Destino desconocido
jueves, 15 de octubre de 2026
Trieste engancha
Dejamos Eslovenia y volvemos a Italia. Los planes para hoy eran llegar hasta la estación de tren de largo nombre, llamada Cervignano-Aquilea-Grado.
Aquilea y sus ruinas quedan a unos siete kilómetros de allí. Y Grado, bastante más lejos, aunque la línea 400 de autobús lo conecta todo, sin tener constancia de los horarios.
La logística se atisba difícil y además, empezamos a valorar, acudir mañana al campo de concentración de Risiera de San Sabba, que no estaba entre nuestros objetivos iniciales.
Resultado: abandonamos los planes y cogemos un tren a Trieste, que nos recibe con el diluvio universal y que paraliza nuestra actividad, durante varias horas. ¡Porca miseria!, nos viene encima.
A regañadientes escampa y nos da tiempo a disfrutar de esta ciudad, una de las más genuinas y auténticas de Italia, por su espíritu vibrante, su latinidad, sus gentes, su inverosímil actividad, a lo que debemos añadir, que se está celebrando la 58 edición de la masiva Barcolana, de la que hablaremos en el siguiente post.
Por supuesto y siguiendo a rajatabla los consejos de Amaral, otra vez, "toda la noche en la calle", aunque ya os decimos, que nos va a compensar, como casi siempre.
Pero aún es muy de día y toca reencontrarse con esta fantástica ciudad, donde ya estuvimos fugazmente en 2004.
La Plaza de la Unidad Italiana es bestial y la más grande de Europa con salida al mar. Luego y como el dedo de un guante está el espectacular muelle "molo audace", por donde los triestinos pasean. Y el Canal Grande es el sediento corazón de la ciudad, plagado de restaurantes, terrazas y fiesta.
Ahora llega el turno del Teatro Romano, la catedral imaginativa y el sobrio castillo.
Ya solo nos queda callejear a tumba abierta, para zamparnos la noche.
Trieste, no tiene nada, que ver, con Udine o Gorizia, a pesar de estar cerca. Parecen sacadas de planetas diferentes.
La frontera caida
miércoles, 14 de octubre de 2026
De Udine, a Gorizia
Tenemos suerte, porque la estación de Treviso abre las 24 horas y podremos refugiarnos y dormir en ella, en sillas corridas con reposabrazos. No son cómodas, pero tenemos mucha experiencia en montar un buen entramado con las dos pequeñas mochilas superpuestas, para conciliar el sueño. Nadie nos molesta.
Amanece, sobre las siete y cuarto y en la máquina, compramos los billetes de tren para Udine. En el 90% de los trenes regionales de Italia no hay revisores -o no pasan-, pero no conviene jugársela. Durmiendo, el viaje se nos hace muy corto.
Llegamos a Udine. La estación se encuentra a un kilómetro del centro por un camino cómodo. Llueve a ratos y no precisamente poco. Tiene pinta, de que hoy no veremos el sol.
Creo recordar, que en esta norteña ciudad, jugó un partido España en el Mundial de Italia de 1990, pero me suena lejano.
Los atractivos principales de esta ciudad no se hallan muy distantes entre si. Como en otras partes del país -sobre todo en el norte y en el centro-, destacan sus colosales plazas. Disfrutamos de la Plaza de la Libertad, la Logia del Lionello, la torre del reloj, el Castillo, la Plaza San Giacomo y la Catedral, antes de regresar a la estación. Udine es tranquila y transmite un agradable ambiente provinciano, de negocios, olores y sabores clásicos.
Tomamos otro regional a Gorizia, que va a ser nuestro segundo destino de la jornada. Va absolutamente repleto. El edificio de Trenitalia está a mas de dos kilómetros del disperso y vacío centro.
Apenas existen alojamientos en Booking y en la realidad e in situ, aún menos. ¡Toda una desesperación, después de dos noches sin una cama!. Nuestra única opción, visto lo visto, es cruzar la frontera de Eslovenia, andando, donde parece ser, hay más hoteles y en concreto uno, a 50€.
De Santander a Treviso
No madrugamos, porque el bus para Santander parte a las cinco y media de la tarde. El viaje resulta muy tranquilo, lo que últimamente y desgraciadamente, no es frecuente en ALSA. Nos lo roncamos, casi entero.
Pintea en Santander y va a ser el preludio de un viaje muy lluvioso, en el que los mojados pies van a sufrir lo suyo. Tomamos un cercanías a Maliaño y posteriormente nos dimos cuenta, que debimos bajarnos en la parada del centro comercial llamado Valle Real.
Hay casi media hora caminando hasta el aeropuerto, en ruta ascendente, pero no peligrosa, ni siquiera de noche.
Como el aeródromo está cerrado hasta las cinco y tras tomar unas cervezas, nos tiramos a dormir en los cómodos bancos de afuera, sin pasar frío, porque venimos muy preparados con varias capas de ropa.
El aeropuerto cántabro Severiano Ballesteros es un lugar realmente amistoso. Sus empleados son muy amables, te dejan dormir en las sillas corridas y sin reposabrazos a cualquier hora del día y existen mesas con taburetes para comer o cargar el móvil y resto de cacharros electrónicos.
Pasamos los controles sin incidencias, salimos en hora y a dormir. Son más de las cuatro y media de la tarde, cuando llegamos a Treviso y apenas quedan 150 minutos de luz natural. Aunque conocemos este aeropuerto y la ciudad, nos hacemos un pequeño lío y llegamos al centro de noche, después de haber transitado una parte del camino por una carretera inhóspita.
Ya habíamos estado en Treviso en dos ocasiones anteriores, pero la ciudad nos encanta y nunca la habíamos visitado de noche. Con su Plaza de la Señoria, Fuente de las Tetas, Duomo, Logia... Aquí nació el tiramisú y precisamente estos días, hay una feria para celebrarlo. El fresco es moderado y no se nota frío en las calles. Es miércoles y no hay casi ambiente ninguno, al margen de un par de pizzerías clásicas.





