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lunes, 4 de mayo de 2026

Flamencos rosas, garzas y la playa de La Bocana

           Dicen, que Melilla es un paraíso de multicularidad y un claro escenario de tolerancia religiosa, pero en todas partes cuecen habas. Siendo la una de la tarde del viernes y comenzando el ferviente rezo de la mezquita, un musulmán abronca a un español, que se está tomando una Mahou cinco estrellas en la misma puerta. Y este le replica: ¿Que pasa, que te da envidia, moro?

          Paralelamente y un solo minuto después, un imbécil desgarrado me insulta, porque he dicho, que el estado es laico y él alega, que no, que es aconfesional. No sabe el subnormal, que ambos términos significan exactamente lo mismo.

          Es sábado y Melilla y las historias de frontera quedaron atrás. Hoy era el día seleccionado para ir al Cabo de Tres Forcas, Tibouda y La Charrana, pero las previsiones meteorológicas son muy malas, con lluvias intensas y persistentes, además de una baja visibilidad, que se agudiza en las costas. Por tanto, dejaremos la excursión para mañana o quien sabe, para un próximo viaje.

          Decidimos, mientras la lluvia y los barros nos enfangan, que llegaremos hasta el final de la reserva ornitológica del primer día y así lo hacemos, casi en soledad, atravesando el paseo marítimo. Contemplamos un sinfín de marismas, además de un montón de aves, zancudas, entre ellas, flamencos rosas y garzas, además de otras especies para nosotros desconocidas.

          Comemos algo y tomamos el autobús número 20 -el mismo de ayer-, rumbo a Beni Ensar. Hoy, no queremos cruzar la movida frontera, sino conocer está localidad y acercarnos a la playa salvaje de La Bocana ( o de Los Boquerones).

          La irrefrenable lluvia nos ataca de continuo, sin darnos tregua. Ya no nos cabe una sola gota de agua más en los pies y los playeros y no tiene pinta de parar.

          Aparte de decenas y decenas de pelmas de todas las edades y condición, que molestan mucho, más que amenazan, Beni Ensar tiene muy poca cosa y el ambiente resulta igual de triste -o más-, que el de Nador. Para llegar a la playa de La Bocana debemos cruzar muy abruptamente las vías del tren, rodeadas de un inmenso lodazal.

          El arenal se muestra bastante espectacular, aunque está plagado de basura diversa y dispersa, recordando el pasado playero marroquí de hace una o dos décadas. ¡Una auténtica pena!. Apenas pulula nadie en los extensos alrededores, asolados por la lluvia y el insoportable viento. Han montado cinco camiones de comida -food tracks- cerca de la orilla, pero sus sombrillas han sido abatidas por el aire y sin clientes a la vista, están comenzando a recoger.

          Nada más nos aporta Beni Ensar, así, que tomamos el bus de vuelta a Nador, que va completamente abarrotado de gente con cara cansada y de resignación, provenientes de la frontera de Melilla. En veinticinco minutos estamos de regreso en la estación de autobuses de Vectalia. Sigue sin dejar de jarrear y esto ya nos pone de muy mala leche.

          Matamos la tarde paseando arriba y abajo por la avenida de las FAR, que es el único lugar animado en Nador, a pesar de ser sábado por la tarde. Es un buen lugar para llevar a cabo un receso y atiborrarse de pescados fritos y rebozados, de pollo asado o de los típicos e imprescindibles bocadillos locales de bonito y huevo.

          Mañana también diluviará, así que tomamos la decisión definitiva de prescindir de la excursión al Cabo de Tres Forcas y alrededores. ¡Esa buena cantidad de dinero, que nos ahorramos!. Además, su visita será un aliciente para programar un viaje futuro.

          Ya en el hotel, mientras escuchamos al muecín de la mezquita y tomamos cerveza, buscamos un plan para mañana y no tardamos demasiado tiempo en encontrarlo;: la última parada de la línea ocho de los autobuses urbanos te deja en la playa de Arckmane, que tiene bastante buena pinta.

