Con esto de la catarata y la visión borrosa tengo claro, que algún día me voy a esmoñar por ahí. Además, mi esposa tampoco es un buen perro guía, porque está acostumbrada a mi autonomía total y le cuesta hacerse con las riendas de la situación. Pero, nada, ¡a seguir viajando!.
En Cabanas y con un calor descomunal -36 grados -, tomamos posesión de una buena habitación con baño en un hotel de los clásicos y con desayuno incluido.
La playa de este lugar resulta algo caribeña y muy acogedora, a pesar de ser domingo y de estar tomada por los críos. Al final de ella salen unas escaleras y después comienza un complicado y mal mantenido sendero, que bordea diversos acantilados, por lo que sin dudarlo, nos damos la vuelta.
Tomando la carretera comarcal salimos, a un camino más confortable, girando a la izquierda, aunque los ascensos y descensos resultan constantes. Nuestro objetivo es llegar hasta la localidad de Redes.
En los cinco kilómetros de tránsito, vamos visitando bellas playas iluminadas por un sol tan amenazante, como destellante.
Redes es un lugar pequeño, coqueto y precioso con sus callejuelas, sus casas indianas de colores, su plaza principal y el litoral, que la circunda.
El desayuno no está mal de cantidad, aunque si de variedad. Nada, que no sean dulces, mermelada, mantequilla, leche y café. Aunque hemos dormido bien, la jornada de ayer nos ha dejado exhaustos, después del asfixiante calor y más de cincuenta mil pasos recorridos.
Para llegar a Pontedeume se hace necesario cruzar un largo puente, que bordea la ría de Ares. Sus calles son agradables y destacan algunas bellas iglesias y casas, aunque como vemos últimamente en todas partes, muchas de estas están abandonadas o en venta. Una pena, porque da una sensación de desasosiego y dejadez.
Sobre las dos de la tarde, tomamos un regional para Coruña y posteriormente, otro para Santiago de Compostela, donde hace quince años de nuestra última visita. La ciudad está irreconocible, con más guiris con pasta, que peregrinos. Han cambiado la mayoría de los negocios, de tal forma, que casi ni se venden las típicas tartas de Santiago. ¡Los kebabs arrasan en todas partes, además de otros clásicos modernos!.
En la rua del Franco casi todos los bares han desaparecido o cambiado de propiedad, mientras, en la de la Raiña todavía se conservan unos cuantos de los de toda la vida.
Una vez ha anochecido, tomamos un convoy para Vigo, a recordar viejos tiempos, dado que fue el primer lugar al que viajamos juntos hace ya casi cuatro décadas. Ha evolucionado negativamente ,sobre todo en su casco histórico, pero sin sorpresas, porque estuvimos en 2011 y ya no era lo mismo, que en los ochenta.
Nuevamente, toca volver a casa.










