. En Líbano, por ejemplo, nos pasamos tres horas negociando el precio de un hotel, después de veinticuatro sin dormir y dice de un vuelo internacional . ¡Y nos salimos con la nuestra!.

          -. Pero la razón fundamental es la más clara: no nos gusta, que nos tomen el pelo; que nos vean como un euro con patas; que se quieran aprovechar de nosotros por ser turistas -más bien, viajeros-, extranjeros o viejos, que ya vamos camino de ello... Nos gusta ser autosuficientes -aunque humildes y colaborativos-, no formar parte del redil, no ir como la mayoría de veraneantes/excursionistas en rebaño haciendo las mismas gilipolleces y pagando por todo, lo que les pidan, aunque las cifras sean astronómicas, porque total, un día es un día.

          Todos tenemos derecho a viajar donde nos de la gana, pero el turismo de masas está haciendo un daño bestial a los viajeros independientes, a las ciudades, a los entornos naturales y al medio ambiente. Y solo por el ansia recaudatoria de los estados, los propietarios de alojamientos y  la hostelería, que cada día quieren ganar más dinero y sin escrúpulos. Para ellos, el capital es como el agua del mar. Cuanto más bebes, más sed tienes.

          Y lo peor es, que la cosa no tiene remedio.