Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.

martes, 6 de octubre de 2026

Querida e inolvidable Muxia

           Nos transporta el aire, en esta zona tan plagada de enérgicos molinos de viento. Nos va envolviendo el otoño y la verdad es, que ya era hora.

          Dejamos el hotel y Fisterra sin demasiada pena y nos vamos camino de Muxia. El trayecto se hace largo y no nos despierta el mayor interés. Otra vez, lo vamos a tener crudo para encontrar alojamiento, por lo que dejamos la cuestión para más tarde.

          Muxia es el sitio más bonito de este viaje y se vértebra en torno a dos interesantes iglesias -una en obras-, un agradable paseo elevado y peatonal hasta el faro, innumerables acantilados y olas espumosas y una playa salvaje y perfecta, no demasiado lejos. Está rodeada de mar por todas partes y eso mola mazo, que diríamos los de la generación X, que odiamos el "en plan", "literal", "obviamente", "me renta", o el estupidísimo "six, seven".

          Llegado el momento, tomamos un bus algo más corto a Camariñas, que será nuestro último destino en la Costa da Morte, dado que empieza el fin de semana y el transporte en esta zona se pone complicadísimo e incierto. Laxe y Malpica deberán quedar para otra vez y tenemos que encontrar una fórmula no fácil para retornar a Santiago de Compostela.

          Camariñas en si, no tiene nada. Es aburrido, como un dolor. Sin embargo y a unos cinco kilómetros por una carretera rompe piernas, se encuentra el bellísimo cabo Vilan, con espectaculares acantilados a cada lado, inundados de un oleaje espumoso, estridente, cambiante y sencillamente, alucinante. De camino decenas de molinos de viento furibundos y una fábrica sostenible de acuicultura, donde crecen a sus anchas los rodaballos y los lenguados, para acabar sus vidas en nuestra mesa.

          Toca volver y hacer encaje de bolillos, como las famosas palilleiras de esta zona. Ya no hay bus a ninguna parte. Tan solo, de vuelta a Muxia, por lo que no tenemos otra alternativa.

          Nos cuesta bastante encontrar alojamiento y otra vez al margen de la depredadora Booking. Cincuenta euros por una buena y grande habitación con baño, sin poder pagar con tarjeta de crédito -todo un contratiempo- y con una recepcionista sosísima, dejada e implacable.

Decepcionante Fisterra, solo apta para guiris de aluvión

           A ver, Fisterra -Finisterre-, es un lugar absolutamente sobrevalorado y lleno de imbeciles despistados -fundamentalmente guiris de aluvión- que pasan sus penurias al borde del mar o tratan  de tomar un sorbo imposible del Camino de Santiago.

          Vayamos por partes: la bahía está bien, el pueblo es poca cosa y lo del Cabo del fin de la tierra resulta la gran decepción del viaje, como por otra parte, ya esperábamos.

          Son casi cuatro kilómetros de ascenso rompe piernas por una carretera infumable. A un arcén tras un quitamiedos y con un precipicio al otro lado, le llaman sendero peatonal, sin la más mínima vergüenza y decoro.

          De subida el paisaje es feo y Finisterre, al margen de su emblema, no aporta  ni una sola emoción, más allá de tipos guays, haciéndose fotos para subir al Insta, a TikTok y creerse alguien. ¡Menudos gilipollas!.

          Las vistas son discretas y el faro aún más, porque se está a mucha altura y al menos hoy, no suena ni el socorrido oleaje. Retornamos con desgana y cierto cansancio.

          Sorprendentemente, no tardamos casi nada en encontrar un hotel fuera de los abrasivos circuitos insalvables de Booking. ¡Hacia mucho tiempo!.

          Buena tarifa y habitación doble con baño propio para depositar nuestros cansados y ya envejecidos huesos (y pocas carnes).

          El aire sopla y sopla, como si se nos fuera a llevar a todos por delante. Toca abastecerse en el Froiz -donde despidieron a mi pareja hace dieciséis años-, porque no existe más oferta.

¡Un día vertiginoso!

           Seguimos insistiendo en las huellas del camino de Santiago, pero no lo llevaremos a cabo, hasta que seamos septuagenarios, en 2039, cincuenta años después de haber ido allí, por primera vez, juntos.

