31 de julio y a Santander, donde hemos estado mil veces en todas las etapas de nuestra vida, pero donde no recalábamos desde hace unos tres años. Iremos en el ALSA y retornaremos en un regional -el famoso y legendario tren playero-, gracias a que a nuestro abono único, aún le queda la mitad.
Abandonamos, abruptamente y hacia el norte, la enésima ola de calor. En la capital de Cantabria, catorce grados menos y con delicioso gusto, hasta tirando de jersey. La sorpresa ha sido, que hemos llegado a destino una hora antes de lo previsto, porque el vehículo no ha parado en ninguna parte (incluido Torrelavega).
Pero aún así, no llegamos a tiempo de esquivar el horario de cierre de la recepción del Camping del Faro y Mataleñas, por lo que nos toca dormir en sendos buses de ida y vuelta a Bilbao y en la Intermodal de esta última ciudad, donde los seguratas gilipollas campan a sus anchas.
En realidad, nos hubiera gustado arribar aquí el fin de semana pasado, para exprimir el fin de las Fiestas de Santiago, pero el transporte público estaba colapsado.
Pretendemos pasar el sabado disfrutando de las bellísimas playas de la cercana Liencres -autobus urbano S8- y lo vamos a conseguir. Pero, no así, alojarnos en el Camping Playa de Arnia, porque está lleno, hasta para tiendas minúsculas y tipos delgados como nosotros . No nos había pasado algo así en la vida, pero cuánto más viejos, más primeras veces vamos teniendo: una atractiva paradoja de muchos filos.
La Costa Quebrada tiene innumerables y estupendísimas playas, pero en un día y andando no se pueden hacer más de cuatro o cinco sin estresarte. La de Arnía, Portio, Cerrias y Somocuevas, además de las más grandes de Canallave y Valdearenas.
La zona carece casi por completo de infraestructuras turísticas y está descuidada, debiendo compartir espacio entre caminantes y conductores. Según nos informaron en Turismo, existe una Senda Costera, de mejores vistas y que acorta el trazado, pero se halla tan escasamente mantenida, que resulta enigmática y peligrosa.
Sin alojamiento aquí toca recular y volver a buscarnos la vida en Santander.
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