Son casi las ocho de la tarde y envueltos en el desagradable sudor, cuando caminando ligeros, ponemos rumbo a Candelario, por una carretera absolutamente ascendente y estrecha, teniendo como referencia y siempre a la izquierda, el serpenteante y ágil río Cuerpo de Hombre.
En los cuatro kilómetros de duración, con algunas sombras, el tráfico no es denso, pero si muy molesto. Nos topamos con varias fábricas abandonadas, desconociendo el gremio, que sustentó su actividad en el pasado.
Enclavado entre montañas y cuestas, Candelario es, sin lugar a dudas, uno de los pueblos más bonitos de España. Está absolutamente relacionado con la matanza de cerdos y bueyes y con la omnipresente chacineria, aunque tiene pinta, de que hoy sus habitantes viven de otra cosa, sin saber dar más pistas del asunto.
Sus calles y casas resultan armoniosas y colosales, siendo habitualmente de tres plantas y con un enorme portalón de gruesa y cuidada madera noble. La primera estaba pensada, para las labores del despiece de los animales. La segunda, como vivienda y la tercera, como lugar de secado de las carnes.
Su iglesia, aunque muy encajonada, resulta bellísima, aunque, como ya anochece, no podemos visitarla por dentro y es una pena.
Dos cosas son muy características de Candelario: sus paneles informativos sobre la historia de la villa y sus dieciocho fuentes de agua helada, que cortan la sed, radicalmente. Sin olvidarnos de sus estruendosas regaderas descendentes, que también fueron pensadas para la omnipresente matanza, que se desarrollaba entre noviembre y enero y que daba sustento a muchos trabajadores de los alrededores.
Candelario tiene un extensísimo parque, para apenas sus mil habitantes, aunque no está demasiado bien cuidado y más se parece a un pinar con el suelo lleno de piedras y rastrojos , que a un lugar recreativo y confortable. Da igual, ¡porque será nuestro hogar esta calurosa noche de julio!.







