Es lunes y toca partir hacia Amarante, en lo que será la última escala de este trepidante viaje portugués de cinco días.
Dos jornadas atrás y al llegar a Oporto, habíamos obtenido por 6€ billetes con Flixbus -nuestra salvadora compañía verde-, entre Aveiro y Amarante, con cambio en la estación de Campanha, lo que nos dió para descubrir, que aún está peor organizada y es más caótica, que la de Chamartín y eso es mucho decir.
Los buses de Flix son muy irregulares. Los hay cómodos, tortuosos, con wifi, sin el, con enchufes, sin ellos, calurosos, heladores..., ¡Es una lotería, pero siempre a buen precio y eso engancha!.
Llegamos a la modesta estación de Amarante, cayendo el sol de plano. Hemos dejado la línea de la costa, el viento ha desaparecido y acumulamos seis grados más, con diferencia de ayer.
Nos hubiera gustado dormir aquí hoy, porque de vuelta a Valladolid partimos mañana a las 10:00 a. m. Pero los alojamientos son escasos y caros, costando el más económico 75€. Así, que, tocará pasar la noche en blanco, sin otra alternativa posible.
Lamentablemente, ayer han finalizado las fiestas patronales de Amarante. De haber llegado un día antes, habríamos pasado una noche más entretenida y festiva, pero no va a ser posible, a pesar de que todas las infraestructuras siguen montadas y en pie, con un espectacular juego de luces desplegado por todas las calles y plazas.
Amarante es una ciudad provinciana de libro, que tiene muy pocos servicios, incluidos restaurantes y supermercados. Debería ser algo más peatonal, porque los coches invaden y molestan en muchas calles estrechas. Pero sus numerosos dulces eclesiásticos pueden con todo. Especialmente, el falo de San Gonzalo.
Este santo de hace siglos tiene significativa importancia en la localidad, dando nombre a su puente, a una de las numerosas y bellas iglesias, a las fiestas locales...
Sin embargo y para nosotros, lo más destacado de Amarante es el largo paseo del serpenteante río Tamega con el Trilho de las Aceñas, un paisaje fluvial espectacular, vibrante, aunque algo peligroso, si se quiere disfrutar a tope.
La noche se nos hizo larga, aunque no pasamos el esperado frío. El viaje de vuelta, supuestamente directo a Valladolid, lo roncamos casi entero. Aunque en realidad, nos esperaba una abrupta parada en Braganza, que yo hubiera preferido en Calzoncillanzo (que gracioso soy).
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