          Es miércoles, 30 de septiembre y se avecina un día tan complicado, como retador. Debemos madrugar, para poner una demanda en el juzgado de lo social. Tras ello, viene una cita médica muy importante y esperanzadora. Y finalmente, tres autobuses de ALSA para llegar a Santiago de Compostela, con escalas en León y Ponferrada.

          La jornada sale genial, con todos los asuntos encauzados y con la llegada al destino sin incidencias.

          Son las dos de la madrugada y en Santiago hace frío y no poco. ¡Como mola su estación Intermodal y que envidia!.

          En el Obradoiro se han asentado las primeras tiendas de campaña por la vivienda, aunque todavía no son muchas. Nos refugiamos en un garaje, del que sale buen calor, hasta la apertura de la estación de buses.

          Compramos billetes para Muros. No son demasiados kilómetros y la carretera no es mala, pero el vehiculo para hasta en los abrevaderos, sorteando infinitas curvas. El eterno viaje se pasa en un plis plas, porque lo roncamos entero. Hace calor y el cielo está completamente despejado.

          La ría de Muros no es espectacular, pero reconforta el espíritu, después de venir de la meseta. Sin embargo, el Casco Histórico resulta muy acogedor e interesante.

          Dejamos Muros con calor y tras otro largo periplo de mil paradas, llegamos a Fisterra, donde la temperatura es más baja y efectivamente, está  abarrotada de turistas, la mayoría guiris de poca monta.

          Si todo va bien, dormiremos aquí, aunque en Booking no existen opciones muy adecuadas o baratas. ¡Siempre con la lengua afuera!.

Friulli Venecia Julia, ya

          Hoy, nos vemos a Santander, a tomar un vuelo a Treviso. Seis 🕕 días para recorrer Friulli Venecia Julia, con paradas en Udine,Gorizia, Aquilea, Grado y Trieste,
 
         Es el primer vuelo con Ryanair, desde la denegación de embarque a Faro, en julio pasado 

lunes, 5 de octubre de 2026

Operación Costa da Morte


           En esta combinación de bono único y BUSCYL, que hacemos para tener siempre  -o casi- transporte gratis, se deben manejar varios trucos:

          - Los trenes de Media Distancia o de categoría inferior siempre son gratuitos, independientemente del origen y del destino.

          - Con bono único y en bus, se debe cambiar de comunidad autónoma. Dentro de la misma se paga el billete entero.

          - Y con BUSCYL, no hay cargo en los autobuses interiores de toda la extensa comunidad autónoma de Castilla y León.

          Con estos criterios preparamos nuestro viaje de cinco días a la Costa de la Muerte, en Coruña. ¡Una buena estrategia ahorra un montón de dinero!.

          Buscamos las diez localidades más representativas  de esta escarpada y bellísima zona y al final de sur a norte, nos quedamos con seis: Muros, Fisterra, Muxia, Camariñas, Laxe y Malpica.

          Enseguida, nos dimos cuenta de algo ya esperado: la escasez del transporte público, casi inexistente, durante los fines de semana. Nos aferramos a Monbus y a Arriva Galicia -operado por Autos Carballo-, como a un clavo ardiendo.

          La primera opera con web propia. Para la segunda y otras compañías, se debe consultar bus.gal, aunque los horarios no siempre están actualizados, con las correspondientes molestias y contratiempos.

          Constatamos también con preocupación, que cuánto más al norte, más complicado resulta desplazarse.

          El precio de los alojamientos no es barato, ni siquiera estando en octubre, aunque tampoco destruye el viaje. Cuesta encontrarlos, pero es posible, dormir por unos 50€ con baño privado.

          Por las investigaciones llevadas a cabo, Fisterra parecía el lugar más turístico y una turistada (sobre todo el temita del famoso cabo, que no la localidad).

          Las previsiones climatológicas se presentaban buenas, con cielos despejados o variables y sin una sola gota de agua.

Cartagena: más de lo esperado

           Llegamos a Cartagena desde La Unión en un regional infernal de un solo vagón plagado de guiris y de chavales con ganas de fiesta. Son casi las diez de la noche y sigue golpeándonos el calor.

