Tampoco somos de viajes, casi infinitos. Siempre necesitamos volver a casa, aunque nos vayamos otra vez, a los quince días o al mes, como ya ocurrió en el pasado y más de una vez.
Entre 2008 y 2024 llevamos a cabo once viajes largos. El más duradero nos llevó seis meses, allá por el 2011 y el más corto rondó los tres. Conocemos países de los cinco continentes, aunque solo dos de Oceanía.
Empezamos nuestros periplos allá por finales de los 80, a través de diversos interrailes. El primero nos costó veintiséis mil pesetas y no nos obligaron a reservar asiento en ningún país europeo, de los que visitamos. Paulatinamente, las condiciones fueron empeorando y los precios subiendo, súbitamente.
Fueron unos tiempos increíbles, porque coincidieron con la caída del Muro de Berlín y transitamos por la por entonces salvaje Europa del Este, más peligrosa, que África hoy en día.
En aquellos momentos, viajábamos más lento, que ahora. Hoy, ni de coña, pasaríamos una semana en Paris o Londres, cuatro días en Praga o Budapest o tres en Viena. Dormíamos de camping y bebíamos tanta o más cerveza, que en la actualidad.
Comenzamos a trabajar y ya solo disponíamos de vacaciones, como todo el mundo y a Europa, fuimos añadiendo países del norte de África -típicos, como Marruecos y Egipto-, Turquía y resto de Oriente Medio.
Fue a través de una excedencia de casi un año en 2008, cuando dimos el salto a toda América, Sudeste Asiatico, Extremo Oriente y China.
Nuestros viajes globales a África fueron en 2010 y 2012, una vez, que los dos nos quedamos en paro y el primero a India -de los seis, que llevamos-, ocurrió en otoño de 2011, iniciándose con el casi final del monzón.
En 2023 denominamos "interair", como un viaje por Europa de dos o tres semanas, solo -o casi- volando low cost, con poco -o nulo- transporte terrestre y combinando para dormir hoteles y aeropuertos. Nuestros objetivos básicos eran tres: gastar muy poco en un continente caro, conocer ciudades sueltas y sobre todo, descubrir Noruega sin arruinarnos.
Una de las controversias en el mundillo viajero es -o era, no estoy seguro, que siga ocurriendo-, la velocidad de los viajes. Los hay, que necesitan un mes para recorrer una baldosa -ironía- y quién transita como alma , que lleva el diablo. No vemos ninguna controversia, en que cada uno se mueva al ritmo, que le da la real gana.
Del uno al diez, nuestra velocidad rondaría el 6/6,5 en la media de la mayor parte de los trotamundos, porque hemos compartido periplos con mucha gente y no hemos debido adaptarnos, casi nunca.
Aunque iniciamos nuestra andadura predominando las ciudades, no somos urbanos, de montaña o de playa, sino una mezcla de todo ello, predominando el viaje cultural, de tradiciones y el contacto con los nacionales del país en cuestión. No aguantamos mucho tiempo con un mismo plan, por lo que debemos ir mezclando. Vamos, que diez días seguidos en la montaña o playa, ni de coña.
En realidad, lo que mayormente y hoy en día, mueve nuestros pies, es la búsqueda de experiencia tras experiencia, más que conocer monumentos. De hecho, por ejemplo, hemos estado cuatro veces en Agra y todavía no hemos visitado el Taj Mahal, porque no nos apetece pagar lo que cuesta, con lo que podemos vivir dos o tres días en India.


















