Historias de frontera (Melilla)

           Al llegar al borde fronterizo español nos damos cuenta, de que la cosa no va a ser tan sencilla y rápida, como esta mañana. La cola es larguísima y no avanza. Nos llama la atención, que la mayoría de la fila está formada por mujeres, fundamentalmente, de mediana edad o más mayores. Casi la totalidad habla español y buena parte de ellas porta taburetes plegables para sentarse y hacer más llevadera la tediosa espera.

          Justo delante de nosotros está una dicharachera y parlanchina mujer con su hija de tres años -tiene otra de diez, no presente -, llamada Aleina. La sonriente cría es tremendamente inquieta y no hay forma, de que pare ni un segundo. Para que se entretenga, le ha dado una enorme bolsa de caramelos, para repartir a lo largo de toda la cola. Y cuando termina, otra de pistachos del Mercadona (después nos dirían, que siempre lo hace).

          Por su extenso vocabulario en español, por sus finas y caras ropas, por la calidad del cochecito para niños o por su maleta se ve claramente, que es una mujer de ciertos posibles, muy por encima de la media marroquí de la presente fila y del país en general.

          No para de conversar agradablemente y se va a convertir en "nuestro cicerone" para el paso de la frontera, sin ni siquiera habérselo pedido.

          Ella solo atraviesa este paso los viernes -hoy lo es- y de vuelta los lunes. Durante la semana trabaja y duerme en Melilla, sin especificar en qué. Pero hay gente, como otras dos mujeres de mediana edad, que se han incorporado a la conversación, que lo hacen todos los días. "A veces -dice una de ellas-, siete horas trabajando y luego aquí otras cinco para volver a mi país".

          Los marroquíes y para cruzar por aquí o tienen visado o tarjeta de frontera (no sabemos, como se obtiene, aunque suponemos, que será con un permiso de residencia).

          Pasa el tiempo y nos damos cuenta, de que la cola es una especie de canal de Panamá, que va como por exclusas, a trompicones. Estas veinte minutos parado y de repente, avanzas cincuenta metros o más. Y el revuelo se hace palpable entre griteríos y gentes sin escrúpulos, que tratan de avanzar de cualquier forma. Pero nuestra anfitriona no permite, que se nos cuele nadie y sus broncas en árabe resultan muy contundentes.

          Finalmente y entrando en la oficina española se nos cuelan dos personas. La madre de Aleina -no sabemos su nombre- se dirige a un policía y le espeta: "estás dos maleducadas están tratando de ponerse delante de este matrimonio cristiano" y nos deja de piedra. El agente las devuelve a su antigua posición sin rechistar.

          Allí, ya perdemos contacto con nuestra protectora -su marido no tiene permiso para entrar en España-, que pasó por delante de nosotros. Pero nos quedamos de charla con las otras dos mujeres, que nos cuentan sus penurias diarias, sus discretos sueldos y el desgaste cotidiano de cada jornada. Una de ellas dice: "estoy tan cansada, que ya no quiero ir a una boda. Prefiero, que no me inviten". Tiene 45 años, tres hijos y una madre mayor, que los cuida. No habla de su marido, por lo que suponemos, que es viuda.

          También nos indican, el autobús, que debemos tomar para volver a Nador: el 20. No debemos confundirnos con otro de idéntico número, que llega hasta Farjana, donde van ellas. "De todas formas -dice-, si os equivocáis, la cena la tenéis garantizada en nuestra casa".

          No entendemos , tanta animadversión a los marroquíes, por parte de muchos españoles, con lo que ellos nos quieren y su indiscutible hospitalidad.

          Al final, el tiempo total del cruce de frontera, de sus cuatro torniquetes, de los dos controles de pasaportes y aduanas, se eleva a dos horas y diez minutos, más de cuatro veces de tiempo, que por la mañana. Una y tres cuartos para salir de España y casi media hora para ingresar en Marruecos.