          De camino al cercano centro vemos más Kebabs, que otra cosa. Como aguantan estos turcos -o indios- estos negocios con platos de tan baja calidad es algo incomprensible. Quienes hemos disfrutado de este bocado en Turquía, Siria o Líbano, nunca nos zamparíamos un bodrio de los de aquí.

          El centro no está muy animado, a pesar de ser sábado. Tiene unas cuantas calles peatonales -o semis- y una enorme plaza donde se encuentra el Ayuntamiento. Aunque, evidentemente, el lugar estrella es su famoso teatro romano junto a las ruinas de la antigua catedral de Santa María la Vieja.

          Paseamos y luego nos sentamos junto al puerto deportivo, ubicado al fondo, no demasiado lejos.

          Decidimos, que nos acercaremos a la Cala Cortina, la playa más cercana. Google habla de 3,6 kilómetros, pero en la realidad son más de cinco. El camino es constantemente peatonal, aunque se atraviesan un par de rotondas, donde hay que tener especial cuidado. Se dejan atrás las grandes y feas instalaciones del enorme puerto industrial y se llega a una preciosa zona de acantilados, desde donde se contempla toda la bahía y varias baterías bélicas defensivas/ofensivas, que se construyeron durante el siglo XVIII y llegaron hasta la Guerra Civil del XX.

          Más tarde, se llega a un túnel, pero no hay que atravesarlo, porque a la derecha sale una impactante senda peatonal, llamada azul, que es tan espectacular, como no muy larga. Para acceder al arenal, se deben descender unas cuantas escaleras bien mantenidas.

          La playa no resulta gran cosa y su arena es gruesa y oscura, siendo fea e incómoda.

          Sorprendentemente, hay ambientazo, tanto en el parking de arriba -guiris borrachos-, como en la cala, plagada de marroquíes. Es curioso y hay otras personas, que opinan lo mismo, que esta ciudad nos recuerda más al país alauita, que algunas urbes del propio Marruecos.

          Regresamos, tras más de tres horas sobre la arena, a ratos dormitando. Hacemos tiempo. Primero en el puerto y después, sentados en la elegante Calle Mayor, contemplando, como la gente vuelve de fiesta, sus andares y ropas deslavazadas -algunos con togas y uniformes romanos-, sus ridículas conversaciones y sus bravuconadas.

          Amanece y repasamos el Casco Viejo de día, en silencio -salvo el camión de la basura- y vacío. El caro teatro romano aún no ha abierto, pero desde un alto se ve y se puede grabar entero.

          Toca volver a casa con escala en Madrid, pero el miércoles siguiente nos vamos a Costa da Morte.

La Unión, templo mundial del flamenco

           Llegamos a La Unión. Enfrente de la estación de Cercanías se ubica el bonito y antiguo Mercado Central, que hoy en día -y ya hace tiempo- es la sede mundial del flamenco. Está de reformas.

          Escuchamos música de fondo y nos encaminamos a la enorme plaza principal, donde han montado un escenario y al ritmo de diversos sones, graciosas chicas -algún chico suelto también- bailan con mucho arte, vestidas de faralaes.

          Y también, nos topamos con un montón de tenderetes relacionados con la materia del arte andaluz y es, que nos encontramos ante la cuarta edición de la Feria Outlet del Flamenco 

          Creo, que la "culpa", de que aquí guste tanto este género, la tuvo Juanito Valderrama, hace ya más de 60 años.

          También se puede visitar el Museo Minero y el Parque Minero de La Unión donde se encuentra la famosa mina Agrupa Vicenta, que a día de hoy está cerrada. Pero sí se puede visitar el exterior.

          Anochece sobre las ocho, acaban los bailes de las chicas de enormes taconazos ruidosos y comienza un concierto callejero, tributo a Los Chichos, que lideró mi paisano, el vallisoletano Jero (el del medio). No soy muy rumbero, pero fueron imborrables compañeros de mi adolescencia.

          A los ocho y media, degustación de bocadillos de lomo y rebujito. Nos ponemos a la cola. Mañana -ya no estaremos aquí-, toca tortilla de patatas y cerveza. ¡Somos los reyes profesionales del gañote más implacable!.

          La fiesta sigue, pero nosotros nos vamos, rumbo a Cartagena, donde haremos noche, no sabemos muy bien dónde, porque la playa está demasiado lejos. De los precios de los hoteles aquí, mejor, ni os hablo.