No se exactamente, si es, porque últimamente en nuestros viajes madrugamos y trasnochamos demasiado o es por la canícula o incluso, por la situación muy polarizada del país, pero últimamente la gente está bastante alborotada y agresiva.
La otra madrugada y yendo a tomar el ALSA, un gitano amenazaba con todas sus sentencias, supersticiones y males, a cuenta de una sudadera inexistente, a una pareja desprevenida, que ni siquiera supo responder o defenderse. Nadie en el bus abrimos la boca para mediar o ponerlo en su sitio, ni siquiera el -supuestamente- despistado conductor. Seguro, que si en vez de una dura agresión verbal, le hubiera tocado el culo a la chica, tímidamente, a los dos minutos teníamos de frente dos furgonas con maderos con metralletas entre los dientes.
¡ Lo que me gusta provocar!, pero ahí lo dejo.
Al volver, de madrugada, iba yo comentando con mi pareja la actualidad tan peculiar del juez Peinado, sobre las decisiones que afectan a la mujer de Pedro Sánchez, cuando sin previo aviso y sin permiso, un joven se me vino encima, me insultó y tuvimos que salir por piernas. Vivimos en un país donde hablar del presidente, por la calle, sea a favor o en contra, se ha convertido en un deporte de alto riesgo. ¡O te abrazan y te invitan a un café o te torturan y te rompen las piernas!. Y en esas estamos y no tiene pinta, de que la cosa vaya a cambiar.
Nuestro último viaje, del que os hablamos en el próximo post, no empezó de noche y disfrutamos de un inicio más tranquilo, afortunadamente.
Nos esperaba la inigualable Villafranca del Bierzo, rodeada de historia y de montañas y abarrotada de peregrinos.
Y además, tres conciertazos en la Explanada de los Pendones Leoneses de la ciudad de los autollamados cazurros.
Sin generalizar, a los leoneses no les caemos muy bien los de Valladolid, porque nos consideran privilegiados por el poder (no se, en qué).
Ojalá, y como tienen ellos, pudiéramos contar con un Palacio de Congresos -aunque solo fuera para ir al Festival de la Tortilla- o unas estaciones de buses o de tren, a la altura de las suyas, espacios, que en Pucela, dan absoluta vergüenza.
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