Desde mayo del año pasado y tras las terribles medidas restrictivas, en Barajas se han relajado mucho las cosas, aunque la situación sigue siendo de incomodidad, dado que más, que de pasajero, sigues teniendo la sensación de ser un delincuente de los más buscados.
A la puerta sigue habiendo seguratas, que hacen la vista gorda, mientras cansinamente, contemplan -que no miran- el móvil.
En el interior han desaparecido esos sabuesos hijos de puta, que te humillaban a la mínima, aunque portaras tu tarjeta de embarque. Hasta han vuelto a dejar, que la gente se tumbe en el suelo, mientras cada día, eliminan más sillas de las zonas de espera. Como pasajero, estás obligado a estar de pie y no te quejes, porque si no y probablemente, te pongan hacia la pared y a sujetar una pila de libros en cada mano.
No logro dormirme en la Terminal 1, pero sí en el avión de Ryanair -practicamente vacio-, que nos deposita en hora en Mallorca, con todo el día por delante y con el cielo nubladîsimo. ¡La DANA, que nos espera, según las fatídicas previsiones meteorológicas!.
No habíamos estado nunca antes, pero nos encanta el aeropuerto de Palma por moderno, ágil y funcional. Lo mismito, que en Barajas.
No estamos dispuestos a pagar los cinco euros, que vale el bus exprés al centro de la ciudad, por lo que decidimos ir andando hasta Can Pastilla -unos cuatro kilómetros - y luego, ya veremos. ¡Estamos cansados y evidentemente, eso juega en nuestra contra!.
La cosa empieza mal, porque nos enfrentamos a una complicada, agresiva y peligrosa rotonda de salidas y entradas múltiples. Pero el panorama va mejorando por carreteras comarcales poco transitadas, carriles bicis y peatonales y por el paseo marítimo de El Arenal -Big Germany-, donde sin darnos cuenta hemos llegado.
No era nuestro objetivo inicial, pero lo cierto es, que aquí se encuentran los alojamientos más económicos de Mallorca y nosotros estamos muy bajos de energías.












