Caminamos por el desigual paseo marítimo de Torrevieja. Contemplamos un castillo arenoso perfectamente construido y muy imaginativo. Casi parece de cuento o de los propios templarios (tipo Crac de Los Caballeros, en Siria). Su constructor nos saluda a nuestro paso, pidiéndonos implícitamente algunas monedas. Tiene dos piernas ortopédicas, que se quita por la noche y sin ellas, duerme sobre un banco de madera. Junto a su magnífica construcción han erigido una especie de tienda de campaña montada con varias sombrillas, donde otras dos personas tratan de conciliar el sueño. A escasos 20 metros, gilipollas de todas las nacionalidades previsibles, pagan 200€ por dormir en apartamentos de aluvión, eso sí, en primera linea de playa y con el bañador y la toalla colgando de la barandilla de la terraza.
La luna está llena al completo. La noche no se nos hace larga a pesar de pasar varias horas sentados/tumbados sobre la fina y escurridiza arena, que se cuela por todas las partes de nuestra ropa.
Consecutivamente, contemplamos escenas de todo tipo. Un enorme grupo fiestero y junto a la orilla, se lo pasa en grande con las técnicas tradicionales de toda la vida: alcohol, gritos, risas.
En un banco cercano se aposentan seis jóvenes, que están bastante perjudicados por la bebida y por jugar al "yo nunca". Solo dos son chicas, pero están agriamente enfrentadas y muy agresivas por un conflicto, que les pone al borde de la pelea, sin que el resto del grupo masculino haga absolutamente nada.
Salvo está juventud y alguna otra, la mayor parte de transeúntes nocturnos, que se baten en retirada, son adultos de mediana edad o más. Pero nos preguntamos de dónde vienen, porque desde las dos de la madrugada, la mayoría de los garitos de todo tipo han cerrado. Tal vez -y no digo ninguna tontería- de botellones en las playas o de casas o apartamentos de conocidos o amigos.
Prácticamente, no hay olas y caemos rendidos sobre la arena alrededor de las cuatro de la madrugada con una ligera brisa y el jersey puesto.
Hemos programado la alarma, porque a las ocho de la mañana nos toca tomar el autobús de vuelta a Madrid.
Amanece, arrancamos y queremos dormir en el fresco vehículo, pero nos toca enfrentarnos a la cruenta historia de Miriam.
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