Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.

jueves, 5 de noviembre de 2026

Somos imán de Galicia

           Para viajar a nuestro estilo, cada vez va haciendo más frío, pero ahí seguimos, como mártires, alucinados o irresponsables.

          Nos vamos por quinta vez en los últimos tiempos a Galicia. Los objetivos son Combarro -y sus hórreos-, Cambados y Pontevedra, donde yo estudié tres cursos hace mil años.

          Replicamos el protocolo de la semana pasada, con el tren a Zamora. Y como entonces, compramos muchas cosas perecederas con el 50% de descuento en el céntrico Froiz.

          Tomamos el bus de madrugada, aunque en esta ocasión, nos llevará a Pontevedra y no a Orense, como hace ocho días.

          Hace ya varias semanas, que no tenemos conflictos con los conductores de ALSA y es muy de agradecer, sin lugar a dudas.

          ¡Avanzar, avanzar y avanzar!, le digo desde hace décadas a mi esposa, aunque a veces, no se ni a donde.

          Sí. Llegamos a Pontevedra y hace un sol radiante. La estación Intermodal de trenes y autobuses está lejos del centro, pero el camino es agradable.

          Desde la redonda iglesia de La Peregrina, a las ruinas del Convento de Santo Domingo, pasando por las callejuelas y las numerosas y agradables plazas , esta ciudad es, sencillamente, fabulosa.

          Toca ponerse en marcha hacia Combarro y la cosa no va a ser sencilla, por nuestra caraja congénita, porque las chicas de turismo no están acostumbradas a responder preguntas inusuales y porque tenemos la maldita manía de ir a todos los sitios caminando 

          Ni el GPS, ni la inteligencia artificial -fallida muchas veces, pero te pide perdón, cosa, que no hacemos los humanos- han conseguido, que nos pasemos buena parte del viaje discutiendo (este y todos y así, seguirá siendo).

Ribadavia

           Y sí, llegamos a Ribadavia, aún siendo de día. La estación no está cerca del centro y debemos transitar por aceras extremadamente estrechas, como tantas veces.

          Hemos reservado un alojamiento, que se halla frente a un circo. Se trata de un pequeño hostal de los de toda la vida y que ya no quedan casi en ninguna parte, salvo en poblaciones pequeñas y no muy turísticas. El check in se hace en el bar, a la antigua usanza, aunque los precios no son los de entonces, ni corrigiéndolos con la escala de la inflación.

          Tras dormir a pierna suelta, el día amanece nubladisimo, aunque poco a poco, se imponen el sol y el calor casi extremo, para estar a finales de octubre.

          Ribadavia es un pueblo tan tranquilo, como espectacular. Sin lugar a dudas, de los más bonitos de Galicia.

          En el centro destacan sus callejuelas e iglesias muy numerosas y el entramado del barrio judío, donde se venden dulces y otros productos de origen sefardí. Está lleno de telarañas y otros ornamentos, pero no son de Halloween, como cabría esperar, sino de una ancestral tradición celta.

          El evento se llama "Noite Meiga" y es una pena  no poder disfrutarlo el sábado y el domingo que viene.

          Pero la cosa no termina ahí: es maravilloso recorrer el sendero fluvial, que serpentea en dos direcciones. Por un lado, hacia la desembocadura del río Avia en el Miño y por otro, hacia una fantástica playa fluvial, muy bien acondicionada.

          Toca pasar pantalla y volver a Orense, donde continuar por vía férrea hasta Santiago de Compostela, lugar, que visitaremos por tercera vez en menos de un mes. Evidentemente, en su casco histórico sigue todo igual, incluida la acampada, que va languideciendo.

          Es tremendo, como por intereses políticos y partidistas se pueden llenar millones de horas y letras en temas, como Ceuta o la vivienda, para instantáneamente, olvidarlos y dejar, que se pudran y pasen a mejor vida.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Orense, en esta constante huida

           Acabó el viaje a Mallorca, donde probablemente, no volvamos en mucho tiempo y lo dejo ahí, sin dar más detalles.

          Es una pena regresar a casa, pero tres son las cosas, que mejoran: mi extraño catarro balear, una herida muy molesta en la lengua -jodido tragar y salivar- y la ausencia de lluvias abundantes, que nos persiguieron, durante los tres últimos días.

          Pero en tres jornadas llega otro nuevo viaje y está vez, tocan Orense y Ribadavia en tres días de vértigo, en los que  sigue haciendo calor, a pesar de estar ya casi a finales de octubre y en el norte más norteño.

          Tomamos un tren a Zamora y desde ahí y tras revisitar de noche la ciudad, un puntual ALSA, a Orense. Vamos separados, porque el transporte público y en todas las épocas del año parece ir petado. No es malo, que la gente viaje y que con los bonos únicos, a jóvenes y mayores se nos permita hacer auténticas virguerías.

          Habíamos estado en Orense hace décadas, pero no la recordábamos tan bonita, tal vez, porque solo visitábamos el casco histórico de bar en bar, cosa, que ya no hacemos.

          Sus atractivos son muchos, incluyendo sus encasquetadas catedrales -la nueva y la vieja-, pero la turistada sublime son las fuentes termales de As Burgas, donde cientos de imbeciles ponen las manos, a ver, si se queman o no. ¡Semejantes subnormales, sin mejores cosas, que llevar a cabo!.

          Llegan las tres de la tarde y partimos para Rivadavia en un tren algo escacharrado. ¡No son los mejores tiempos de RENFE, ni de ADIF -a saber, que es eso- ni del ministro del ramo.

          Tocan bocatas en la estación y a Ribadavia donde esperamos cenar el raxo carnívoro, que no hemos probado aquí.

martes, 3 de noviembre de 2026