Abandonada ya la idea el día anterior de ir a Aquilea o Grado, decidimos, que por razones logísticas, tampoco iremos a Palmanova. Centraremos nuestros esfuerzos en el único campo de concentración, que hubo en Italia, el de Risiera di San Sabba y no nos vamos a arrepentir.
Tomamos un autobús local. El cielo está nubladisimo y eso hace que el ambiente del lugar sea aún más tétrico. Nos bajamos a la altura del estadio y desde ahí, son cinco minutos andando. La entrada es gratuita (solo cuesta la audioguía). No hay nadie.
Los edificios de este complejo fueron construidos originariamente, como una fábrica de descascarillado de arroz. Y así funcionó durante décadas, hasta que el ejército italiano, durante la segunda Gran Guerra, lo convirtió en almacén logístico.
En el 1943 fue tomado por los alemanes, que lo convirtieron en un campo de concentración con tres fines muy definidos: aniquilación en la cámara de gas de partisanos antifascistas, eslovenos y croatas; centro de tránsito hacia los campos de exterminio de Centroeuropa y lugar de saqueo de los bienes de todas las víctimas anteriores.
Apenas funcionó, durante un año, pero fueron entre tres mil y cinco mil las personas, que murieron aquí de diversas formas. La más común, su cámara de gas, que fue destruida a toda prisa por los alemanes en su huida.
La experiencia nos resulta mucho más impactante de lo esperado y eso, que lugares, como este, hemos visto unos cuantos en nuestras vidas.
Ya a la entrada, se contempla una serie de documentación con inscripciones y cartas de los prisioneros, que impactan bastante, además de placas conmemorativas.
El museo tampoco te deja frío, con restos de pertenencias de los encarcelados, que estaban hacinados en tres plantas verticales (hoy reconvertidas en una sola). A esta zona se le llama la Celda de las Cruces y a otra contigua, la de la Muerte.
De la cámara de gas solo quedan unos restos, en los que nunca faltan flores frescas y velas.
Si venís a Trieste, no debéis perderos está emotiva experiencia.
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