Nos transporta el aire, en esta zona tan plagada de enérgicos molinos de viento. Nos va envolviendo el otoño y la verdad es, que ya era hora.
Dejamos el hotel y Fisterra sin demasiada pena y nos vamos camino de Muxia. El trayecto se hace largo y no nos despierta el mayor interés. Otra vez, lo vamos a tener crudo para encontrar alojamiento, por lo que dejamos la cuestión para más tarde.
Muxia es el sitio más bonito de este viaje y se vértebra en torno a dos interesantes iglesias -una en obras-, un agradable paseo elevado y peatonal hasta el faro, innumerables acantilados y olas espumosas y una playa salvaje y perfecta, no demasiado lejos. Está rodeada de mar por todas partes y eso mola mazo, que diríamos los de la generación X, que odiamos el "en plan", "literal", "obviamente", "me renta", o el estupidísimo "six, seven".
Llegado el momento, tomamos un bus algo más corto a Camariñas, que será nuestro último destino en la Costa da Morte, dado que empieza el fin de semana y el transporte en esta zona se pone complicadísimo e incierto. Laxe y Malpica deberán quedar para otra vez y tenemos que encontrar una fórmula no fácil para retornar a Santiago de Compostela.
Camariñas en si, no tiene nada. Es aburrido, como un dolor. Sin embargo y a unos cinco kilómetros por una carretera rompe piernas, se encuentra el bellísimo cabo Vilan, con espectaculares acantilados a cada lado, inundados de un oleaje espumoso, estridente, cambiante y sencillamente, alucinante. De camino decenas de molinos de viento furibundos y una fábrica sostenible de acuicultura, donde crecen a sus anchas los rodaballos y los lenguados, para acabar sus vidas en nuestra mesa.
Toca volver y hacer encaje de bolillos, como las famosas palilleiras de esta zona. Ya no hay bus a ninguna parte. Tan solo, de vuelta a Muxia, por lo que no tenemos otra alternativa.
Nos cuesta bastante encontrar alojamiento y otra vez al margen de la depredadora Booking. Cincuenta euros por una buena y grande habitación con baño, sin poder pagar con tarjeta de crédito -todo un contratiempo- y con una recepcionista sosísima, dejada e implacable.





