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lunes, 5 de octubre de 2026

Cartagena: más de lo esperado

           Llegamos a Cartagena desde La Unión en un regional infernal de un solo vagón plagado de guiris y de chavales con ganas de fiesta. Son casi las diez de la noche y sigue golpeándonos el calor.

          De camino al cercano centro vemos más Kebabs, que otra cosa. Como aguantan estos turcos -o indios- estos negocios con platos de tan baja calidad es algo incomprensible. Quienes hemos disfrutado de este bocado en Turquía, Siria o Líbano, nunca nos zamparíamos un bodrio de los de aquí.

          El centro no está muy animado, a pesar de ser sábado. Tiene unas cuantas calles peatonales -semipeatonales- y una enorme plaza donde se encuentra el Ayuntamiento. Aunque, evidentemente, el lugar estrella es su famoso teatro romano junto a las ruinas de la antigua catedral de Santa María la Vieja.

          Paseamos y luego nos sentamos junto al puerto deportivo, ubicado al fondo, no demasiado lejos.

          Decidimos, que nos acercaremos a la Cala Cortina, la playa más cercana. Google habla de 3,6 kilómetros, pero en la realidad son más de cinco. El camino es constantemente peatonal, aunque se atraviesan un par de rotondas, donde hay que tener especial cuidado. Se dejan atrás las grandes y feas instalaciones del enorme puerto industrial y se llega a una preciosa zona de acantilados, desde donde se contempla toda la bahía y varias baterías bélicas defensivas/ofensivas, que se construyeron durante el siglo XVIII y llegaron hasta la Guerra Civil del XX.

          Más tarde, se llega a un túnel, pero no hay que atravesarlo, porque a la derecha sale una impactante senda peatonal, llamada azul, que es tan espectacular, como no muy larga. Para acceder al arenal, se deben descender unas cuantas escaleras bien mantenidas.

          La playa no resulta gran cosa y su arena es gruesa y oscura, siendo fea e incómoda.

          Sorprendentemente, hay ambientazo, tanto en el parking de arriba -guiris borrachos-, como en la cala, plagada de marroquíes. Es curioso y hay otras personas, que opinan lo mismo, que esta ciudad nos recuerda más al país alauita, que algunas urbes del propio Marruecos.

          Regresamos, tras más de tres horas sobre la arena, a ratos dormitando. Hacemos tiempo. Primero en el puerto y después, sentados en la elegante Calle Mayor, contemplando, como la gente vuelve de fiesta, sus andares y ropas deslavazadas -algunos con togas y uniformes romanos-, sus ridículas conversaciones y sus bravuconadas.

          Amanece y repasamos el Casco Viejo de día, en silencio -salvo el camión de la basura- y vacío. El caro teatro romano aún no ha abierto, pero desde un alto se ve y se puede grabar entero.

          Toca volver a casa con escala en Madrid, pero el miércoles siguiente nos vamos a Costa da Morte.

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