Amanece absolutamente despejado, sin rastro de la tremenda e interminable tromba de agua de ayer, ¡Así es Galicia, así nos gusta y la queremos!.
Las dos rutas andarinas, que queremos llevar a cabo hoy tienen un inicio común: el famoso puente romano, alejado bastante del centro y al que se arriba por un camino descendente.
Debemos cruzarlo y girar a la derecha, para atravesar diversas aldeas y enfilar por la Ruta de los Molinos, preciosa, pero muy mal mantenida y plagada de sombríos alisos, robles y pinos. Cuánto más te adentras, más bonito y fluvial es el paisaje pero más difícil resulta la senda, llena también de enormes raíces, piedras y árboles caídos.
Las dos pasarelas, que cruzamos están medio rotas y un señor de la zona nos aconseja, que no sigamos más allá, porque la cosa se pone aún mucho peor y no merece la pena asumir el riesgo. A las autoridades se la suda, mantener en condiciones este precioso sendero.
Retornamos, cruzamos de nuevo el puente romano y giramos hacia el lado opuesto, para acometer la Ruta del Miño, junto al imponente río de aguas hoy oscuras.
Se trata de un recorrido mucho mejor acondicionado, que pasa por el famoso molino de Olga, que durante años fue el aclamado Mesón O Muiño, mientras el cauce serpentea y enseña sus rápidos de agua. Caminamos una hora, sin terminar la ruta paralela a la A6 y otra de vuelta. Hacia el otro lado del puente la cosa resulta menos interesante, porque abunda la masa forestal y el río queda lejos.
Como no hay plazas en el alojamiento de ayer, hoy toca hotel de los de toda la vida, algo más caro, con baño interior y sin posibilidad alguna de cocinar nada.
Amanece un nuevo día y tomamos un bus hasta Piedrafita de O Cebreiro. Existe un camino rural y exigente -testeado por estudiantes de secundaria- para llegar a las pallozas, pero ante la incertidumbre, optamos por hacer los cinco kilómetros por la ascendente y dura carretera.
No hay demasiado tráfico. Y eso, que ayer terminaron las Fiestas de la Romería de Santa María la Real y el Santo Milagro. Lástima, de no haber llegado antes, porque se disfruta una extraordinaria y tradicional celebración.
O Cebreiro es tan bonito, como turístico. Está plagado de negocios, restaurantes y alojamientos enfocados a peregrinos, turistas y domingueros. En el cuerpo de algunos caminantes ya se ven con claridad las secuelas del Camino de Santiago. Y eso, que restan más de 150 kilómetros para llegar a la meta.
Mientras desmontan los puestos de comida -sardinas asadas y pulpeiras, fundamentalmente - y los carruseles, deshacemos el camino hasta Piedrafita, lugar que carece de interés alguno.
Nos espera un largo bus a León, una pausa y otro a Valladolid.
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